sábado, 27 de octubre de 2012

Encuentro

 Antes de entrar en la cuestión sobre la forma que debe adoptar esta nueva evangelización, sentimos la exigencia de deciros, con profunda convicción, que la fe se decide, sobre todo, en la relación que establecemos con la persona de Jesús, que sale a nuestro encuentro. La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo. Os invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, ratificada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a si mismo por medio de una renovada alianza de amor.
La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha entregado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.
Hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“Mirad como se aman” (Tertulliano, Apologetico, 39, 7) – atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea. La belleza de la fe debe resplandecer, en particular, en la sagrada liturgia, sobre todo en la Eucaristía dominical. Justo en las celebraciones litúrgicas la Iglesia muestra su rostro de obra de Dios y hace visible, en las palabras y en los gestos, el significado del Evangelio.
Es nuestra tarea hoy el hacer accesible esta experiencia de Iglesia y multiplicar, por tanto, los pozos a los cuales invitar a los hombres y mujeres sedientos y posibilitar su encuentro con Jesús, ofrecer oasis en los desiertos de la vida. De esto son responsables las comunidades cristianas y, en ellas, cada discípulo del Señor. Cada uno debe dar un testimonio insustituible para que el Evangelio pueda cruzarse con la existencia de tantas personas. Por eso, se nos exige la santidad de vida.
4. Las ocasiones del encuentro con Jesús y la escucha de la Escritura
Algunos preguntarán cómo llevar a cabo todo esto. No se trata de inventar nuevas estrategias, casi como si el Evangelio fuera un producto para poner en el mercado de las religiones sino descubrir los modos mediante los cuales, ante el encuentro con Jesús, las personas se han acercado a Él y por Él se han sentido llamadas y adaptarlos a las condiciones de nuestro tiempo.
Recordamos, por ejemplo, cómo Pedro, Andrés, Santiago y Juan han sido llamados por Jesús en el contexto de su trabajo, cómo Zaqueo ha podido pasar de la simple curiosidad al calor de la mesa compartida con el Maestro, cómo el centurión pide la intervención del Señor ante la enfermedad de una persona cercana, como el ciego de nacimiento lo ha invocado como liberador de su propia marginación, como Marta y María han visto recompensada su hospitalidad con su propia presencia. Podemos continuar aún recorriendo las páginas de los Evangelios y encontrando tantos y tantos modos en los que la vida de las

Dejarnos

“Gracia a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1, 7). Obispos de todo el mundo, invitados por el Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI, nos hemos reunido para reflexionar juntos sobre “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” y, antes de volver a nuestras Iglesias particulares, queremos dirigirnos a todos vosotros, para animar y orientar el servicio al Evangelio en los diversos contextos en los que estamos llamados a dar hoy testimonio.
1. Como la samaritana en el pozo.
Nos dejamos iluminar por una página del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (  Jn 4, 5-42). No hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas.
Como Jesús, en el pozo de Sicar, también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelarnos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, cuenta la mujer a sus vecinos. Esta palabra de anuncio - a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?” - muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para con los demás. La pecadora convertida se convierte en mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
2. Una nueva evangelización.
Conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, es una urgencia que aparece en todas las regiones, tanto las de antigua como las de reciente evangelización. En todos los lugares se siente la necesidad de reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse en contextos culturales que obstaculizan su enraizamiento personal, su presencia social, la claridad de sus contenidos y sus frutos coherentes. No se trata de comenzar todo de nuevo, sino – con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si non anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16) - de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra. Por pequeñas o grandes que sean, éstas son el fruto de la entrega de tantos misioneros y de no pocos mártires, de generaciones de testigos de Jesús, de los cuales guardamos una memoria agradecida.
Los cambios sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos nos llaman, sin embargo, a algo nuevo: a vivir de un modo renovado nuestra experiencia comunitaria de fe y el anuncio, mediante una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM, Port-au-Prince 9 marzo 1983, n. 3) como dijo Juan Pablo II. Una evangelización dirigida, como nos ha recordado Benedicto XVI, “principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado de la Iglesia viven sin referencia alguna a la vida cristiana [...], para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que lleva consigo alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social”. (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la solemne inauguración de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 7 octubre 2012)

