martes, 31 de octubre de 2017

Marcapasos

Completarnos como personas, para realizarnos perfectamente como cristianos necesitamos así: necesitamos que la noche nos haga extrañar el día, y que luego la fatiga del día nos haga extrañar el descanso de la noche.
 La vida cristiana es una vida que requiere ritmo, como el corazón humano: el corazón no está solamente apretado o estrujado, así no bombearía; pero tampoco está sólo distendido, así tampoco bombearía.
La sangre se mueve porque el corazón se estrecha y se ensancha. Y si uno quisiera mandarle al corazón: "Bueno, quédate sólo estrecho", eso se llama un infarto; y si uno quisiera decirle al corazón: "Quédate sólo distendido", ese es otro infarto.
Para que la vida no tenga infarto, para que la vida tenga ritmo, para que la vida camine, y para que camine según Dios, es necesario que palpite. Lo que sucede es que uno a veces quiere infartar la vida, porque uno quisiera, por ejemplo, que el corazón estuviera sólo distendido, pero resulta que si todo fuera así, consolación, entonces faltaría ese impulso que hace caminar la sangre.
Claro que si todo fuera preocupación, faltaría ese descanso que nos permite tomar respiro para avanzar.
Se nos invita a pensar en una vida con ritmo, pero lo importante es que ese ritmo se lo da la vida misma.
Viene mi invitación a estar sintonizados con el ritmo de Dios. Después del pecado ya el corazón humano no palpita a la velocidad que debe; necesita una ayuda. Cuando el órgano del corazón necesita ayuda, le ponen un aparatico que llaman "marcapasos", que ayuda a controlar precisamente que no se acelere pero que tampoco se detenga.
Puede decirse que el cristiano es un ser humano con "marcapasos", que tiene esa ayuda de la gracia y que tiene ese paso del Espíritu para acompasar su corazón al ritmo de Dios. No soy yo el que le tengo que poner el ritmo a Dios, sino es Dios, en la unción de su Espíritu, el que le da el ritmo a mi vida.
Un cristiano es un ser muy hermoso, es un ser muy sabio, es un ser indestructible, es un ser victorioso. Porque cuando llega la tribulación, él no siente que lo están aplastando sino que ha llegado el momento de bombear la sangre; y cuando llega el descanso, él no siente que "ahora llegó el tiempo de mi triunfo"; sino siente que es "el 

sábado, 28 de octubre de 2017

Alabad

 "Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos" Jeremías 20,13. Hay la experiencia de ser oprimido, pero también hay la experiencia de la liberación.
Lo mismo sucede en la Carta a los Romanos: hay la experiencia de la culpa, del pecado, de la muerte, pero hay la experiencia de la gracia. Y estas palabras de San Pablo son de muchísimo consuelo para nosotros: "No hay proporción entre la culpa y el don" Carta a los Romanos 5,15.
A nosotros nos parece que el pecado, que la maldad, a veces rebasa todo límite. "¿Cómo es posible que esto pase en mi país? ¿Cómo es posible que esto pase en mi familia? ¿Cómo es posible que esto pase en la humanidad? ¿Cómo es posible?"
Nosotros vemos inmensa la culpa, pero San Pablo nos dice que hay algo todavía más grande que esa montaña que a nosotros nos parece gigantesca: "No hay proporción entre la culpa y el don. Si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos" Carta a los Romanos 5,15.
De manera que ser cristiano, no es tapar los ojos frente a la realidad del mal. Hay mal en nuestras vidas. Somos incoherentes, todos. Somos pecadores, todos. Hay problemas en todas las familias, en todas las culturas, en todos los países.
Hay culpa, hay pecado, nos desanimamos, sentimos lo de Jeremías: "¡Pavor en torno!" Jeremías 20,10. "¿A dónde voy a mirar?" Mas, "no hay proporción entre la culpa y el don" Carta a los Romanos 5,15.

Luego, existe algo más grande que todo ese tamaño de culpa, de problema. ¡Hay algo maravilloso! Y eso maravilloso es el don, es el regalo, es la gracia de Dios.

Experiencia

La Biblia es un libro supremamente realista; no es un libro de fantasías ni de imaginaciones. Es un libro que nos habla claramente, de los momentos duros de la vida y de las cosas desagradables, dolorosas, que uno puede encontrar en este camino.
Esa experiencia del profeta Jeremías, cuántas personas se la podrían apropiar: "Oigo el cuchicheo de la gente. ¡Pavor en torno!" Jeremías 20,10. Se siente angustiado, se siente amenazado, se siente perseguido.
Es una experiencia casi enloquecedora la que vive Jeremías, especialmente, porque él ha intercedido, él ha rogado por sus enemigos, pero sus oraciones no han recibido más respuesta que las burlas. Siente su fe fracturada, siente dolor en su alma.
 La Carta de San Pablo a los Romanos. Aparecen otras experiencias tenebrosas. Por ejemplo, nos dice: "La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán" Carta a los Romanos 5,14.
¡La muerte que reina! El Papa, en estos días, habla con frecuencia y denuncia la cultura de la muerte: centenares de miles de abortos, muertos por hambre, muertos en la guerra, muertos por desesperación. Casi pareciera que estuviéramos dando culto a la diosa de la muerte.
¡Esa experiencia de maldad, esa experiencia de la culpa, esa experiencia del pecado! "Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado, la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque pecaron" Carta a los Romanos 5,12.
La Biblia conoce esa realidad. No la esquiva. Por tanto, las palabras de Jesús no son palabras en el vacío. Cuando Él dice: "No tengáis miedo" San Mateo 10,31, es porque hay razones para tener miedo.

Hemos escuchado a Jeremías quejarse; hemos escuchado el corazón oprimido de Jeremías. Pero la lectura termina con un canto de esperanza.