La fe efectivamente no
proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del
Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna
manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de
los Apóstoles.
Cuando es el hombre, como Pedro, un traidor, el que me confirma a
mí en la fe, todo mi orgullo, toda mi suficiencia cae por tierra; cuando es un
perseguidor el que se convierte en gran Apóstol de Cristo, mis mediocridades me
hacen enrojecer.
Cuando es un incrédulo como Tomás, el que llega a ser ese gran
testigo del amor de Dios, entonces todo mi racionalismo y todas mis
desconfianzas, ruedan por tierra. ¿Por qué quiso Cristo que la fe llegara al
mismo tiempo y sin separación del Espíritu Santo y de los Apóstoles?
Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros
no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa
predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos,
somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad,
al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados
como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el
estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos,
para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos,
nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace
vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y
alcance su plenitud.
El profeta Isaías, en una
palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías,
hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no
apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto
sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los
otros".
Es tanto lo que revela el
Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta
escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa
Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado
original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz
culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del
pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan
bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para
repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo
comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición
española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que
el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede,
que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que
ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último
pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de
Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en
ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran
luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa
persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos
corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el
evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26,
presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven
acá, mira mis manos" San Juan 20,27;
no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar
las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas
que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más
grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando,
no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice
Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en
la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las
cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están
diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27,
"así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera
que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres
mi Señor" Juan 20,28,
porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo,
porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia
sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi
Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo
el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de
nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros
llevemos este testimonio a todas partes.