La historia de las misiones católicas comprende figuras de gran estatura por el celo y el valor de llevar a Cristo a tierras nuevas y lejanas, feliz síntesis entre el anuncio del Evangelio y el diálogo con la cultura y el pueblo al que se llega, un ejemplo de equilibrio entre claridad doctrinal y prudente acción pastoral. El aprendizaje profundo de la lengua, y también la asunción del estilo de vida, de las costumbres, tradiciones fruto de estudio y de ejercicio paciente y amplio de miras.
Está también en María al visitar su prima Isabel “es un auténtico viaje misionero. Es un viaje que la lleva lejos de casa, la empuja al mundo, a lugares extraños a sus costumbres cotidianas, la hace llegar, en un cierto sentido, hasta los límites de lo que ella podía llegar”.
“Está precisamente aquí, para todos nosotros/as, el secreto de nuestra vida de seres humanos y de cristianos. La nuestra, como individuos y como Iglesia, es una existencia proyectada fuera de nosotros”.
Es el propio Jesucristo, afirma Benedicto XVI, el que “nos pide que salgamos de nosotros mismos, de los lugares de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos distintos”.
“Y es siempre el Señor el que, en este camino, nos pone junto a María como compañera de viaje y madre solícita. Ella nos da seguridad, porque nos recuerda que con nosotros está siempre su Hijo Jesús, según lo que prometió: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".
La misión, como en María, va acompañada de la caridad. María llega hasta Isabel “para ofrecerle esa cercanía afectuosa, esa ayuda concreta y todos esos servicios cotidianos de los que tenía necesidad”.
“Isabel se convierte así en el símbolo de tantos pueblos, personas ancianas y enfermas, más aún, de todas las personas necesitadas de ayuda y de amor. ¡Y cuántas son también hoy, en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestras ciudades!”
Esta caridad de la Iglesia “no se detiene en la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen en el dar al mismo Jesús, en 'hacerle encontrar'
Un humanismo que considera a la persona inserta en su contexto, cultiva los valores morales y espirituales, tomando todo lo que encuentra de positivo en la tradición y ofreciendo enriquecerla con la contribución de la cultura cristiana, sobre todo, con la sabiduría y la verdad de Cristo. Llevar el Evangelio, para dar a conocer a Dios. El Señor tiene piedad de las criaturas vivientes y las perdona. La verdad el Señor está ya en los corazones de los seres humanos. Pero los seres humanos no lo comprenden inmediatamente y, además, no se inclinan a reflexionar sobre algo semejante". Precisamente mientras se lleva el Evangelio, se encuentra en los interlocutores una confrontación más amplia, de modo que el encuentro motivado por la fe se convierte también en diálogo entre las culturas: un diálogo desinteresado, libre de objetivos de poder económico o político, vivido en la amistad, que hace feliz una relación de fe.
El recuerdo de figuras de Dios dedicados al Evangelio y a la Iglesia, su ejemplo de fidelidad a Cristo, el profundo amor hacia los pueblos , el compromiso de inteligencia y de estudio, su vida virtuosa, sean ocasión de oración para la Iglesia, y también de estímulo y ánimo para vivir con intensidad la fe cristiana, en el diálogo con las distintas culturas, pero con la certeza de que en Cristo se realiza el verdadero humanismo, abierto a Dios, rico en valores morales y espirituales y capaz de responder a los deseos más profundos del alma humana.