En la comunicación el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.
A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.
En comunicación, como en economía, cuentan mucho los avales. El aval de una autoridad en la materia, o de un observador imparcial, representa una garantía para la opinión pública. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, nunca como enemigos, en el proceso de comunicación.
Uno de los principios de la comunicación es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.
Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia.
Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.
El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.
Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura.
Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.
Algunos principios que se refieren al modo de comunicar:
El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.
La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente.
Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.
Otro principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.
Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.
En Italia, y en muchos otros, los católicos no plantean su acción pública poniendo su esperanza en un partido. Saben por experiencia que lo importante no es que una formación política incorpore a su programa la doctrina social cristiana, sino que esos valores se hagan presentes en todos los partidos, de modo transversal.
El principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad.Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, antes de cosechar.
martes, 30 de agosto de 2011
Trasmitir
La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Pero es también una cuestión de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.
Con frecuencia, este tema se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II ha afirmado que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública.
Ante todo, el mensaje ha de ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.
El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
El mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.
Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, unfluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.
Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.
Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
Con frecuencia, este tema se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II ha afirmado que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública.
Ante todo, el mensaje ha de ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.
El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
El mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.
Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, unfluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.
Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.
Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
martes, 23 de agosto de 2011
Coherente

Benedicto XVI ha animado a todos los católicos, y muy especialmente a los jóvenes, a utilizar las redes sociales para dar testimonio de la fe. En su mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, no ha desaprovechado la oportunidad para reiterar la invitación a la próxima Jornada Mundial de la Juventud de Madrid, a quien ha puesto de ejemplo de buen aprovechamiento de las "ventajas de las nuevas tecnologías".
Las redes sociales ponen "a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables", "permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y las culturas". En definitiva, son "parte integrante de la vida humana".
De las redes sociales ha dicho que han propiciado una transformación cultural, así como lo hizo la revolución industrial: "la información ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir, se pone en valor el diálogo, el intercambio, y la creación de relaciones positivas".
Dar testimonio coherente
"Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos religiosos en las plataformas, sino dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él".
Como todo instrumento, ha recalcado que la clave está en el cómo se use: "Si se usan con sabiduría pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano". Al mismo tiempo, ha recordado que "el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, (…) por lo que siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas para la transmisión de la fe".
domingo, 21 de agosto de 2011
Jornada
Con la Eucaristía llegamos al momento culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos ( Jn15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre. Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad a esta muestra de predilección con el propósito de compartir también con los demás la alegría que hemos recibido. Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver conmigo hoy?
El evangelio de (Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.
Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.
El evangelio de (Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.
Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.
martes, 16 de agosto de 2011
Causa de nuestra alegría
Se nos dice con muchísimo afecto, optar por Cristo en la vida, por El y para El vale la pena, darlo todo.En la contemplación de la Virgen María se nos ha dado otra gracia: la de poder ver en profundidad también nuestra vida. Sí, porque también nuestra existencia cotidiana, con sus problemas y sus esperanzas, recibe luz de la Madre de Dios, de su recorrido espiritual, de su destino de gloria: un camino y una meta que pueden y deben convertirse, de alguna manera, en nuestro mismo camino y nuestra misma meta. , En particular, el Apocalipsis, y de la que se hace eco el Evangelio de San Lucas: la del arca.
“Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza” (Ap 11,19). ¿Cuál es el significado del arca? Para el Antiguo Testamento, esta es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero ahora el símbolo ha cedido su lugar a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la Alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble, Dios vive en una persona, en un corazón: María, la que ha llevado en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.
En el arca como sabemos se conservaban las dos tablas de la ley de Moisés, que manifestaban la voluntad de Dios de mantener la alianza con su pueblo, indicándoles las condiciones para ser fieles al pacto de Dios, para conformarse a la voluntad de Dios y así también a nuestra verdad profunda. María es el arca de la alianza, porque ha acogido en sí a Jesús; ha acogido en sí a la Palabra viviente, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; ha acogido en sí al que es la nueva y eterna alianza, culminada con el ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos por María. Con razón, por tanto, la piedad cristiana, en las letanías en honor a la Virgen, se dirige a Ella invocándola como Foederis Arca, es decir “arca de la alianza”, arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios ha querido expresar de manera definitiva en Cristo para toda la humanidad,.
El Apocalipsis quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un destino de gloria extraordinaria, porque está estrechamente unida al Hijo que ha acogido en la fe y generado en la carne, que comparte plenamente la gloria del cielo. Es lo que sugieren las palabras escuchadas: “Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada... La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones...” (12,1-2; 5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el Cielo de Dios, toda ella, alma y cuerpo. San Juan Damasceno refiriéndose a este misterio en una famosa Homilía afirma: “Hoy la santa y única Virgen es conducida al templo celeste... Hoy el arca sagrada y animada por el Dios Viviente, [el arca] que ha llevado en su seno al mismo Artífice, reposa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre” (Homilía sobre la Dormición, 2 PG 96, 723) y continúa: “Es necesario que la que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladase a las tiendas de su Hijo... Era necesario que la Esposa que el Padre había elegido, viviese en la estancia nupcial del Cielo. Hoy la Iglesia canta el amor inmenso de Dios por esta criatura suya: la ha elegido como verdadera “arca de la alianza”, como la que continúa generando y dando a Cristo Salvador a la Humanidad, como la que en el Cielo comparte la plenitud de la gloria y disfruta de la misma felicidad de Dios y, al mismo tiempo, nos invita también a nosotros a convertirnos, a nuestra modesta manera, en “arca” en la que está presente la Palabra de Dios, que está transformada y vivificada por su presencia, lugar de la presencia de Dios, de manera que los hombres puedan encontrar en el prójimo la cercanía de Dios y así vivir en comunión con Dios y conocer la realidad del Cielo.
