En cuanto a la pregunta: «¿Quien es Dios?», ninguno de los maestros
que han existido lo han podido explicar, porque él está por encima de todo
pensamiento y de toda comprensión. Y, sin embargo, un hombre celoso que
busca asiduamente algún conocimiento de Dios llegar a conocer algo de él
aunque de manera muy alejada... Por eso, en otro tiempo, algunos maestros
paganos virtuosos lo han buscado, en particular el sabio Aristóteles.
Escudriñó el curso de la naturaleza...; lo buscó ardorosamente y lo
encontró. Del estudio de la naturaleza dedujo que necesariamente debía
haber un único soberano, señor de todas las criaturas, y es el ser que
nosotros llamamos Dios...
El ser de Dios es una sustancia de tal manera espiritual que el ojo
mortal no puede contemplarle en sí mismo, pero le puede ver en sus obras;
según dice San Pablo, las criaturas son un espejo que refleja la existencia
de Dios (Rm 1,20). Quedémonos ahí un instante...; mira encima de ti y
alrededor de ti, y ves el cielo cuán amplio y cuán alto es en su recorrido,
con qué nobleza su Amo lo ha adornado con siete planetas, y cómo lo ha
ornado con una muchedumbre innumerable de estrellas. Cuando en verano el
sol brilla gozosamente y sin nubes ¡cuántos frutos y cuántos beneficios
aporta a la tierra! Cómo los prados son de un verde bello, y cómo son
alegres las flores, cómo resuena en el bosque y en los campos el dulce
canto de los pequeños pájaros, y todos los animales que se habían escondido
durante el duro invierno salen de sus escondrijos y se alegran; cómo los
hombres, tanto jóvenes como viejos, se alegran con el gozo que les
proporciona ver tantos beneficios. ¡Oh ternura de Dios, si eres de tal
manera digno de ser amado en tus criaturas, cuán bello y digno de ser amado
debes ser en ti mismo!(Juan 6,22-29)
San Justino (hacia 100-160), filósofo, mártir
Primera Apología 67.66; PG 6, 427-431
« El verdadero pan del cielo »: en el siglo II, una de las primeras descripciones de la Eucaristía fuera del Nuevo Testamento
El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que
habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se
leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el
tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se
encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas
admirables. Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a
continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae
pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y
acciones de gracias, y el pueblo responde «¡Amén!», una palabra hebrea que
significa: «Así sea». A este alimento le llamamos
eucaristía, y a nadie le es lícito participar de ella si no cree que son
verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da
la remisión de los pecados y la regeneración. Porque no tomamos estos
alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así
como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tomó
carne y sangre para nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido
que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene
las mismas palabras de Jesús, y destinado a ser alimento de nuestra carne y
nuestra sangre para transformarnos, este alimento es la carne y la sangre
de Jesús encarnado: esta es nuestra doctrina. Los apóstoles, en efecto, en
sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado,
cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: «Haced esto en memoria
mía. Esto es mi cuerpo»; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el
cáliz, dio gracias y dijo: «Esto es mi sangre», dándoselo a ellos solos.
(Mt 26,26s;1Co 11,23s)... Y nos reunimos todos el día del sol, primero
porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar
sobre las tinieblas y sobre la materia; y también porque es el día en que
Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos.
lunes, 26 de abril de 2010
domingo, 25 de abril de 2010
DONACIÓN
Los profetas eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los implicaba completamente, como un incontenible “fuego ardiente” en el corazón ( Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre ( Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de que todos se salven. San Juan Bautista, con una vida enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que dos de sus discípulos “oyéndole decir esto, siguieron a Jesús” (Jn 1, 37). La vocación de San Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías que quiere decir Cristo y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45). La iniciativa libre y gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio, fidelidad a la misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios. De toda vocación elemento fundamental a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios.El “ser humano de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo “visto” personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él. El don total de sí mismo a Dios. Escribe San Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Manifiesta aquí la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre ( Jn 13, 3-15). Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35).