sábado, 20 de octubre de 2012

Misión Universal

A modo orientativo, y para canalizar las acciones propias de la cooperación misionera, ya es tradicional que cada una de estas cuatro semanas se centre en potenciar sendas dimensiones de la vida cristiana proyectada hacia la misión: la oración, el sacrificio, la cooperación económica (limosna) y la vocación misionera. Obras Misionales Pontificias ofrece todos los años distintos materiales y sugerencias para vivir estas semanas, teniendo en cuenta también el lema y enfoque de la Jornada del DOMUND correspondiente
El crecimiento que se produce debido al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el Reino de Dios, incluso si requiere nuestra cooperación, es ante todo un don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si entra en aquella de Dios no teme a los obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace que todas las semillas germinen y hace crecer cada semilla de bien diseminada en el suelo. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. La Virgen María, quien ha escuchado como "tierra buena" la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

domingo, 14 de octubre de 2012

Comunidad

San Mateo, dedica a la vida de la comunidad eclesial, otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del misterio y del ministerio de la Iglesia. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. Así, podemos también comprender porqué, en el relato del evangelio, tras la confesión de fe de Pedro, sigue inmediatamente el primer anuncio de la pasión: en efecto, Jesús con su muerte ha vencido el poder del infierno, con su sangre ha derramado sobre el mundo un río inmenso de misericordia, que irriga con su agua sanadora la humanidad entera.
'No temas; basta que tengas fe', y tomando de la mano a su hija le devuelve la vida.

sábado, 6 de octubre de 2012

Enfoca

La humanidad entera enfoca el lente zoom de su mirada sobre el objeto de la celebración, al menos durante ese año. Los medios, con su poder, se hacen eco, mayor o menor, de dicho evento. se siguen efectos, más o menos duraderos,de cara al futuro.

¡Un año internacional vale la pena! La Iglesia se adapta a los tiempos y lugares. La fe no requiere de ruido, de propaganda. Pero el "ruido" y la propaganda de los medios puede ayudar a la fe y a su propagación.

Hagamos otra anotación. Los valores son perennes, pero la conciencia que los hombres tienen de ellos es muy tornadiza. Está sometida a flujos y reflujos. A veces incluso se oscurece, se debilita e incluso se pierde. La humanidad necesita, entonces, un revulsivo que despierte la conciencia para que vuelva a admirar la belleza y la actualidad de ese valor "olvidado". He aquí la razón por la que en estos casi cincuenta años después de la inauguración del Vaticano II se han celebrado en la Iglesia Católica dos años de la fe

¿Qué sentido da el Papa a este Año de la fe? ¿Qué objetivos pretende con él? Pienso que la respuesta la hallaremos en los dos documentos con los que fueron convocados los dos años de la fe después del Concilio Vaticano II: el de Pablo VI (1967) y ahora el de Benedicto XVI:

1) "Para confirmar nuestra fe rectamente expresada" (Pablo VI), "redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada" (Benedicto XVI).

2) "Para promover el estudio de las enseñanzas del Concilio Vaticano II" (Pablo VI), "con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza" (Benedicto XVI).

3) "Para sostener los esfuerzos de los católicos que buscan profundizar las verdades de la fe" (Pablo VI); "intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo" (Benedicto XVI).

A estos fines comunes a los dos Papas, Benedicto XVI añade, fijándose en las circunstancias actuales, algunos más:

1) "Invitar a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador
del mundo".

2) "Comprometerse a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe".

3) "Suscitar en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza".

4) "Comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios".

miércoles, 3 de octubre de 2012

Asegurada

De cara a la necesidad de empeñarnos sin tregua en la tarea de la nueva evangelización de la sociedad. Ante todo necesitamos fe y esperanza firmemente asumidas; es decir, caminar en cada momento íntimamente convencidos con un convencimiento que brota del trato con la Trinidad  de que es posible cambiar el rumbo de este mundo nuestro, enderezar a la gloria del Señor y a la conversión de las almas todas las actividades humanas. Ciertamente no faltarán la lucha, los sufrimientos, pero siempre avanzaremos con alegría y confianza, porque nos asiste la promesa divina: pídeme y te daré en herencia las naciones, los confines de la tierra en propiedad  (Sal  2, 8).

Impresiona contemplar cómo los Apóstoles, sin más medios que la fe en Cristo y animados por una esperanza segura y alegre, se dispersaron por la tierra entonces conocida y difundieron la doctrina cristiana en todas partes. ¡gozaba al celebrar sus fiestas, y las de aquellas santas mujeres que acompañaron a Jesús durante sus pasos terrenos! Las figuras de los Apóstoles, de María Magdalena, de Lázaro, de Marta y María, hermanas de Lázaro, le entusiasmaban. De cada uno, de cada una, podemos aprender a creer más, del todo, en Jesucristo y a amarle con la intensidad con que le amaron los que le trataron. Como nosotros, también ellos se verían con miserias y, a pesar del escaso número en comparación con la población de las naciones conocidas, extendieron la semilla divina con su ejemplo cotidiano y con su palabra confortadora.