El Evangelio de San Lucas que hemos escuchado ( Lc 1,39-56), nos muestra este arca viviente, que es María, en movimiento: habiendo dejado su casa de Nazaret, María se pone en viaje hacia la montaña para llegar cuanto antes a una ciudad de Judá y llegar a la casa de Zacarías y de Isabel. Me parece importante destacar la expresión “con prontitud”: las cosas de Dios merecen esta urgencia, incluso podemos decir que las únicas cosas que merecen urgencia son las de Dios, la verdadera urgencia de nuestra vida. Entonces María entra en la casa de Zacarías y de Isabel, pero no entra sola. Entra llevando en su seno al hijo, que es Dios mismo hecho hombre. Ciertamente se la esperaba a ella y a su ayuda en esa casa, pero el evangelista nos ayuda a comprender que esta espera nos conduce a otra, más profunda. Zacarías, Isabel y el pequeño Juan Bautista, son de hecho, el símbolo de todos los justos de Israel, en cuyos corazones, colmados de esperanza, esperan la venida del Mesías Salvador. Y es el Espíritu Santo el que le abre los ojos a Isabel para hacerle reconocer en María la verdadera arca de la alianza, la Madre de Dios que va a visitarla. Y así, la anciana pariente la acoge “exclamando”: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,42-43). Y es el mismo Espíritu Santo, el que ante la que lleva a Dios hecho hombre, abre el corazón de Juan Bautista en el seno de Isabel. Esta exclama: “Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (v.44). Aquí el evangelista Lucas usa el término de “skirtan”, es decir “saltar”, el mismo término que encontramos en una de las antiguas traducciones griegas del Antiguo Testamento para describir la danza del Rey David delante del arca santa que volvió finalmente a la patria (2Sam 6,16). Juan Bautista, en el seno de su madre danza ante el arca de la Alianza, como David, y reconoce así que: María es la nueva arca de la alianza, delante de la que el corazón exulta de alegría, la Madre de Dios presente en el mundo, que no se queda para sí misma esta divina presencia, sino que la ofrece compartiendo la gracia de Dios. Y así -como dice la oración María es realmente “causa nostrae laetitiae”, (causa de nuestra alegría), el “arca” en la que realmente el Salvador está presente entre nosotros.
“Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza” (Ap 11,19). ¿Cuál es el significado del arca? Para el Antiguo Testamento, esta es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero ahora el símbolo ha cedido su lugar a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la Alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble, Dios vive en una persona, en un corazón: María, la que ha llevado en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.
En el arca como sabemos se conservaban las dos tablas de la ley de Moisés, que manifestaban la voluntad de Dios de mantener la alianza con su pueblo, indicándoles las condiciones para ser fieles al pacto de Dios, para conformarse a la voluntad de Dios y así también a nuestra verdad profunda. María es el arca de la alianza, porque ha acogido en sí a Jesús; ha acogido en sí a la Palabra viviente, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; ha acogido en sí al que es la nueva y eterna alianza, culminada con el ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos por María. Con razón, por tanto, la piedad cristiana, en las letanías en honor a la Virgen, se dirige a Ella invocándola como Foederis Arca, es decir “arca de la alianza”, arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios ha querido expresar de manera definitiva en Cristo para toda la humanidad,.
El Apocalipsis quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un destino de gloria extraordinaria, porque está estrechamente unida al Hijo que ha acogido en la fe y generado en la carne, que comparte plenamente la gloria del cielo. Es lo que sugieren las palabras escuchadas: “Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada... La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones...” (12,1-2; 5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el Cielo de Dios, toda ella, alma y cuerpo. San Juan Damasceno refiriéndose a este misterio en una famosa Homilía afirma: “Hoy la santa y única Virgen es conducida al templo celeste... Hoy el arca sagrada y animada por el Dios Viviente, [el arca] que ha llevado en su seno al mismo Artífice, reposa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre” (Homilía sobre la Dormición, 2 PG 96, 723) y continúa: “Es necesario que la que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladase a las tiendas de su Hijo... Era necesario que la Esposa que el Padre había elegido, viviese en la estancia nupcial del Cielo. Hoy la Iglesia canta el amor inmenso de Dios por esta criatura suya: la ha elegido como verdadera “arca de la alianza”, como la que continúa generando y dando a Cristo Salvador a la Humanidad, como la que en el Cielo comparte la plenitud de la gloria y disfruta de la misma felicidad de Dios y, al mismo tiempo, nos invita también a nosotros a convertirnos, a nuestra modesta manera, en “arca” en la que está presente la Palabra de Dios, que está transformada y vivificada por su presencia, lugar de la presencia de Dios, de manera que los hombres puedan encontrar en el prójimo la cercanía de Dios y así vivir en comunión con Dios y conocer la realidad del Cielo.
