RECONOCER
Además, esa misma fe nos
lleva a reconocer que siguen en pie los lazos de amor, que no hemos roto por
completo con quien nos ha dejado. Al hablar de la importancia de las oraciones
por nuestros seres queridos ya difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo
siguiente:
“Que el amor pueda
llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que
estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la
muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos
y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la
necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un
signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” (Benedicto XVI,
encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las muertes imprevistas
tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil de asumir. Pero resulta
posible, desde las energías propias de los corazones y desde la mirada hacia el
mundo de Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más profundo, más
completo, incluso más sereno.
Quedará, ciertamente, un
hueco profundo por días, por meses, tal vez por años. Pero ese hueco no es
completo, porque el ser querido no ha desaparecido en el remolino de la nada,
sino que está presente en el corazón de Dios. Un Dios que es bueno, que ama la
vida, que acoge y rescata a cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña, a
quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos también nosotros a
la hora que dará por concluida la vida terrena y nos introducirá en el mundo de
lo eterno.mi
voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).
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