lunes, 1 de octubre de 2012

Despertamos

El Año de la Fe, propuesto por el Papa para celebrar los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II, se propone como un tiempo para ponerse “al servicio de todos para ayudar a fortalecer la confianza mutua y en que, con humildad, esperamos también ser dignos de la confianza de quienes se han alejado de nosotros”.
Junto a la fe nace la esperanza, manifestó casi al concluir su mensaje, “esa virtud humilde y necesaria, que invocamos cuando no encontramos el camino o desconfiamos de la ruta que quisiéramos seguir”. Detalló que “así como en el corazón de la Fe se encuentra la certeza y la verdad, en el corazón de la Esperanza habita el amor en plenitud. La realidad siempre posible del amor. Es verdad que solemos decir esperanza cuando pensamos en el futuro. No dejemos de lado el corazón de la esperanza que nos habla del presente. Eso es esencial pues, en medio de las dificultades y vicisitudes del presente, la esperanza nos asegura el hecho de poder amar y ser amados hoy día, mañana y siempre. De esa manera, y junto a la Fe, ella se transforma en la virtud de la confianza”

 El Año de la fe nos ofrece una ocasión magnífica para profundizar en el tesoro divino que hemos recibido y, con la gracia de Dios, difundir esta virtud en ondas concéntricas que lleguen muy lejos; se nos presenta una oportunidad inmejorable para dar un fuerte impulso a la nueva evangelización que necesita el mundo, comenzando por nuestra mejora diaria, con hechos, en el trato con las tres Personas de la Trinidad, amparándonos precisamente en la fe que tuvieron María y José, a los que tanto contempló y admiró san Josemaría, para dar pasos en su identificarse con Cristo, con la Voluntad divina. Si deseamos mover a las almas para que se acerquen a Dios, hemos de hablarles, ante todo, con nuestra vida de cristianos.

Conocemos que nuestro Padre volvió los ojos de modo incesante a los Apóstoles, a los primeros cristianos. En los Doce y en aquellas primitivas comunidades de hombres y mujeres que siguieron a Cristo, brillaba con fuerza la seguridad de su fe en Cristo, en sus enseñanzas. Supieron y quisieron escudriñar el paso del Redentor por los caminos de la humanidad. No es exagerado pensar que retendrían, con mucha fuerza, las múltiples ocasiones en las que Jesucristo reclamaba con exigencia, a los enfermos, a los tullidos, a ellos mismos, que acudieran a Él con fe, que rezaran o pidieran con fe. Como también resulta evidente que guardarían bien grabada en el alma aquella reprensión paterna, clara, sobre su falta de fe, precisamente antes de confiarles que fueran por todo el mundo para llevar la Buena Nueva ( Mc 16, 14-15).

Salta a la vista que los primeros cristianos eran conscientes de que también a ellas y a ellos son maravillosos los muchos testimonios que nos han transmitido con su conducta,les correspondía creer firmemente en la gracia del Cielo, para dar cumplimiento al mandato de extender las enseñanzas del Maestro.

Los Doce, y aquellos hermanos y hermanas nuestros, fueron conscientes de que esa virtud, tan exigida por el Hijo de Dios, abría el camino a la esperanza de que el plan redentor se cumpliría. A la vez, su amor y agradecimiento al Dios Uno y Trino se hizo cada día más recio, más apostólico, es decir, capaz también de arrastrar hacia la Verdad a personas de todos los ambientes y profesiones.

Hijas e hijos míos, otro tanto sucede ahora, porque los medios como nos repetía son los mismos: el Evangelio ¡vivido y el Crucifijo.

Redescubrir el gozo y la seguridad de la fe es obligación de la Iglesia universal, de toda la Iglesia: por tanto, no sólo tarea de los pastores, sino que compete a todos los fieles. Lógicamente, los pastores han de ir por delante, con su ejemplo y sus exhortaciones, como escribe el Papa en el motu proprio con el que ha convocado este especial tiempo en la Iglesia; pero invita además a todos a asumir esa exigencia de transmitir a los demás el tesoro de la predicación de Jesucristo.
Se afirma también que «los santos y beatos son los auténticos testigos de la fe»; por este motivo, recomienda a los Pastores que se esfuercen por dar a conocer la vida y la doctrina de tantos santos.

La humanidad ha caminado y caminará siempre, también ahora, hambrienta de la palabra y del conocimiento de Dios, aunque muchas personas no sean conscientes de esa profunda necesidad de sus almas. Y a quienes el Señor nos ha concedido el don de la fe, nos incumbe el deber de despertarnos y de despertar a quienes se hallan sumidos en ese letargo de muerte, de ineficacia. El Año de la fe, que se inaugura en el marco de la Asamblea del Sínodo de los Obispos dedicada a la nueva evangelización, supone otro acicate para todos. Ha llegado el momento de apresurar la marcha, como proceden los corredores cuando se aproximan a la meta de una carrera.
Cada día hemos de renovar el deseo de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de las realidades humanas. Para eso, se precisa crecer en el trato personal con Dios y en la entrega a los demás, contribuyendo con nuestro granito de arena la entrega diaria total a la construcción de un mundo renovado por la gracia y la sal del Evangelio, que el Señor ha encomendado a sus discípulos. Si alguna vez pugnara por entrar en el alma el pesimismo, al no recoger enseguida el fruto de nuestros afanes, deberíamos arrojar lejos esa desesperanza, porque no somos nosotros tan poca cosa, tan llenos de defectos los que han de sacar adelante los planes divinos. Las diferentes perícopas de la Escritura, en sus múltiples alusiones, nos confirman que inter médium móntium pertransíbunt aquæ (Sal 103/104, 10). Esta certeza se opone hasta al menor atisbo de desaliento, aunque los obstáculos puedan llegar a las mismas cumbres; y ese camino es el oportuno para que nos lleguemos al Cielo, seguros de que las aguas divinas enjugan y también impulsan todas nuestras limitaciones para llegar a estar con Dios.

«En los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo». Ocupemonos de que muchas mujeres y muchos hombres acojan la vida de la gracia, y se amparen y robustezcan en este refugio.

La nueva evangelización resulta especialmente urgente . Juan Pablo II retrataba la situación religiosa de la sociedad en el viejo continente. Aunque iba destinada a recoger las conclusiones de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos de Europa, sus afirmaciones cabía aplicarlas en gran medida a otros muchos lugares. En efecto, después de veinte siglos, aun en países de gran tradición cristiana, «crece el número de las personas no bautizadas, sea por la notable presencia de emigrantes pertenecientes a otras religiones, sea porque también los hijos de familias de tradición cristiana no han recibido el Bautismo.
 Primera evangelización y nueva evangelización: dos formas de anuncio del Evangelio que hoy nos exige la situación de la Iglesia y del mundo.

«Misionero con misión y no llamarte misionero», Camino, se sitúa en el momento radical y originario de la misión como mi Padre me envió a mí, así os envío Yo a vosotros  (Jn 20, 21, que configura las formas históricas que la misión de Cristo tomará en la vida de la Iglesia: desde el cuidado de la vida de fe de los católicos (pastoral, fraternidad), a la proclamación de Cristo Salvador a los paganos (primer anuncio, evangelización); desde el trato fraterno con los cristianos no católicos para impulsarlos a la plena comunión (ecumenismo), al nuevo anuncio de Cristo y de su doctrina a los bautizados que lo han abandonado y rechazan su doctrina (nueva evangelización).

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