El Evangelio de San Lucas que hemos escuchado ( Lc 1,39-56), nos muestra este arca viviente, que es María, en movimiento: habiendo dejado su casa de Nazaret, María se pone en viaje hacia la montaña para llegar cuanto antes a una ciudad de Judá y llegar a la casa de Zacarías y de Isabel. Me parece importante destacar la expresión “con prontitud”: las cosas de Dios merecen esta urgencia, incluso podemos decir que las únicas cosas que merecen urgencia son las de Dios, la verdadera urgencia de nuestra vida. Entonces María entra en la casa de Zacarías y de Isabel, pero no entra sola. Entra llevando en su seno al hijo, que es Dios mismo hecho hombre. Ciertamente se la esperaba a ella y a su ayuda en esa casa, pero el evangelista nos ayuda a comprender que esta espera nos conduce a otra, más profunda. Zacarías, Isabel y el pequeño Juan Bautista, son de hecho, el símbolo de todos los justos de Israel, en cuyos corazones, colmados de esperanza, esperan la venida del Mesías Salvador. Y es el Espíritu Santo el que le abre los ojos a Isabel para hacerle reconocer en María la verdadera arca de la alianza, la Madre de Dios que va a visitarla. Y así, la anciana pariente la acoge “exclamando”: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,42-43). Y es el mismo Espíritu Santo, el que ante la que lleva a Dios hecho hombre, abre el corazón de Juan Bautista en el seno de Isabel. Esta exclama: “Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (v.44). Aquí el evangelista Lucas usa el término de “skirtan”, es decir “saltar”, el mismo término que encontramos en una de las antiguas traducciones griegas del Antiguo Testamento para describir la danza del Rey David delante del arca santa que volvió finalmente a la patria (2Sam 6,16). Juan Bautista, en el seno de su madre danza ante el arca de la Alianza, como David, y reconoce así que: María es la nueva arca de la alianza, delante de la que el corazón exulta de alegría, la Madre de Dios presente en el mundo, que no se queda para sí misma esta divina presencia, sino que la ofrece compartiendo la gracia de Dios. Y así -como dice la oración María es realmente “causa nostrae laetitiae”, (causa de nuestra alegría), el “arca” en la que realmente el Salvador está presente entre nosotros.
miércoles, 10 de agosto de 2011
San Lorenzo, Mártir, Año258
Señor Dios: Tú le concediste a este mártir un valor impresionante para soportar sufrimientos por tu amor, y una generosidad total en favor de los necesitados. Haz que esas dos cualidades las sigamos teniendo todos en tu Santa Iglesia: generosidad inmensa para repartir nuestros bienes entre los pobres, y constancia heroica para soportar los males y dolores que tú permites que nos lleguen.
Su nombre significa: "coronado de laurel". Los datos acerca de este santo los ha narrado San Ambrosio, San Agustín y el poeta Prudencio.
Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma, o sea uno de los siete hombres de confianza del Sumo Pontíice. Su oficio era de gran responsabilidad, pues estaba encargado de distribuir las ayudas a los pobres.
En el año 257 el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por la policía del emperador. Cuatro días después fue martirizado su diácono San Lorenzo.
La antigua tradición dice que cuando Lorenzo vio que la Sumo Pontífice lo iban a matar le dijo: "Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?" y San Sixto le respondió: "Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás". Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.
Entonces Lorenzo viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres. Y vendió los cálices de oro, copones y candeleros valiosos, y el dinero lo dio a las gentes más necesitadas.
El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoge todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".
Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!"
El alcalde lleno de rabia le dijo: "Pues ahora lo mando matar, pero no crea que va a morir instantáneamente. Lo haré morir poco a poco para que padezca todo lo que nunca se había imaginado. Ya que tiene tantos deseos de ser mártir, lo martirizaré horriblemente".
Y encendieron una parrilla de hierro y ahí acostaron al diácono Lorenzo. San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura.
Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísimo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.
Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: "Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo". El verdugo mandó que lo voltearan y así se quemó por completo. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: "La carne ya está lista, pueden comer". Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.
El poeta Pruedencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.
San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.
El santo padre mandó construirle una hermosa Basílica en Roma, siendo la Basílica de San Lorenzo la quinta en importancia en la Ciudad Eterna.
Su nombre significa: "coronado de laurel". Los datos acerca de este santo los ha narrado San Ambrosio, San Agustín y el poeta Prudencio.
Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma, o sea uno de los siete hombres de confianza del Sumo Pontíice. Su oficio era de gran responsabilidad, pues estaba encargado de distribuir las ayudas a los pobres.
En el año 257 el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por la policía del emperador. Cuatro días después fue martirizado su diácono San Lorenzo.
La antigua tradición dice que cuando Lorenzo vio que la Sumo Pontífice lo iban a matar le dijo: "Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?" y San Sixto le respondió: "Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás". Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.
Entonces Lorenzo viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres. Y vendió los cálices de oro, copones y candeleros valiosos, y el dinero lo dio a las gentes más necesitadas.
El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoge todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".
Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!"
El alcalde lleno de rabia le dijo: "Pues ahora lo mando matar, pero no crea que va a morir instantáneamente. Lo haré morir poco a poco para que padezca todo lo que nunca se había imaginado. Ya que tiene tantos deseos de ser mártir, lo martirizaré horriblemente".
