De cara a la necesidad de empeñarnos sin tregua en la tarea de la nueva evangelización de la sociedad. Ante todo necesitamos fe y esperanza firmemente asumidas; es decir, caminar en cada momento íntimamente convencidos con un convencimiento que brota del trato con la Trinidad de que es posible cambiar el rumbo de este mundo nuestro, enderezar a la gloria del Señor y a la conversión de las almas todas las actividades humanas. Ciertamente no faltarán la lucha, los sufrimientos, pero siempre avanzaremos con alegría y confianza, porque nos asiste la promesa divina: pídeme y te daré en herencia las naciones, los confines de la tierra en propiedad (Sal 2, 8).
Impresiona contemplar cómo los Apóstoles, sin más medios que la fe en Cristo y animados por una esperanza segura y alegre, se dispersaron por la tierra entonces conocida y difundieron la doctrina cristiana en todas partes. ¡gozaba al celebrar sus fiestas, y las de aquellas santas mujeres que acompañaron a Jesús durante sus pasos terrenos! Las figuras de los Apóstoles, de María Magdalena, de Lázaro, de Marta y María, hermanas de Lázaro, le entusiasmaban. De cada uno, de cada una, podemos aprender a creer más, del todo, en Jesucristo y a amarle con la intensidad con que le amaron los que le trataron. Como nosotros, también ellos se verían con miserias y, a pesar del escaso número en comparación con la población de las naciones conocidas, extendieron la semilla divina con su ejemplo cotidiano y con su palabra confortadora.
Al hablar del apostolado en un ambiente difícil, aseguraba: «¡Es cuestión de fe!» Sí, ¡es cuestión de fe! Esa fe que, como señala el Señor en el Evangelio, tiene la capacidad de remover los montes de su sitio ( Mt 17, 20) y de superar cualquier obstáculo; que es como los ríos, que se abren cauce hasta el mar desde las peñas altas ( Sal 103/104, 10). Por eso os pregunto y me pregunto: ¿con qué fe nos movemos a la hora del apostolado, sabiendo que es siempre hora? ¿Estamos verdaderamente convencidos de que, como escribe san Juan, ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Jn 5, 4)? ¿Actuamos en consecuencia? ¿Afrontamos los obstáculos que surjan con espíritu optimista, con moral de victoria? Y para eso, ¿apoyamos cada actividad apostólica concreta con la oración y con el sacrificio? ¿Damos testimonio de nuestra fe, sin dejarnos atemorizar por las dificultades del ambiente?
Repitamos más frecuentemente al Señor: ¡creo, Señor; ayuda mi incredulidad! (Mc 9, 24). Muy profundamente conmueve esta petición . No nos conformemos con nuestros modos de implorar las virtudes teologales al Señor. Consciente de que la fe es un don sobrenatural que sólo Dios puede infundir e intensificar en el alma, «Todos los días, no una vez sino muchas, DEBEMOS repetir yo (...). Lo que le pedían los Apóstoles : adáuge nobis fidem! (Lc 17, 5), auméntanos la fe. spem, caritátem; auméntanos la fe, la esperanza y la caridad».
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