Pidámosle al Señor la sabiduría para recibir la vida exactamente
así, de manera que las adversidades nos hagan avanzar, y las prosperidades nos
hagan bendecir; de modo que los descansos nos permitan cantar, y las
tribulaciones nos hagan orar; de modo que el día nos permita trabajar, y la
noche nos permita descansar.
De modo, en fin, que todo lo que sucede nosotros lo recibamos de
las manos de Dios como ese "marcapasos", que con la acción del
Espíritu, le da el ritmo a nuestra vida.
Propósito: de hoy en adelante, voy a mirar, las adversidades o
prosperidades, los fracasos o los éxitos, ya no como mis frustraciones, o mis
grandes triunfos, sino voy a tratar de mirar, con la unción del Espíritu, cada
cosa que me pasa como el ritmo que Dios le va dando a mi vida.
Para que no se detenga, para que avance, para que yo siga siendo
ese peregrino que va por el camino que Él me marca, hasta llegar a la Casa del
Padre.
Allá, en ese abrazo final, en esa visión definitiva, allí nos
encontraremos con Aquel que le dio el ritmo a nuestra vida y que no Cuando se
predica verdaderamente el Evangelio de Jesucristo, necesariamente se predica el
Reino de Dios, y entonces todos los reinos, que están anclados en esta tierra,
sienten una amenaza para sus intereses.
Acostumbrémonos a que la condición propia del Evangelio
es el conflicto; y la señal del evangelizador no puede ser otra que la señal de
su Maestro y de su Jefe, es decir, la Cruz; no tenemos otra señal.
Nosotros participamos, tal
vez Dios ha hecho cambios en nosotros; sepamos que esos cambios han sucedido en
nosotros, pero el mundo al que vamos a salir está tal cual lo dejamos, o peor.
Nosotros, en alguna medida hemos cambiado, o de pronto
el Señor ha hecho una obra en nosotros; pero, el mundo como tal, no ha
cambiado; y hay una especie de oposición que se convierte en señal del
verdadero Evangelio: “De la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a vosotros” San Mateo 5,12.
Las bienaventuranzas: Mateo sitúa la escena de las bienaventuranzas en una
montaña que le da el nombre a todo ese discurso, por eso se habla del Sermón de
la Montaña.
Así como tiene una ubicación en el espacio, en la geografía,
también tiene un contexto, tiene una circunstancia en el tiempo. Nos dice
Mateo: “Al ver Jesús el gentío, se sentó, se acercaron los discípulos,
y Él se puso a hablar, enseñándoles” San Mateo
5,1-2.
“Al ver el gentío” San Mateo 5,1,
esa es la frase que me llama la atención.
¿Por qué estaba ese gentío rodeando a Cristo? Porque veían la
señales, especialmente de sanación y de liberación que hacía Jesucristo. La
sanación convoca multitudes; la Cruz espanta multitudes, y Cristo convoca las multitudes,
sanándolas, y no tiene miedo de despacharlas, mostrándoles la Cruz.
“Al ver el gentío” San Mateo 5,1,
Cristo predica estas palabras tan difíciles de entender y asimilar, ¿qué es
ésto de llamar felices precisamente a todos los que el mundo consideraría
inútiles, problemáticos, ? ¿Por qué Jesús habla de esta manera?
Porque ha visto el gentío.
Jesús, en ese sentido, actúa como el corazón, que tiene dos
movimientos, nos enseña la fisiología: sístole y diástole, congrega la sangre y
la expulsa; así también hace Jesucristo, congrega multitudes y las despide; a
veces Cristo es atrayente, y a veces es repelente, el que se quede, ése el
discípulo.
Cristo no siempre es atrayente, a veces es atrayente pero a veces
es repelente. Sí cuando Cristo nos despide, o parece despedirnos, no nos vamos,
los que quedamos o los que queden, quedan purificados.