Y encendieron una parrilla de hierro y ahí acostaron al diácono Lorenzo. San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura.
Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísimo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.
Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: "Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo". El verdugo mandó que lo voltearan y así se quemó por completo. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: "La carne ya está lista, pueden comer". Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.
El poeta Pruedencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.
San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.
El santo padre mandó construirle una hermosa Basílica en Roma, siendo la Basílica de San Lorenzo la quinta en importancia en la Ciudad Eterna.
sábado, 6 de agosto de 2011
Persona Humana
Uno de los elementos de discusión más frecuente en los foros de debate sobre cuestiones de bioética es el concepto de persona, pues es la base en la que ha de sedimentarse la consideración de su dignidad y la protección del sujeto a quien se aplique. Ser persona significa ser «alguien» y no simplemente «algo». La persona es un ser racional y la racionalidad, es la diferencia específica que en mayor grado distingue a los hombres de los demás individuos sustanciales. El concepto de persona abarca a todos los seres pertenecientes a la especie Homo sapiens y exclusivamente a ellos.
Con frecuencia, cuando se habla del concepto de persona, se incide especialmente en las perspectivas filosófica, moral, teológica y jurídica y se tiende a dejar de lado el aspecto científico el ser humano como ente biológico. Incluso llega a afirmarse que la ciencia no tiene nada que decir respecto al concepto de persona. En lo que respecta al fenómeno biológico los términos persona, ser humano y vida humana se refieren a una misma realidad, al mismo ente, por lo que ante un concepto de tanta trascendencia se deben considerar todos los enfoques y se deben delimitar los papeles de las distintas aproximaciones. A este respecto, la ciencia ofrece los datos, la lógica los racionaliza, la moral los valora y el derecho establece los niveles adecuados de protección. El papel de la ciencia es importante al aportar los elementos materiales del sujeto al que se refiere el término persona y aunque éstos no sean suficientes, sí son necesarios para definir los términos del problema. Sí todas las aproximaciones se refieren a un mismo sujeto, cuya naturaleza biológica es susceptible de conocimiento y valoración comparativa con respecto al resto de las criaturas vivientes, deben también contemplarse los datos biológicos para definir lo que es un ser personal. De hecho el ser humano ocupa una especial posición en el conjunto de la naturaleza, por lo que es merecedor de una consideración también especial.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define el término persona como «el individuo de la especie humana». Por biología, sabemos que lo que mejor identifica a un individuo como perteneciente a una especie concreta es su acervo genético, es decir, la información contenida en las moléculas de su ADN. Ahí están las instrucciones específicas de las que depende su constitución y su pertenencia a una especie biológica determinada. Parece obvio que en la definición de persona la RAE se refiere a un ente que posee el acervo genético de la especie Homo sapiens, es decir ADN humano. Dado que el ADN que identifica a cada individuo humano se establece en el momento de la concepción y se conserva a lo largo de la vida, es en la fecundación cuando surge un sujeto humano, es decir una persona y esta condición le es aplicable por igual en cualquier etapa de la vida.
Benedicto XVI refiriéndose a la vida humana naciente nos dice: «No se trata de un cúmulo de material biológico, sino de un nuevo ser vivo, dinámico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. Así lo fue para Jesús en el seno de María; así lo ha sido para cada uno de nosotros, en el seno de la madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano podemos afirmar: "Es ya un hombre aquel que lo será" ; no hay ninguna razón para no considerarlo persona desde la concepción».
Naturalmente la persona es más que su ADN y a la realidad biológica se une de forma indisoluble un componente espiritual, que por su propia indisolubilidad le es inherente de forma singular a cada individuo humano desde que se inicia su existencia.
En filosofía hablar de persona significa destacar el carácter único e irrepetible propio de cada ser humano, lo cual coincide plenamente con los datos de la ciencia, que nos habla de la identidad genética individual y singular. La filosofía destaca el hecho de que cada persona es un ser dotado de «dignidad» ya que es sujeto de su propio existir y obrar y no un miembro más de una especie biológica, entendiendo por «dignidad» el concepto que realza el valor especial de un ente.
Ser persona significa ser «alguien» y no simplemente «algo». El ser humano, como ente biológico está inmerso en la naturaleza, con la que guarda relación por su origen evolutivo (materialidad), pero como ser racional es superior al resto de los seres de la naturaleza (espiritualidad), al vivir su existencia de forma consciente y ser dueño de sus actos.
De este modo, la humanización, el conjunto de cualidades propias de la especie humana adquiridas a lo largo de cientos de miles de años de evolución, constituye nuestra seña de identidad como especie biológica. La unidad de la especie exige la misma consideración y respeto y la consideración de la misma dignidad para todos sus miembros, pero solo para sus miembros. No tiene sentido otorgar humanización a seres pertenecientes a otras especies con las que existen barreras insalvables de intercambio genético y cultural. Ningún ser humano debe ser excluido de la calificación de ser personal, como ningún ser perteneciente a otra especie debe ser traído al ámbito de nuestra especie.
