«¿Quien es Dios?», ninguno de los maestros que han existido lo han podido explicar,porque él está por encima de todo pensamiento y de toda comprensión. Y, sinembargo, un hombre celoso que busca asiduamente algún conocimiento de Dios llegar a conocer algo de él aunque de manera muy alejada... Por eso, en otro tiempo, algunos maestros paganos virtuosos lo han buscado, en particular el sabio Aristóteles.
Escudriñó el curso de la naturaleza...; lo buscó ardorosamente y lo
encontró. Del estudio de la naturaleza dedujo que necesariamente debía
haber un único soberano, señor de todas las criaturas, y es el ser que
nosotros llamamos Dios...
El ser de Dios es una sustancia de tal manera espiritual que el ojo
mortal no puede contemplarle en sí mismo, pero le puede ver en sus obras;
según dice San Pablo, las criaturas son un espejo que refleja la existencia
de Dios (Rm 1,20). Quedémonos ahí un instante...; mira encima de ti y
alrededor de ti, y ves el cielo cuán amplio y cuán alto es en su recorrido,
con qué nobleza su Amo lo ha adornado con siete planetas, y cómo lo ha
ornado con una muchedumbre innumerable de estrellas. Cuando en verano el
sol brilla gozosamente y sin nubes ¡cuántos frutos y cuántos beneficios
aporta a la tierra! Cómo los prados son de un verde bello, y cómo son
alegres las flores, cómo resuena en el bosque y en los campos el dulce
canto de los pequeños pájaros, y todos los animales que se habían escondido
durante el duro invierno salen de sus escondrijos y se alegran; cómo los
hombres, tanto jóvenes como viejos, se alegran con el gozo que les
proporciona ver tantos beneficios. ¡Oh ternura de Dios, si eres de tal
manera digno de ser amado en tus criaturas, cuán bello y digno de ser amado
debes ser en ti mismo!(Juan 6,22-29)
San Justino (hacia 100-160), filósofo, mártir
Primera Apología 67.66; PG 6, 427-431
« El verdadero pan del cielo »: en el siglo II, una de las primeras descripciones de la Eucaristía fuera del Nuevo Testamento
El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que
habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se
leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el
tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se
encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas
admirables. Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a
continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae
pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y
acciones de gracias, y el pueblo responde «¡Amén!», una palabra hebrea que
significa: «Así sea». A este alimento le llamamos
eucaristía, y a nadie le es lícito participar de ella si no cree que son
verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da
la remisión de los pecados y la regeneración. Porque no tomamos estos
alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así
como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tomó
carne y sangre para nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido
que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene
las mismas palabras de Jesús, y destinado a ser alimento de nuestra carne y
nuestra sangre para transformarnos, este alimento es la carne y la sangre
de Jesús encarnado: esta es nuestra doctrina. Los apóstoles, en efecto, en
sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado,
cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: «Haced esto en memoria
mía. Esto es mi cuerpo»; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el
cáliz, dio gracias y dijo: «Esto es mi sangre», dándoselo a ellos solos.
(Mt 26,26s;1Co 11,23s)... Y nos reunimos todos el día del sol, primero
porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar
sobre las tinieblas y sobre la materia; y también porque es el día en que
Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos.
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