No es fácil entregarle el control de la vida a Dios. Seguramente
necesitamos un encuentro con la vida que trae Jesús Resucitado; necesitamos un
encuentro con el Resucitado, para poder entregar el control de nuestra vida a
Dios. Todos nuestros sufrimientos, parece que tienen su fuente en eso: nos hace
falta entregar el control de nuestra vida a Dios.
"Yo confío en lo que tú resuelvas de mí, Señor; yo creo que
tú no me vas a defraudar; yo me apoyo en ti; yo te doy autorización para que tú
obres en mí según tu voluntad".
No es solamente admitir que existe Dios, no es solamente admitir
que existe Cristo o admitir que Cristo es Dios. Es admitir que Él es mi Señor,
que tiene poder en mí y que puede disponer de mí.
En Cristo y en nosotros hay algo que se parece y es la palabra
“confianza”; ese Cristo que está en la
barca en medio de la tormenta, es el Cristo que confía profundamente, y por eso
su reproche a los discípulos: “¿ustedes no tienen esa clase de confianza?” Mc
4,40, una pregunta que también tenemos que hacernos nosotros, porque en esa
confianza está el comienzo de una verdadera y madura fe, la certeza de que Dios
más allá de toda tormenta me sostiene, me cuida y me guía.
Dios es el Señor del tiempo
y Dios maneja el tiempo, Dios gobierna el tiempo, y eso significa que a veces
posterga su respuesta, porque en ese aplazamiento quiere que suceda algo
adentro de nosotros. Lo más importante no son las cosas que nosotros recibimos
o las cosas que nosotros pedimos; lo más importante es lo que sucede adentro de
nosotros, a medida que Dios nos va conduciendo y nos va cambiando.
Lo maravilloso es lo que Él hace con nosotros, las personas que
llegamos a ser cuando Él obra en nosotros.
Demosle gracias por esa providencia, porque Dios, como Señor del
tiempo, de todo dispone y en particular, dispone del tiempo.
A Él la gloria y el honor
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