El derecho tiene el encargo de proteger adecuadamente a las personas y esta protección debe aplicarse por igual desde la concepción hasta la muerte natural. Sí se es persona dese la concepción hasta la muerte y si la vida humana se distingue por su dignidad, por el mero hecho de ser humana, es evidente que el respeto a una vida constituye la primera obligación a atender por los gobernantes. Cualquier intento de categorización de los seres humanos por razones étnicas, de sexo, momento del desarrollo, edad o cualquier otra condición que se quisiera aplicar, o la segregación de individuos particulares por razón de sus facultades físicas o mentales, constituye un grave error, no solo de carácter ideológico, sino también biológico. Cualquier individuo humano en existencia, desde la concepción, hasta la muerte es un individuo de la especie humana y por tanto es una persona. Acertadamente se señala «un individuo no es persona porque se manifiesten sus capacidades, sino al contrario, éstas se manifiestan porque es persona:el obrar; sigue al ser todos los seres actúan según su naturaleza.
Con frecuencia, cuando se habla del concepto de persona, se incide especialmente en las perspectivas filosófica, moral, teológica y jurídica y se tiende a dejar de lado el aspecto científico el ser humano como ente biológico. Incluso llega a afirmarse que la ciencia no tiene nada que decir respecto al concepto de persona. En lo que respecta al fenómeno biológico los términos persona, ser humano y vida humana se refieren a una misma realidad, al mismo ente, por lo que ante un concepto de tanta trascendencia se deben considerar todos los enfoques y se deben delimitar los papeles de las distintas aproximaciones. A este respecto, la ciencia ofrece los datos, la lógica los racionaliza, la moral los valora y el derecho establece los niveles adecuados de protección. El papel de la ciencia es importante al aportar los elementos materiales del sujeto al que se refiere el término persona y aunque éstos no sean suficientes, sí son necesarios para definir los términos del problema. Sí todas las aproximaciones se refieren a un mismo sujeto, cuya naturaleza biológica es susceptible de conocimiento y valoración comparativa con respecto al resto de las criaturas vivientes, deben también contemplarse los datos biológicos para definir lo que es un ser personal. De hecho el ser humano ocupa una especial posición en el conjunto de la naturaleza, por lo que es merecedor de una consideración también especial.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define el término persona como «el individuo de la especie humana». Por biología, sabemos que lo que mejor identifica a un individuo como perteneciente a una especie concreta es su acervo genético, es decir, la información contenida en las moléculas de su ADN. Ahí están las instrucciones específicas de las que depende su constitución y su pertenencia a una especie biológica determinada. Parece obvio que en la definición de persona la RAE se refiere a un ente que posee el acervo genético de la especie Homo sapiens, es decir ADN humano. Dado que el ADN que identifica a cada individuo humano se establece en el momento de la concepción y se conserva a lo largo de la vida, es en la fecundación cuando surge un sujeto humano, es decir una persona y esta condición le es aplicable por igual en cualquier etapa de la vida.
Benedicto XVI refiriéndose a la vida humana naciente nos dice: «No se trata de un cúmulo de material biológico, sino de un nuevo ser vivo, dinámico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. Así lo fue para Jesús en el seno de María; así lo ha sido para cada uno de nosotros, en el seno de la madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano podemos afirmar: "Es ya un hombre aquel que lo será" ; no hay ninguna razón para no considerarlo persona desde la concepción».
Naturalmente la persona es más que su ADN y a la realidad biológica se une de forma indisoluble un componente espiritual, que por su propia indisolubilidad le es inherente de forma singular a cada individuo humano desde que se inicia su existencia.
En filosofía hablar de persona significa destacar el carácter único e irrepetible propio de cada ser humano, lo cual coincide plenamente con los datos de la ciencia, que nos habla de la identidad genética individual y singular. La filosofía destaca el hecho de que cada persona es un ser dotado de «dignidad» ya que es sujeto de su propio existir y obrar y no un miembro más de una especie biológica, entendiendo por «dignidad» el concepto que realza el valor especial de un ente.
Ser persona significa ser «alguien» y no simplemente «algo». El ser humano, como ente biológico está inmerso en la naturaleza, con la que guarda relación por su origen evolutivo (materialidad), pero como ser racional es superior al resto de los seres de la naturaleza (espiritualidad), al vivir su existencia de forma consciente y ser dueño de sus actos.
De este modo, la humanización, el conjunto de cualidades propias de la especie humana adquiridas a lo largo de cientos de miles de años de evolución, constituye nuestra seña de identidad como especie biológica. La unidad de la especie exige la misma consideración y respeto y la consideración de la misma dignidad para todos sus miembros, pero solo para sus miembros. No tiene sentido otorgar humanización a seres pertenecientes a otras especies con las que existen barreras insalvables de intercambio genético y cultural. Ningún ser humano debe ser excluido de la calificación de ser personal, como ningún ser perteneciente a otra especie debe ser traído al ámbito de nuestra especie.
El derecho tiene el encargo de proteger adecuadamente a las personas y esta protección debe aplicarse por igual desde la concepción hasta la muerte natural. Sí se es persona dese la concepción hasta la muerte y si la vida humana se distingue por su dignidad, por el mero hecho de ser humana, es evidente que el respeto a una vida constituye la primera obligación a atender por los gobernantes. Cualquier intento de categorización de los seres humanos por razones étnicas, de sexo, momento del desarrollo, edad o cualquier otra condición que se quisiera aplicar, o la segregación de individuos particulares por razón de sus facultades físicas o mentales, constituye un grave error, no solo de carácter ideológico, sino también biológico. Cualquier individuo humano en existencia, desde la concepción, hasta la muerte es un individuo de la especie humana y por tanto es una persona. Acertadamente se señala «un individuo no es persona porque se manifiesten sus capacidades, sino al contrario, éstas se manifiestan porque es persona:el obrar; sigue al ser todos los seres actúan según su naturaleza.
