Contemplemos a María Santísima y a José, el
carpintero. María, del Verbo preñada busca corazones, ¿le daremos
posada? No puede ya con su Hijo en el vientre; quiere dárnoslo, ofrecérnoslo.
Posadero, abre tu portal y prepara un rincón para que María dé a luz a su
querido Jesús. Hasta ahora el seno de María era cálido albergue y cuna
calentita. El tuyo, ¿cómo está? ¿Frío, terriblemente frío por la indiferencia,
la ingratitud, el desamor? Dios no quiso que la Virgen diese a luz rodeada de
vana curiosidad, envuelta en ruidos. Y se la llevó al campo. Allí, en libertad
y soledad, sola con José, dio a luz al Niño Jesús. El nacimiento de Jesucristo,
dice san Ignacio de Antioquia, ocurrió en silencio. Lo envolvió en pañales y lo
reclinó en un pesebre. Le besaría los pies porque era su Señor: le besaría la
cara porque era su hijo. Se quedaría quieta mirándolo. Era como una menuda flor
que aún la yema del dedo podría lastimar. Sus manos, al fajarlo, temblaban de
maravilla y de ternura extasiadas. De tanto mirarlo ciega ha quedado María y
con cantar de asombro lo está acunando: “Hijo mío, Hijo del alma, ¿cómo he
podido llevarte, siendo Sol, en mis entrañas? ¿Cómo es que no me abrasaste con
tanta llama? Miremos ahora a san José. Era todo disponibilidad y obediencia y
asombro. Y así venció las dudas, los desconciertos y las angustias. Y no
añoraba nada, ni hijos nacidos de su misma sangre. Tenía delante al sol
supremo, al hijo de los hijos, al Dios de cielo y tierra, y a la mujer que enamoró
a Dios. ¿Qué más podía desear?
Contemplemos a los pastores.
Velaban su rebaño, cumpliendo su deber...nunca dejarían al lobo ninguna de sus
crías. Hombres sencillos, hechos a la intemperie. Estaban en la noche, pues
todavía no conocían la luz del Sol invicto. Y el ángel se les apareció y la
gloria de Dios les envolvió con su luz. Nunca habían visto tanta luz y
claridad, tanto resplandor y calor. Temen con un temor reverencial. No estaban
acostumbrados a revelaciones divinas. Es el mismo temor de María y de José ante
la irrupción de Dios en sus vidas. Nadie está preparado para recibir la
revelación de Dios. Nos cae de sorpresa, y el hombre humilde y sencillo, al
inicio teme. Se calman ante el anuncio del ángel, y creen en el anuncio del
ángel a pies juntillas, sin dudar, sin hacer preguntas. Su alma pura y sencilla
estaba preparada para la Buena Noticia. La anhelaban. Y fueron corriendo a
Belén y allí encontraron a Jesús, a María y a José. Y le dieron su fe, su
esperanza y su amor.
Contemplemos a Herodes y a los posaderos de Jerusalén. Primero, Herodes. Herodes no sabe
de tan gran suceso, pues su pecho es nido de ambición y miedo. No soportó
Verdad tan clara. Hecho tinieblas plantó la cara a tanta luz, cerrando el cerco
de odio y de saña. Y quiso matar a esa Luz, a ese Amor, a esa Flor que nació en
Belén. Sólo él quería reinar. El trono era sólo para él. Y se quedó sin
Navidad. Y su corazón fue un infierno de odio, de ambición, de miedo y de
crimen. Segundo, los posaderos.
Estaban en sus juergas, pasatiempos y francachelas. En cada rincón de sus
posadas olía a pecado, desenfreno, indiferencia. El consumismo, el hedonismo y
el materialismo no dejaron entrar a María y a José, ni tampoco dejaron entrar a
Jesús. ¡Qué lastima, posaderos!
Contemplemos a los Magos
de Oriente. Los magos vienen de lejos, no saben si volverán, sólo
saben que una estrella los invitó a caminar. Y en camino se pusieron. No saben
adonde van, pero en su corazón arde una luz de inmensidad. Vienen de lejos, muy
lejos –no saben si volverán-, pues la luz que así les guía siempre invita a ir
más allá. Atravesando desiertos se han visto a los pies de un Niño cuyo llanto
es su paz. Vienen de lejos, muy lejos...no saben si volverán, pues la risa de
este Niño cautiva todo mirar. Afrontan con fortaleza todas las dificultades del
camino. Siguen, a pesar de todo. Y llegan al portal. Tienen que apearse de sus
camellos. Tienen que hacerse pequeños para entrar. Tienen que ensuciarse un
poco de barro. Pero encuentran el tesoro, que es Jesús. Y de los ojos del
recién nacido salieron unos rayos de luz y entraron en el alma de estos reyes.
¡Era el inicio de su fe! Y la fe la acompañaron con la generosidad. ¡Y qué
generosidad! Oro, incienso y mirra.
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