miércoles, 24 de abril de 2019

Edificados


Nos dice el Apóstol San Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.” Carta a los Efesios 2,20.
Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida , sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre.
 Como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece, también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las cosas. Colosenses 1,16 “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” Carta a los Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya habíamos comentado.
.
Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.

sábado, 20 de abril de 2019

Brilla


La Sangre de Cristo llega hasta nuestro altar por el ministerio de los Apóstoles, ¿de dónde aprendimos nosotros la Eucaristía? De ellos, de los Apóstoles, ¿y a través de quiénes recibimos, por esa sucesión ya bien llamada apostólica, el ministerio para consagrar el vino como Sangre de Cristo? De los Apóstoles.
 Debemos explorar ese nexo profundo que hay entre la Sangre del Señor, el Espíritu Santo, el testimonio de los Apóstoles y la victoria de los mártires.
 La sangre, para los pueblos orientales, y especialmente para el pueblo hebreo, era la señal por excelencia de la vida; cuando nosotros compartimos la Sangre de Cristo, compartimos la vida del Señor. Por eso, al beber de la Sangre de Cristo, estamos también comulgando en el Espíritu de Jesucristo, es hermosa esa relación entre Sangre y Espíritu.
Cristo había estado forjando, esculpiendo a esos Apóstoles a base de sus palabras; les había predicado muchísimas veces, esa predicación no alcanzó su resultado final, sino con la Palabra interior del Espíritu Santo. Es decir, la Palabra, el testimonio de Cristo queda afuera, a menos que llegue el testimonio interior del Espíritu, que es el que interioriza la Palabra.
Sólo el Don del Espíritu logra abrir las últimas compuertas del corazón para que entre la Palabra; sólo el don del Espíritu permite que nosotros comprendamos las Escrituras.
Dice el Evangelio de Juan, cuando estos se quedan atónitos viendo al Resucitado: "Jesús exhala el Espíritu sobre ellos" San Juan 20,22, sopla sobre ellos, les da Espíritu.
Dice el Evangelista San Lucas: "Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras" San Lucas 24,45; hasta ese momento no habían comprendido que Cristo tenía que morir y resucitar.
De manera que sólo el Espíritu hace que la Palabra de Cristo entre a reinar en lo profundo del corazón; sólo el Espíritu de Jesucristo hace que la Palabra de Cristo se convierta en palabra nuestra, cuando tal cosa sucede, cuando la Palabra de Cristo es la Palabra nuestra, ese es el apóstol; sólo el Espíritu de Jesucristo hace apóstoles, porque sólo ese Espíritu hace que nuestras palabras sean Palabras de Cristo.
No es difícil tampoco encontrar la relación con el testimonio de los mártires. Mártir literalmente significa testigo; la muerte del mártir es como un sacramento de la muerte de Cristo; la muerte del mártir es como una actualización de la muerte de Jesucristo; en la muerte del mártir lo que sucede es que para la Iglesia, por ejemplo hoy, ocurre lo mismo que pasó en aquel momento allá en el Calvario.
La muerte del mártir es como una Eucaristía en la vida; la muerte del mártir es como una nueva efusión del Espíritu, y por eso bien decía San Cipriano: "La muerte de los mártires y la sangre de los mártires, es semilla de nuevos cristianos".
Demos gracias a Dios en la celebración de este Apóstol. ¿Cuál es el bien grande que nos han dado estos Apóstoles? Pues nos han comunicado la gracia del Espíritu Santo, nos han instruido en la Palabra de Salvación, nos han predicado el Evangelio.
Han sido precisamente las columnas de la Iglesia, y nosotros nos apoyamos en la fe de ellos; estamos soportados por la gracia del Espíritu, pero estamos soportados también por el testimonio de estos hombres; sin ellos no sabríamos de la resurrección del Señor.
Eso brilla especialmente en el caso de Tomás, porque su resistencia en creer, vencida finalmente por el amor de Dios se convierte en ocasión de que nuestras dificultades en creer sean también vencidas por el mismo amor. Bien predica aquel padre de la Iglesia que mas provechoso resulto para nuestra fe, la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles, porque esta incredulidad vencida, doblegada ayuda también a que se dobleguen nuestras vidas en la fe.
Bendito sea Dios en la fiesta de Tomás el apóstol, bendita sea su sangre, su espíritu, su palabra y su Iglesia.
Que esta palabra, este espíritu, esta Iglesia, lleguen hasta lo íntimo de nuestros corazones y allí reinen, y allí den sus frutos; quiera Dios también, por medio de Cristo, soplar fuerte, para que nuestro entendimiento se abra, para que comprendamos las Escrituras, para que busquemos y veamos lo bueno que es el Señor.