Facetas

La misión tiene muchas facetas. Muchos pueblos tienen un corazón de oro, pues son honestos, justos, trabajadores y solidarios; sin embargo, son los que más sufren, por el sistema injusto en que vivimos, generador de inequidades y ansiedades.
Si tenemos ojos y corazón para captar lo que vive y sufre el pueblo. Tanto si alguien se acerca a los barrios marginados de las ciudades, a los vendedores ambulantes, a los subempleados y desempleados, como quienes hemos compartido con las poblaciones campesinas e indígenas, constatamos el dolor y la frustración de miles y millones de hermanos/as. A pesar de las inhumanas restricciones que se pone a los migrantes, nos demuestran las graves carencias que sufren muchísimos hermanos. A pesar de carencias inocultables, he visto el avance en carreteras, electrificación, agua entubada, salud, educación, vivienda, etc. Muchos campesinos ya no van a sus tierras a pie o en burro, sino en un carrito, en una camioneta, aunque sean de tercera o cuarta mano. Han aumentado en forma notable los vehículos en poblaciones marginadas. Hay casas bien construídas, con las remesas que envían quienes logran trabajo aunque varias están sin habitar. Muchos hogares pagan rentas mensuales por televisión de cable o satelital. Las grandes tiendas comerciales se saturan de compradores. Más jóvenes acceden a estudios superiores.
Ha dicho el Papa Benedicto XVI: “Nuevos problemas y nuevas esclavitudes emergen en nuestro tiempo, tanto en el llamado primer mundo, acomodado y rico pero incierto sobre su futuro, como en los países emergentes donde, a causa de una globalización a menudo caracterizada por el lucro, acaban por aumentar las masas de los pobres, de los emigrantes y de los oprimidos, en quienes se debilita la luz de la esperanza” . “La pobreza ha crecido. Esta situación no puede ocultarse tras la generalidad de las estadísticas; la pobreza adquiere en la vida real rostros muy concretos. México es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo. La desigualdad provoca una honda insatisfacción y sensación de injusticia, que es la puerta de entrada de la violencia y por consiguiente, de un clima de inseguridad. La desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, exponen a la violencia a muchas personas: por la irritación social que implican; por hacerlas vulnerables ante las propuestas de actividades ilícitas y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la corrupción y el abuso de poder.
Crece constantemente el número de jóvenes que no estudian ni trabajan, con lo que se incrementa la migración y la economía informal. Esto hace que muchos de ellos sean oferta laboral para la demanda de quienes se dedican al narcomenudeo o a la delincuencia organizada”.
Veamos cada quién qué podemos hacer urgentemente por la población de niños y jóvenes, para que ellos mismos sean actores de su desarrollo integral, siendo el potencial de nuestra Iglesia y sociedad. Que los ricos sean capaces de abrir su corazón hacia ellos, y éstos crezcan no sólo en lo material, sino en todo su ser. Jesucristo es el mejor camino para un crecimiento pleno, para una vida digna.
Aludir
Cada época, cada cultura y cada religión ha utilizado diversos conceptos, imágenes, símbolos, metáforas, visiones, etc. para expresarlas. Estas formas culturales pueden oponerse entre sí, pero con relación a los objetos a los que se refieren tendrían todas igual valor. Son diversos modos, cultural e históricamente limitados, de aludir de modo muy imperfecto a unas realidades que no se pueden conocer. Ninguno de los sistemas conceptuales o religiosos tendría bajo algún aspecto un valor absoluto de verdad. Todos serían relativos al momento histórico y al contexto cultural, de ahí su diversidad e incluso oposición. Dentro de esa relatividad, todos serían igualmente válidos, en cuanto vías diversas y complementarias para acercarse a una misma realidad que sustancialmente permanece oculta.
Benedicto XVI se refiere a una parábola budista. Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: «esto es un elefante». Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos qué es un elefante, y cada uno dio explicaciones diversas según la parte del elefante que le habían permitido tocar. Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba.
El cuento es particularmente útil para ilustrar la idea relativista de la condición humana. Los seres humanos seríamos ciegos que corremos el peligro de absolutizar un conocimiento parcial e inadecuado, inconscientes de nuestra intrínseca limitación (motivación teórica del relativismo). Cuando caemos en esa tentación, adoptamos un comportamiento violento e irrespetuoso, incompatible con la dignidad humana (motivación ética del relativismo). Lo lógico sería que aceptásemos la relatividad de nuestras ideas, no sólo porque eso corresponde a la índole de nuestro pobre conocimiento, sino también en virtud del imperativo ético de la tolerancia, del diálogo y del respeto recíproco. La filosofía relativista se presenta a sí misma como el presupuesto necesario de la democracia, del respeto y de la convivencia. Esa filosofía no parece darse cuenta de que el relativismo hace posible la burla y el abuso de quien tiene el poder en su mano: en el cuento, el rey que quiere divertirse a costa de los pobres ciegos; en la sociedad actual, quienes promueven sus propios intereses económicos, ideológicos, de poder político, etc. a costa de los de¬más, mediante el manejo hábil y sin escrúpulos de la opinión pública y de los demás resortes del poder.
