Criterios particulares y relativos,
respecto a otro que, es universal y absoluto, el del señorío de
Cristo. Reflexionamos cómo lo formula el Apóstol:
«El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor;
el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive
para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor;
si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del
Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y
vivos» (Rom 14, 6-9).Cada uno es invitado a examinarse a sí
mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el
señorío de Cristo, su gloria, su interés, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es
de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de
la propia inclinación psicológica .«Que todos se sometan a las
autoridades constituidas, no hay autoridad que no provenga de Dios y las
que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la
autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la
condena sobre sí» (Rom 13,1-2).
Dios. Escuchemos como dirigida a la
Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la
comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria
de Dios» (Rom 15,7).
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