viernes, 7 de junio de 2019

Convictos

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Cuando es el hombre, como Pedro, un traidor, el que me confirma a mí en la fe, todo mi orgullo, toda mi suficiencia cae por tierra; cuando es un perseguidor el que se convierte en gran Apóstol de Cristo, mis mediocridades me hacen enrojecer.
Cuando es un incrédulo como Tomás, el que llega a ser ese gran testigo del amor de Dios, entonces todo mi racionalismo y todas mis desconfianzas, ruedan por tierra. ¿Por qué quiso Cristo que la fe llegara al mismo tiempo y sin separación del Espíritu Santo y de los Apóstoles?
Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.


Firmesa


Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida no encontrará su cimiento mientras esté parada sobre mentiras, sobre engaños, sobre ignorancias, sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre. Como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento.
El que vive en el pecado no puede encontrar cimiento porque aunque sea pecador, no deja de ser criatura y no deja de ser obra de Dios.  Por consiguiente, el que vive en pecado, cuando intenta, cuando procura entrar en sí mismo, lo único que halla es confusión y tinieblas.
Porque el fondo de su corazón, el fondo de su existencia sigue dependiendo de Dios, es que la dependencia de Dios nunca, nunca cesa, porque Dios nunca deja de ser el Señor.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece, también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las cosas. Colosenses 1,16
Mientras Cristo, no es el dueño de nuestra voluntad, hay una espesa zona de tinieblas que se cierne sobre lo profundo del alma; y mientras tal cosa sucede es imposible que la vida adquiera firmeza, porque es como si los pies fueran por un lado, por un camino y la cabeza quisiera ir por otro camino.
Sólo en Cristo encuentra firmeza nuestra vida. 
“Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” Carta a los Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya habíamos comentado.
Pero que estemos cimentados sobre los Apóstoles y los Profetas, en el fondo último está Cristo, pero que nosotros dependamos de hombres, pecadores como nosotros, decía San Agustín que una de las pruebas de la verdad de la Escritura, es que no quiso callar los pecados, las mediocridades, las debilidades de los Apóstoles.
Ahí aparece Pedro con toda su traición a cuestas, claro, con todo su arrepentimiento y con toda la gracia de Dios que lo levanta; pero ahí está con su traición, y ahí está Pablo, que cuando escribe tiene que decir: “Indigno soy del nombre de Apóstol, porque fui furioso perseguidor de la Iglesia de Dios" 1 Corintios 15,9.
Ahí está Pablo con toda su persecución y su celo mal encaminado; y ahí está Tomás con toda su incredulidad a cuestas. Él creía ser más crítico, más maduro, él creía ser más escéptico, más adulto y tuvo que bajarse de su incredulidad para postrarse a decir: “Señor mío y Dios mío" San Juan 20,28.



Acogeos


 Criterios particulares y relativos, respecto a otro que, es universal y absoluto, el del señorío de Cristo. Reflexionamos cómo lo formula el Apóstol:  «El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 6-9).Cada uno es invitado a examinarse a sí mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el señorío de Cristo, su gloria, su interés, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de la propia inclinación psicológica .«Que todos se sometan a las autoridades constituidas, no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí» (Rom 13,1-2).
Dios. Escuchemos como dirigida a la Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7).