Es esencial al Cristianismo el autopresentarse como religio vera, como religión verdadera. La fe cristiana se mueve en el plano de la verdad, y ese plano es su espacio vital mínimo. La religión cristiana no es un mito, ni un conjunto de ritos útiles para la vida social y política, ni un principio inspirador de buenos sentimientos privados, ni una agencia ética de cooperación internacional. La fe cristiana ante todo nos comunica la verdad acerca de Dios, aunque no exhaustivamente, y la verdad acerca del hombre y del sentido de su vida . La fe cristiana es incompatible con la lógica del «como si». No se reduce a decirnos que hemos de comportarnos «como si» Dios nos hubiese creado y, por consiguiente, «como si» todos los hombres fuésemos hermanos, sino que afirma, con pretensión veritativa, que Dios ha creado el cielo y la tierra y que todos somos igualmente hijos de Dios. Nos dice además que Cristo es la revelación plena y definitiva de Dios, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, único mediador entre Dios y los SERES HUMANOS.
Quizá conviene repetir que la convivencia y el diálogo sereno con los que no tienen fe o con los que sostienen otras doctrinas no se opone al Cristianismo; más bien es verdad todo lo contrario. Lo que es incompatible con la fe cristiana es la idea de que el Cristianismo, las demás religiones monoteístas o no monoteístas, las místicas orientales monistas, el ateísmo, etc. son igualmente verdaderos, porque son diversos modos cultural e históricamente limitados de referirse a una misma realidad que ni unos ni otros en el fondo conocen. La fe cristiana se disuelve si en el plano teórico se evade la perspectiva de la verdad, según la cual quienes afirman y niegan lo mismo no pueden tener igualmente razón, ni pueden ser considerados como representantes de visiones complemen¬tarias de una misma realidad.
El relativismo religioso
La fuerza del Cristianismo, y el poder para configurar y sanar la vida personal y colectiva que ha demostrado a lo largo de la historia, consiste en que implica una estrecha síntesis entre fe, razón y vida, en cuanto la fe religiosa muestra a la conciencia personal que la razón verdadera es el amor y que el amor es la razón verdadera. Esa síntesis se rompe si la razón que en ella debería entrar es relativista. Se dice que el relativismo se ha convertido en el problema central que la evangelización tiene que afrontar en nuestros días. El relativismo es tan problemático porque, aunque no llega a ser una mutación de época de la condición y de la inteligencia humanas, sí comporta un desorden generalizado de la intencionalidad profunda de la conciencia respecto de la verdad, que tiene manifestaciones en todos los ámbitos de la vida.
Existe hoy una interpretación relativista de la religión. Es lo que actualmente se conoce como «teología del pluralismo religioso». Esta teoría teológica afirma que el pluralismo de las religiones no es sólo una realidad de hecho, sino una realidad de derecho. Dios querría positivamente las religiones no cristianas como diversos caminos a través de los cuales los seres humanos se unen a Él y reciben la salvación, independientemente de Cristo. Cristo a lo más tiene una posición de particular importancia, pero es sólo uno de los caminos posibles, y desde luego ni exclusivo ni inclusivo de los demás. Todas las religiones serían vías parciales, todas podrían aprender de las demás algo de la verdad sobre Dios, en todas habría una verdadera revelación divina.
Complejas teorías ocupa a la encíclica Redemptoris Missio de Juan Pablo II y la declaración Dominus Iesus Es fácil darse cuenta de que tales teorías teológicas disuelven la cristología y relativizan la revelación llevada a cabo por Cristo, que sería limitada, incompleta e imperfecta y que dejaría un espacio libre para otras revelaciones independientes y autónomas. Para los que sostienen estas teorías es determinante el imperativo ético del diálogo con los representantes de las grandes religiones asiáticas, que no sería posible si no se aceptase, como punto de partida, que esas religiones tienen un valor salvífico autónomo, no derivado y no dirigido a Cristo. También en este caso el relativismo teórico (dogmático) obedece en buena parte a una motivación de orden práctico (el imperativo del diálogo). Estamos ante otra versión del conocido tema de la primacía de la razón práctica sobre la razón teórica.
Se hace necesario aclarar que lo que acabamos de decir en nada prejuzga la salvación de los que no tienen la fe cristiana. Lo único que se dice es que también los no cristianos que viven con rectitud según su conciencia se salvan por Cristo y en Cristo, aunque en esta tierra no le hayan conocido. Cristo es el Redentor y el Salvador universal del género humano. Él es la salvación de todos los que se salvan.
Benedicto XVI se refiere a una parábola budista. Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: «esto es un elefante». Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos qué es un elefante, y cada uno dio explicaciones diversas según la parte del elefante que le habían permitido tocar. Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba.
