Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y
sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida no encontrará su
cimiento mientras esté parada sobre mentiras, sobre engaños, sobre ignorancias,
sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina
luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre. Como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de
nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida
encuentra cimiento.
El que vive en el pecado no puede encontrar cimiento porque aunque
sea pecador, no deja de ser criatura y no deja de ser obra de Dios. Por
consiguiente, el que vive en pecado, cuando intenta, cuando procura entrar en
sí mismo, lo único que halla es confusión y tinieblas.
Porque el fondo de su corazón, el fondo de su existencia sigue
dependiendo de Dios, es que la dependencia de Dios nunca, nunca cesa, porque
Dios nunca deja de ser el Señor.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece,
también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por
consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma,
lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el
designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y
para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por
Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las
cosas. Colosenses
1,16
Mientras Cristo, no es el dueño de nuestra voluntad, hay una
espesa zona de tinieblas que se cierne sobre lo profundo del alma; y mientras
tal cosa sucede es imposible que la vida adquiera firmeza, porque es como si
los pies fueran por un lado, por un camino y la cabeza quisiera ir por otro
camino.
Sólo en Cristo encuentra firmeza nuestra vida.
“Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y
profetas” Carta a los
Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya
habíamos comentado.
Pero que estemos cimentados sobre los Apóstoles y los Profetas, en el fondo último está Cristo, pero que nosotros dependamos de
hombres, pecadores como nosotros, decía San Agustín que una de las pruebas de
la verdad de la Escritura, es que no quiso callar los pecados, las
mediocridades, las debilidades de los Apóstoles.
Ahí aparece Pedro con toda su traición a cuestas, claro, con todo
su arrepentimiento y con toda la gracia de Dios que lo levanta; pero ahí está
con su traición, y ahí está Pablo, que cuando escribe tiene que decir: “Indigno
soy del nombre de Apóstol, porque fui furioso perseguidor de la Iglesia de
Dios" 1 Corintios
15,9.
Ahí está Pablo con toda su persecución y su celo mal encaminado; y
ahí está Tomás con toda su incredulidad a cuestas. Él creía ser más crítico,
más maduro, él creía ser más escéptico, más adulto y tuvo que bajarse de su
incredulidad para postrarse a decir: “Señor mío y Dios mío" San Juan 20,28.
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