sábado, 14 de noviembre de 2015

Misericordia



Vamos ahora a lo que es la misericordia propiamente dicha. La misericordia es sobre todo una realidad, viva y verdadera, inmutable y para siempre, que viene al encuentro de la miseria humana, por un misterio de absoluta y divina libertad, y “salva” esta miseria humana no cancelándola o ignorándola ni tampoco olvidándola , sino haciéndose cargo “personalmente”. En las espléndidas celebraciones de Semana Santa que se desarrollan en el sur de España, como también en muchos otros lugares donde la piedad popular es ferviente, cuando el Cristo resucitado es conducido en procesión fuera de la iglesia, del pueblo recogido en oración se eleva a menudo una voz conmovida y de profunda piedad que grita: ¡La misericordia!

La misericordia es una Persona, es Cristo. Encarnado, Muerto y Resucitado. Él quiere inculcar en cada hombre una relación personal de verdad y de amor, y todo esto, desde nuestra perspectiva de pobres pecadores, asombrados y sorprendidos, se llama: “misericordia”.

Resuene



Hagamos que resuene la Palabra de Dios con toda su claridad y belleza. Ninguna palabra humana, ninguna escuela teológica, ningún obispo individualmente considerado, está por encima de la Palabra de Dios y la gran Tradición de la Iglesia, como fiel intérprete de esa Palabra. Libres de arrogancia pero con verdadero espíritu de servicio a los hermanos han de oírse, sin recorte ni disminución de tono, frases como estas: "Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada por su marido, comete adulterio" (Lucas 16,18). Una predicación sencilla, directa, fiel a la letra y el espíritu, hace mucho bien en toda circunstancia. Por supuesto, centrar toda la predicación sólo en los versículos de denuncia sería también error: lo correcto es presentar toda la ternura y a la vez toda la firmeza de Cristo; toda su misericordia y todo el vigor con que, por misericordia, predica sobre la realidad del pecado y la posibilidad espantosa de la muerte eterna.

El Pecado




El pecado tiene atractivo, si no nunca pecaríamos. Es ese atractivo lo que nos empuja y luego nos retiene bajo su poder. La mentira produce utilidades, ser soberbio acaricia el propio ego, la lujuria deleita los sentidos hasta enloquecerlos, la codicia engendra sensación de poder y valer, y así sucesivamente.
 Ahora bien, el pecado tiene un frente tan hermoso como desastroso es su desenlace. Y esa es la clave para vencerle. La memoria del desenlace apaga el encanto de las nuevas acometidas del mal. De ahí la pregunta de San Pablo "¿qué frutos recogieron entonces de aquello que ahora los llena de vergüenza? Ninguno, pues son cosas que conducen a la muerte."

Aquí asoma la eficacia de la memoria, como POTENCIA del alma. Hay poder en la memoria, porque en ella está la semilla de verdad que nos libera en profundidad de las secuelas de la tentación y del pecado. Así el mal queda desenmascarado. Y cuando el mal se ve obligado a mostrar su verdadero y monstruoso rostro ya no tiene poder.