El cuento es particularmente útil para ilustrar la idea relativista de la condición humana. Los seres humanos seríamos ciegos que corremos el peligro de absolutizar un conocimiento parcial e inadecuado, inconscientes de nuestra intrínseca limitación (motivación teórica del relativismo). Cuando caemos en esa tentación, adoptamos un comportamiento violento e irrespetuoso, incompatible con la dignidad humana (motivación ética del relativismo). Lo lógico sería que aceptásemos la relatividad de nuestras ideas, no sólo porque eso corresponde a la índole de nuestro pobre conocimiento, sino también en virtud del imperativo ético de la tolerancia, del diálogo y del respeto recíproco. La filosofía relativista se presenta a sí misma como el presupuesto necesario de la democracia, del respeto y de la convivencia. Esa filosofía no parece darse cuenta de que el relativismo hace posible la burla y el abuso de quien tiene el poder en su mano: en el cuento, el rey que quiere divertirse a costa de los pobres ciegos; en la sociedad actual, quienes promueven sus propios intereses económicos, ideológicos, de poder político, etc. a costa de los de¬más, mediante el manejo hábil y sin escrúpulos de la opinión pública y de los demás resortes del poder.
Es esencial al Cristianismo el autopresentarse como religio vera, como religión verdadera. La fe cristiana se mueve en el plano de la verdad, y ese plano es su espacio vital mínimo. La religión cristiana no es un mito, ni un conjunto de ritos útiles para la vida social y política, ni un principio inspirador de buenos sentimientos privados, ni una agencia ética de cooperación internacional. La fe cristiana ante todo nos comunica la verdad acerca de Dios, aunque no exhaustivamente, y la verdad acerca del hombre y del sentido de su vida . La fe cristiana es incompatible con la lógica del «como si». No se reduce a decirnos que hemos de comportarnos «como si» Dios nos hubiese creado y, por consiguiente, «como si» todos los hombres fuésemos hermanos, sino que afirma, con pretensión veritativa, que Dios ha creado el cielo y la tierra y que todos somos igualmente hijos de Dios. Nos dice además que Cristo es la revelación plena y definitiva de Dios, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, único mediador entre Dios y los SERES HUMANOS.
Quizá conviene repetir que la convivencia y el diálogo sereno con los que no tienen fe o con los que sostienen otras doctrinas no se opone al Cristianismo; más bien es verdad todo lo contrario. Lo que es incompatible con la fe cristiana es la idea de que el Cristianismo, las demás religiones monoteístas o no monoteístas, las místicas orientales monistas, el ateísmo, etc. son igualmente verdaderos, porque son diversos modos cultural e históricamente limitados de referirse a una misma realidad que ni unos ni otros en el fondo conocen. La fe cristiana se disuelve si en el plano teórico se evade la perspectiva de la verdad, según la cual quienes afirman y niegan lo mismo no pueden tener igualmente razón, ni pueden ser considerados como representantes de visiones complemen¬tarias de una misma realidad.
El relativismo religioso
La fuerza del Cristianismo, y el poder para configurar y sanar la vida personal y colectiva que ha demostrado a lo largo de la historia, consiste en que implica una estrecha síntesis entre fe, razón y vida, en cuanto la fe religiosa muestra a la conciencia personal que la razón verdadera es el amor y que el amor es la razón verdadera. Esa síntesis se rompe si la razón que en ella debería entrar es relativista. Se dice que el relativismo se ha convertido en el problema central que la evangelización tiene que afrontar en nuestros días. El relativismo es tan problemático porque, aunque no llega a ser una mutación de época de la condición y de la inteligencia humanas, sí comporta un desorden generalizado de la intencionalidad profunda de la conciencia respecto de la verdad, que tiene manifestaciones en todos los ámbitos de la vida.
Existe hoy una interpretación relativista de la religión. Es lo que actualmente se conoce como «teología del pluralismo religioso». Esta teoría teológica afirma que el pluralismo de las religiones no es sólo una realidad de hecho, sino una realidad de derecho. Dios querría positivamente las religiones no cristianas como diversos caminos a través de los cuales los seres humanos se unen a Él y reciben la salvación, independientemente de Cristo. Cristo a lo más tiene una posición de particular importancia, pero es sólo uno de los caminos posibles, y desde luego ni exclusivo ni inclusivo de los demás. Todas las religiones serían vías parciales, todas podrían aprender de las demás algo de la verdad sobre Dios, en todas habría una verdadera revelación divina.
Complejas teorías ocupa a la encíclica Redemptoris Missio de Juan Pablo II y la declaración Dominus Iesus Es fácil darse cuenta de que tales teorías teológicas disuelven la cristología y relativizan la revelación llevada a cabo por Cristo, que sería limitada, incompleta e imperfecta y que dejaría un espacio libre para otras revelaciones independientes y autónomas. Para los que sostienen estas teorías es determinante el imperativo ético del diálogo con los representantes de las grandes religiones asiáticas, que no sería posible si no se aceptase, como punto de partida, que esas religiones tienen un valor salvífico autónomo, no derivado y no dirigido a Cristo. También en este caso el relativismo teórico (dogmático) obedece en buena parte a una motivación de orden práctico (el imperativo del diálogo). Estamos ante otra versión del conocido tema de la primacía de la razón práctica sobre la razón teórica.
Se hace necesario aclarar que lo que acabamos de decir en nada prejuzga la salvación de los que no tienen la fe cristiana. Lo único que se dice es que también los no cristianos que viven con rectitud según su conciencia se salvan por Cristo y en Cristo, aunque en esta tierra no le hayan conocido. Cristo es el Redentor y el Salvador universal del género humano. Él es la salvación de todos los que se salvan.
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