Imitar a aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y que echan por la borda los aparejos a causa de la violencia de los vientos y de las olas. Por tanto, también el Señor nuestro de los Evangelios, impulsando a nuestro intelecto que es el capitán del barco, nos dice: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser visto por ellos: de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt 6:1). Y dice además: Y cuando recéis, no seáis como los hipócritas; porque ellos gustan de orar en las sinagogas y en los cantones de las calles, de pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo, que ya tienen su pago (Mt 6:5-16).
Pero en este punto debemos prestar atención al médico de las almas y observar como él cura la cólera con la limosna, y con la oración purifica el intelecto, y aún mas, diseca con el ayuno la concupiscencia: de este modo surge el nuevo Adán, quien se renueva a imagen de Aquel que lo ha creado, en el cual no existe - con motivo de la impasibilidad - ni macho ni hembra, y basados en la única fe ni griego ni judío, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni liberto, sino que todo está en Cristo.
Sólo existe un verdadero fracaso: perder la esperanza en Dios. “He puesto mi esperanza en Dios y jamás seré defraudado.
PERO SOLO LOS SANTOS LLEGAN AL FINAL...
La audacia no es aventura ni temeridad. Necesitarás audacia para recorrer el camino de la esperanza. ¿Cuántos estaban al pie de la cruz?
Audacia para confiar al Señor todo lo que deseas y todo lo que piensas. “Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, y hasta ahora no han pedido nada...” (Jn 16,24). Audacia para confiarte a El y amarlo como a un padre.
Que el fracaso no te haga perder valor. Si has buscado verdaderamente la voluntad de Dios, ese fracaso ya es un triunfo. Eso era lo que quería El Señor. Mira a Cristo en la cruz.
Distingue la diferencia entre el éxito y el verdadero triunfo. Los efectos del triunfo pueden no ser visibles, pero tu experiencia, tu modestia, tu fe en el Señor se habrá enriquecido. Para una mirada sobrenatural, ahí está el verdadero triunfo.
Sólo existe un verdadero fracaso: perder la esperanza en Dios. “He puesto mi esperanza en Dios y jamás seré defraudado...
El camino de la esperanza es largo y tu no estás hecho para ser el santo de un día. Las tempestades y el viento destiñen los colores. Los santos pueden volverse demonios.La virtud exhala un perfume que no es nada provocativo.
Sé fiel a lo largo del camino. Pedro no entregó a Jesús ni lo denunció, pero no tuvo una palabra para defenderlo. “No conozco a ese hombre” (Mt 26,72). No quería problemas, ni enredarse en ese asunto. A la mitad del camino abandonó a su Señor; se echó atrás.
¡Tiemblas! Piensas en las caídas, en las dificultades, en los malentendidos, en los ataques de todas partes, en la humillación, en la pena de muerte. ¿Ya olvidaste el Evangelio? El Señor ya sufrió todo eso. Persevera en su seguimiento y revivirás.
Cada mañana, cuando despiertes, vuelve a comenzar tu vida con entusiasmo y optimismo. Cualesquiera que sean los obstáculos que encuentres, tú caminas con el Señor en el camino de Emmaús; y llegarás al final. La perseverancia es la que caracteriza a los santos: “El que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22).
Aunque todos los demás abandonen el camino, tú sigue avanzando, continua la marcha. No faltan personas que se dejan arrastrar por cualquier viento. Los militantes lúcidos son raros. Mantén el dominio de tí mismo, no vayas detrás de las multitudes ciegas.Mantén la moral, aunque sientas cansancio o tibieza. Las nubes negras se irán, el cielo se despejará. Basta esperar para que las nubes se disipen.
No te digas “Ya no tengo inspiración”. ¿Crees que la inspiración es la que te hace actuar? La obra del Señor no es poesía. Tú actúas por amor y sabes bien que el amor de Dios jamás desaparece. La confianza en el amor de Dios hizo la felicidad del buen ladrón. Fue la desesperanza la que hizo la desgracia de Judas.
Jesús tocó el fondo del hastío, el último grado del desaliento:
“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? (Mt 27,46). Junto a la cruz permaneció silenciosa su madre. Y el amor de la madre bastó para sostener al hijo hasta su último grito: “Todo está consumado” Cm 19,30).
El hijo de la viuda de Naim había muerto; lo llevaban a enterrar. El cadáver de Lázaro en la tumba ya hedía. El Señor los llamó a la vida. Espera en humilde arrepentimiento. El Señor te dará la vida.
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