 Al hablar del apostolado en un ambiente difícil, aseguraba: «¡Es cuestión de fe!» Sí, ¡es cuestión de fe! Esa fe que, como señala el Señor en el Evangelio, tiene la capacidad de remover los montes de su sitio ( Mt 17, 20) y de superar cualquier obstáculo; que es como los ríos, que se abren cauce hasta el mar desde las peñas altas ( Sal 103/104, 10). Por eso os pregunto y me pregunto: ¿con qué fe nos movemos a la hora del apostolado, sabiendo que es siempre hora? ¿Estamos verdaderamente convencidos de que, como escribe san Juan, ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Jn 5, 4)? ¿Actuamos en consecuencia? ¿Afrontamos los obstáculos que surjan con espíritu optimista, con moral de victoria? Y para eso, ¿apoyamos cada actividad apostólica concreta con la oración y con el sacrificio? ¿Damos testimonio de nuestra fe, sin dejarnos atemorizar por las dificultades del ambiente?

Repitamos más frecuentemente al Señor: ¡creo, Señor; ayuda mi incredulidad! (Mc 9, 24). Muy profundamente conmueve esta petición . No nos conformemos con nuestros modos de implorar las virtudes teologales al Señor. Consciente de que la fe es un don sobrenatural que sólo Dios puede infundir e intensificar en el alma, «Todos los días, no una vez sino muchas, DEBEMOS repetir yo (...). Lo que le pedían los Apóstoles : adáuge nobis fidem! (Lc 17, 5), auméntanos la fe. spem, caritátem; auméntanos la fe, la esperanza y la caridad».

lunes, 1 de octubre de 2012

Despertamos

El Año de la Fe, propuesto por el Papa para celebrar los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II, se propone como un tiempo para ponerse “al servicio de todos para ayudar a fortalecer la confianza mutua y en que, con humildad, esperamos también ser dignos de la confianza de quienes se han alejado de nosotros”.
Junto a la fe nace la esperanza, manifestó casi al concluir su mensaje, “esa virtud humilde y necesaria, que invocamos cuando no encontramos el camino o desconfiamos de la ruta que quisiéramos seguir”. Detalló que “así como en el corazón de la Fe se encuentra la certeza y la verdad, en el corazón de la Esperanza habita el amor en plenitud. La realidad siempre posible del amor. Es verdad que solemos decir esperanza cuando pensamos en el futuro. No dejemos de lado el corazón de la esperanza que nos habla del presente. Eso es esencial pues, en medio de las dificultades y vicisitudes del presente, la esperanza nos asegura el hecho de poder amar y ser amados hoy día, mañana y siempre. De esa manera, y junto a la Fe, ella se transforma en la virtud de la confianza”

 El Año de la fe nos ofrece una ocasión magnífica para profundizar en el tesoro divino que hemos recibido y, con la gracia de Dios, difundir esta virtud en ondas concéntricas que lleguen muy lejos; se nos presenta una oportunidad inmejorable para dar un fuerte impulso a la nueva evangelización que necesita el mundo, comenzando por nuestra mejora diaria, con hechos, en el trato con las tres Personas de la Trinidad, amparándonos precisamente en la fe que tuvieron María y José, a los que tanto contempló y admiró san Josemaría, para dar pasos en su identificarse con Cristo, con la Voluntad divina. Si deseamos mover a las almas para que se acerquen a Dios, hemos de hablarles, ante todo, con nuestra vida de cristianos.

Conocemos que nuestro Padre volvió los ojos de modo incesante a los Apóstoles, a los primeros cristianos. En los Doce y en aquellas primitivas comunidades de hombres y mujeres que siguieron a Cristo, brillaba con fuerza la seguridad de su fe en Cristo, en sus enseñanzas. Supieron y quisieron escudriñar el paso del Redentor por los caminos de la humanidad. No es exagerado pensar que retendrían, con mucha fuerza, las múltiples ocasiones en las que Jesucristo reclamaba con exigencia, a los enfermos, a los tullidos, a ellos mismos, que acudieran a Él con fe, que rezaran o pidieran con fe. Como también resulta evidente que guardarían bien grabada en el alma aquella reprensión paterna, clara, sobre su falta de fe, precisamente antes de confiarles que fueran por todo el mundo para llevar la Buena Nueva ( Mc 16, 14-15).

Salta a la vista que los primeros cristianos eran conscientes de que también a ellas y a ellos son maravillosos los muchos testimonios que nos han transmitido con su conducta,les correspondía creer firmemente en la gracia del Cielo, para dar cumplimiento al mandato de extender las enseñanzas del Maestro.

