ATICANO,
07 Oct. 15 / 04:20 am (ACI).-
El Papa Francisco dedicó de nuevo sucatequesis en la
Audiencia General de este miércoles a la familia. En la Plaza de
San Pedro afirmó que la familia es “la carta magna de la Iglesia” y advirtió de que
el mundo necesita “una robusta inyección” del espíritu familiar.
El
Pontífice también pidió oraciones para la buena marcha del Sínodo de los
Obispos sobre la Familia que comenzó el pasado 4 y concluirá el 25 de octubre.
A
continuación el texto completo de la catequesis gracias a Radio Vaticano:
Queridos
hermanos y hermanas ¡buenos días!
Hace
pocos días ha iniciado el Sínodo de los Obispos con el tema “La vocación y la
misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. La familia que
camina en la vía del Señor es fundamental en el testimonio de amor de Dios y
merece toda la dedicación de la cual la Iglesia es capaz. El Sínodo está
llamado a interpretar, para hoy, este celo y este cuidado de la Iglesia. Acompañamos
todo el recorrido sinodal sobre todo con nuestra oración y nuestra atención. Y
en este período las catequesis serán reflexiones inspiradas por algunos
aspectos de la relación -que podemos decir bien indisoluble- entre la Iglesia y
la familia, con el horizonte abierto al bien de la entera comunidad cristiana.
Una
mirada atenta a la vida cotidiana
de los hombres y de las mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que
hay en todas partes de una sólida inyección de espíritu familiar. De hecho, el
estilo de las relaciones -civiles, económicas, jurídicas, profesionales, de
ciudadanía- aparece muy racional, formal, organizado, pero también muy
“deshidratado”, árido, anónimo. Se transforma en ocasiones en insoportable.
Aunque quiere ser inclusivo en sus formas, en la realidad abandona a la soledad
y al descarte un número siempre mayor de personas.
He aquí
porqué la familia abre para la entera sociedad una perspectiva más humana: abre
los ojos de los hijos sobre la vida –y no solo la mirada, sino también los
otros sentidos- representando una visión de la relación humana edificada sobre
la libre alianza de amor. La familia introduce a la necesidad de vínculos de
fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto; anima a proyectar un
mundo habitable y a creer en las relaciones de confianza, también en
condiciones difíciles; enseña a honrar la palabra dada, el respeto de las
singulares personas, el compartir de los límites personales y de los otros. Y
todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar por los
miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos y aún los más devastados
por las conductas de su vida. En la sociedad que practica estas actitudes, las
ha asimilado por el espíritu familiar y no de la competición y del deseo de
autorealización.
Y bien,
aún sabiendo todo esto, no se da a la familia el peso debido -y reconocimiento
y apoyo- en la organización política y económica de la sociedad contemporánea.
Quisiera decir más: la familia no solo no tiene reconocimiento adecuado, pero
¡no genera más aprendizaje! A veces se diría que, con toda la ciencia y la
técnica, la sociedad moderna todavía no es capaz de traducir estos
conocimientos en formas mejores de convivencia civil. No solo la organización
de la vida común se encalla más, en la burocracia del todo extraña a los
vínculos humanos fundamentales, pero incluso la costumbre social y política
muestra a menudo signos de degrado –agresividad, vulgaridad, desprecio…-, que
están muy por debajo del umbral de una educación familiar mínima. En tal
coyuntura, los extremos opuestos de este embrutecimiento de las relaciones -es
decir, la torpeza tecnocrática y el familismo amoral- se conjugan y se
alimentan mutuamente. Es en verdad una paradoja.
La
Iglesia distingue hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión
acerca de la familia y del auténtico espíritu familiar: comenzando por una
atenta revisión de vida, que se refiere a sí misma. Se podría decir que el
“espíritu familiar” es una carta constitucional para la Iglesia: así el
cristianismo debe aparecer, y así debe ser. Está escrito en letras
claras: «Ustedes que en un tiempo eran lejanos -dice san Pablo- […]
ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y
miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). La Iglesia es y debe ser la familia
de Dios.
Jesús,
cuando llamó a Pedro a seguirlo, le dijo que lo habría hecho “pescador de
hombres”; y para esto se necesita un nuevo tipo de redes. Podemos decir que hoy
las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de
la Iglesia. ¡No es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las
aguas malas del abandono y de la indiferencia, que ahogan muchos seres humanos
en el mar de la soledad y de la indiferencia. Las familias saben bien qué es la
dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extraños, o sólo un número del
documento de identidad.
Desde
aquí, de la familia, Jesús recomienza su pasaje entre los seres humanos para
persuadirlos que Dios no los ha olvidado. Desde aquí Pedro toma vigor para su
ministerio. Desde aquí la Iglesia, obedeciendo a la palabra del Maestro, sale a
pescar, seguro que, si esto pasa, la pesca será milagrosa. Que el entusiasmo de
los Padres sinodales, animados por el Espíritu Santo, fomenten el impulso de
una Iglesia que abandona las redes viejas y se pone a pescar confiando en la
palabra de su Señor. ¡Rezamos intensamente por esto! Cristo, del resto, ha
prometido y nos alienta: aunque los malos padres no rechazan el pan a los hijos
hambrientos, figurémonos si Dios no dará el Espíritu a quienes -aún siendo
imperfectos- ¡lo piden con apasionada insistencia! (cfr Lc 11,9-13). Gracias.
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