Meditemos ahora en cuál es la petición que pide Tomás, la petición que reclama, dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y si no meto la mano en la llaga de su costado, no lo creo” 
San Juan 20,25. ¿Qué está pidiendo Tomás? Aparentemente lo que dice el refrán: “Ver para creer”, claro, pero en el evangelio de Juan los dos verbos ver y creer no se oponen.
Nosotros estamos acostumbrados a oponer estos dos verbos, como quien dice, el que necesita ver es porque no cree, pero en el evangelio de Juan no es así, en el evangelio de Juan, ver es el comienzo de creer.
Si esto le parece extraño, le invito a que recuerde el episodio de la Resurrección, es decir, el sepulcro vacío. Cuando va Pedro y el discípulo amado al sepulcro vacío, llegó primero el discípulo y esperó a que entrara Pedro, entro Pedro y luego sí entró el discípulo, y ¿qué dice el evangelio? “Vio y creyó” San Juan 20,8.
Además, el evangelio de Juan es el evangelio de las señales, es el evangelio de los signos que Dios da. El último de los signos es precisamente la Cruz de Cristo. El evangelio de Juan tiene siete señales, la primera de las cuales es la transformación del agua en vino, allá en Caná de Galilea.
Y luego vienen otra serie de señales: la sanación del paralítico junto a la piscina de Betzata, y luego viene otra señal: la curación del ciego de nacimiento, y otra señal: la resurrección de Lázaro. En total son siete señales, esas señales se ven, se ve que el ciego ha sido curado, se ve que el paralítico pudo caminar, se ve que el que estaba muerto vive y de ese ver la señal llega la fe.
Ver la señal para ir mas allá de la señal, este es el itinerario del evangelio de Juan. Juan no opone ver y creer, aunque ciertamente lo que se cree es más que lo que se ve, porque lo que se ve es la señal y lo que se cree es aquello hacia donde apunta la señal.
Con esto en mente, volvamos a la petición que hace Tomás, lo que el pide es precisamente ver, él pide una señal dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos” San Juan 20,25, no sólo quiere ver, pero no sólo eso, quiere palpar, meter el dedo en el agujero de los clavos, meter la mano en el costado, quiere ver, quiere palpar.
Este es el camino de la fe en el evangelio de Juan, si le parece extraño, uno debe ir al comienzo de la Primera Carta de San Juan, que le ve más allá: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, porque la vida se manifestó, eso os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros” 1 Juan 1,1-4
Tomas   Ver no se opone a creer, en la teología de San Juan, y lo que está pidiendo Tomás es ver y tocar, y lo que nos dice la Primera Carta de Juan es: “Nosotros vimos y palpamos y tocamos; y lo que vimos y palpamos, eso es lo que anunciamos” 1 Juan 1,1-4.
La petición de Tomás no es descabellada, Jesús había dado señales, siempre había dado señales, la primera de las señales, la transformación de agua en vino, y después de esas, señales cada vez más grandes, señales estupendas: curar a un ciego de nacimiento, devolver a un muerto en esta vida.
Tomás en el fondo era buen discípulo de su Maestro, como que dijera: “A mi Maestro no me lo cambian; yo sé cómo obra El; yo sé que Él da señales, y yo no veo señales aquí; yo quiero tener la señal mi Maestro; me enseña con señales; yo quiero la señal".
Démonos cuenta de cuál es el alcance de la señal que pide Santo Tomás, lo que el está pidiendo es: “Quiero verificar que es el mismo de la Cruz”.