El pecado tiene
atractivo, si no nunca pecaríamos. Es ese atractivo lo que nos empuja y luego
nos retiene bajo su poder. La mentira produce utilidades, ser soberbio acaricia
el propio ego, la lujuria deleita los sentidos hasta enloquecerlos, la codicia
engendra sensación de poder y valer, y así sucesivamente.
Ahora bien, el
pecado tiene un frente tan hermoso como desastroso es su desenlace. Y esa es la
clave para vencerle. La memoria del desenlace apaga el encanto de las nuevas
acometidas del mal. De ahí la pregunta de San Pablo "¿qué frutos recogieron entonces de aquello que ahora los llena de
vergüenza? Ninguno, pues son cosas que conducen a la muerte."
Aquí asoma la
eficacia de la memoria, como POTENCIA del alma. Hay poder en la memoria, porque
en ella está la semilla de verdad que nos libera en profundidad de las secuelas
de la tentación y del pecado. Así el mal queda desenmascarado. Y cuando el mal
se ve obligado a mostrar su verdadero y monstruoso rostro ya no tiene poder.
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