Los Doce, y aquellos hermanos y hermanas nuestros, fueron conscientes de que esa virtud, tan exigida por el Hijo de Dios, abría el camino a la esperanza de que el plan redentor se cumpliría. A la vez, su amor y agradecimiento al Dios Uno y Trino se hizo cada día más recio, más apostólico, es decir, capaz también de arrastrar hacia la Verdad a personas de todos los ambientes y profesiones.

Hijas e hijos míos, otro tanto sucede ahora, porque los medios como nos repetía son los mismos: el Evangelio ¡vivido y el Crucifijo.

Redescubrir el gozo y la seguridad de la fe es obligación de la Iglesia universal, de toda la Iglesia: por tanto, no sólo tarea de los pastores, sino que compete a todos los fieles. Lógicamente, los pastores han de ir por delante, con su ejemplo y sus exhortaciones, como escribe el Papa en el motu proprio con el que ha convocado este especial tiempo en la Iglesia; pero invita además a todos a asumir esa exigencia de transmitir a los demás el tesoro de la predicación de Jesucristo.
Se afirma también que «los santos y beatos son los auténticos testigos de la fe»; por este motivo, recomienda a los Pastores que se esfuercen por dar a conocer la vida y la doctrina de tantos santos.

La humanidad ha caminado y caminará siempre, también ahora, hambrienta de la palabra y del conocimiento de Dios, aunque muchas personas no sean conscientes de esa profunda necesidad de sus almas. Y a quienes el Señor nos ha concedido el don de la fe, nos incumbe el deber de despertarnos y de despertar a quienes se hallan sumidos en ese letargo de muerte, de ineficacia. El Año de la fe, que se inaugura en el marco de la Asamblea del Sínodo de los Obispos dedicada a la nueva evangelización, supone otro acicate para todos. Ha llegado el momento de apresurar la marcha, como proceden los corredores cuando se aproximan a la meta de una carrera.
Cada día hemos de renovar el deseo de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de las realidades humanas. Para eso, se precisa crecer en el trato personal con Dios y en la entrega a los demás, contribuyendo con nuestro granito de arena la entrega diaria total a la construcción de un mundo renovado por la gracia y la sal del Evangelio, que el Señor ha encomendado a sus discípulos. Si alguna vez pugnara por entrar en el alma el pesimismo, al no recoger enseguida el fruto de nuestros afanes, deberíamos arrojar lejos esa desesperanza, porque no somos nosotros tan poca cosa, tan llenos de defectos los que han de sacar adelante los planes divinos. Las diferentes perícopas de la Escritura, en sus múltiples alusiones, nos confirman que inter médium móntium pertransíbunt aquæ (Sal 103/104, 10). Esta certeza se opone hasta al menor atisbo de desaliento, aunque los obstáculos puedan llegar a las mismas cumbres; y ese camino es el oportuno para que nos lleguemos al Cielo, seguros de que las aguas divinas enjugan y también impulsan todas nuestras limitaciones para llegar a estar con Dios.

«En los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo». Ocupemonos de que muchas mujeres y muchos hombres acojan la vida de la gracia, y se amparen y robustezcan en este refugio.

La nueva evangelización resulta especialmente urgente . Juan Pablo II retrataba la situación religiosa de la sociedad en el viejo continente. Aunque iba destinada a recoger las conclusiones de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos de Europa, sus afirmaciones cabía aplicarlas en gran medida a otros muchos lugares. En efecto, después de veinte siglos, aun en países de gran tradición cristiana, «crece el número de las personas no bautizadas, sea por la notable presencia de emigrantes pertenecientes a otras religiones, sea porque también los hijos de familias de tradición cristiana no han recibido el Bautismo.
 Primera evangelización y nueva evangelización: dos formas de anuncio del Evangelio que hoy nos exige la situación de la Iglesia y del mundo.

«Misionero con misión y no llamarte misionero», Camino, se sitúa en el momento radical y originario de la misión como mi Padre me envió a mí, así os envío Yo a vosotros  (Jn 20, 21, que configura las formas históricas que la misión de Cristo tomará en la vida de la Iglesia: desde el cuidado de la vida de fe de los católicos (pastoral, fraternidad), a la proclamación de Cristo Salvador a los paganos (primer anuncio, evangelización); desde el trato fraterno con los cristianos no católicos para impulsarlos a la plena comunión (ecumenismo), al nuevo anuncio de Cristo y de su doctrina a los bautizados que lo han abandonado y rechazan su doctrina (nueva evangelización).