
La misión tiene muchas facetas. Muchos pueblos tienen un corazón de oro, pues son honestos, justos, trabajadores y solidarios; sin embargo, son los que más sufren, por el sistema injusto en que vivimos, generador de inequidades y ansiedades.
Si tenemos ojos y corazón para captar lo que vive y sufre el pueblo. Tanto si alguien se acerca a los barrios marginados de las ciudades, a los vendedores ambulantes, a los subempleados y desempleados, como quienes hemos compartido con las poblaciones campesinas e indígenas, constatamos el dolor y la frustración de miles y millones de hermanos/as. A pesar de las inhumanas restricciones que se pone a los migrantes, nos demuestran las graves carencias que sufren muchísimos hermanos. A pesar de carencias inocultables, he visto el avance en carreteras, electrificación, agua entubada, salud, educación, vivienda, etc. Muchos campesinos ya no van a sus tierras a pie o en burro, sino en un carrito, en una camioneta, aunque sean de tercera o cuarta mano. Han aumentado en forma notable los vehículos en poblaciones marginadas. Hay casas bien construídas, con las remesas que envían quienes logran trabajo aunque varias están sin habitar. Muchos hogares pagan rentas mensuales por televisión de cable o satelital. Las grandes tiendas comerciales se saturan de compradores. Más jóvenes acceden a estudios superiores.
Ha dicho el Papa Benedicto XVI: “Nuevos problemas y nuevas esclavitudes emergen en nuestro tiempo, tanto en el llamado primer mundo, acomodado y rico pero incierto sobre su futuro, como en los países emergentes donde, a causa de una globalización a menudo caracterizada por el lucro, acaban por aumentar las masas de los pobres, de los emigrantes y de los oprimidos, en quienes se debilita la luz de la esperanza” . “La pobreza ha crecido. Esta situación no puede ocultarse tras la generalidad de las estadísticas; la pobreza adquiere en la vida real rostros muy concretos. México es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo. La desigualdad provoca una honda insatisfacción y sensación de injusticia, que es la puerta de entrada de la violencia y por consiguiente, de un clima de inseguridad. La desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, exponen a la violencia a muchas personas: por la irritación social que implican; por hacerlas vulnerables ante las propuestas de actividades ilícitas y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la corrupción y el abuso de poder.
Crece constantemente el número de jóvenes que no estudian ni trabajan, con lo que se incrementa la migración y la economía informal. Esto hace que muchos de ellos sean oferta laboral para la demanda de quienes se dedican al narcomenudeo o a la delincuencia organizada”.
Veamos cada quién qué podemos hacer urgentemente por la población de niños y jóvenes, para que ellos mismos sean actores de su desarrollo integral, siendo el potencial de nuestra Iglesia y sociedad. Que los ricos sean capaces de abrir su corazón hacia ellos, y éstos crezcan no sólo en lo material, sino en todo su ser. Jesucristo es el mejor camino para un crecimiento pleno, para una vida digna.
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