Testimonio
Como en cada época también , los jóvenes de hoy quieren ser ellos mismos desean afirmar su propia identidad ,buscan razones para vivir. Si han sido motivados de un modo adecuado , son capaces de vivir con generosidad, solidaridad ,y dedicación. ¡Cuántos cambios se han realizado en la vida de los jóvenes! ¡Cuántos descubrimientos importantes han hecho! El descubrimiento de Cristo: Camino, Verdad y Vida; el descubrimiento de la Iglesia como madre y maestra, el lugar del redescubrimiento de una religiosidad que no está en contraste con el ser joven. ¡Cuántas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa! Hay quienes afirman que en el mundo de los jóvenes se está produciendo una "revolución silenciosa", ha encontrado su rostro joven, el rostro del entusiasmo y de una audacia renovada. La Juventud de hoy es la fascinante historia del nacimiento de una nueva generación de jóvenes,los jóvenes que hoy con igual entusiasmo siguen a Benedicto XVI. Son jóvenes del "sí" a Cristo y de la adhesión convencida a la Iglesia .En cada nueva GENERACIÓN hay un "secreto" sorprendente que revelá al mundo un rostro completamente inesperado, no sólo de la Iglesia sino de los mismos jóvenes de hoy. La Juventud es un don que sigue sorprendiendo dentro y fuera de la Iglesia. Es una fotografía muy diversa a la que nos han puesto como estereotipo los medios de comunicación, una juventud sedienta de valores y en búsqueda del significado más profundo de la vida. Dejándose a las espaldas ideologías de diversas connotaciones y falsos maestros que presentan ilusiones de una felicidad rebajada, estos jóvenes buscan una respuesta a las preguntas fundamentales sobre la vida, y la buscan en Cristo y la Iglesia. En los últimos años, se ha convertido en un poderoso instrumento la evangelización del mundo de los jóvenes y el diálogo con las jóvenes generaciones,la Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, y los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. La Juventud es una gran celebración , la epifanía de una Iglesia que no envejece, que es siempre joven, porque Cristo es siempre joven y joven para siempre es su Evangelio. La epifanía de una Iglesia que, suscitando estupor, encuentra una y otra vez su extraordinario poder de atracción e integración en relación con las generaciones más jóvenes. La formación de la Juventud no sólo implica a los jóvenes, sino a todo el pueblo de Dios que constantemente necesita ser estimulado y fortalecido por el entusiasmo e impulso de su fe joven. De esta manera emprendamos con más fuerza el camino de la preciosa herencia espiritual que nos ha legado el venerable siervo de Dios Juan Pablo II ,testigo, maestro de la Fe, es verdaderamente un don providencial del Espíritu para toda la Iglesia, un soplo de esperanza y un confirmar la sed que se tiene de la Palabra de Dios.
lunes, 19 de abril de 2010
Marcos 16,15
La Iglesia es en Cristo un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.Nuestros tiempos añaden a la Iglesia una mayor urgencia, para que todos los seres humanos, unidos hoy más íntimamente con toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo. El Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en El antes de la creación del mundo, y nos predestinó a la adopción de hijos, porque en El se complació restaurar todas las cosas ( Ef., 1,4-5, 10). Cristo, pues, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio, y efectuó la redención con su obediencia. La Iglesia, o reino de Cristo, presente ya en el misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios. Comienzo y expansión manifestada de nuevo tanto por la sangre y el agua que manan del costado abierto de Cristo crucificado ( Jn., 19,34), como por las palabras de Cristo alusivas a su muerte en la cruz: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí" (Jn., 12,32). Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado ( 1Cor., 5,7), se efectúa la obra de nuestra redención. En el sacramento del pan eucarístico se representa y se produce la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo ( 1Cor., 10,17). Todos los SERES HUMANOS somos llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos. La obra, que el Padre confió el Hijo en la tierra ( Jn., 17,4), fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu ( Ef., 2,18). El es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna ( Jn., 4,14; 7,38-39), por quien vivifica el Padre a todos los SERES HUMANOS muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales ( Rom., 8-10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Cor., 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos ( Gal., 4,6; Rom., 8,15-16,26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia ( Ef., 4, 11-12; 1Cor., 12-4; Gal., 5,22), a la que guía hacía toda verdad (Jn., 16,13) y unifica en comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Así se manifiesta toda la Iglesia como "una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Discípulos
Dios llama a los seres humanos a servirle en espíritu y en verdad, y por eso quedamos obligados en conciencia, pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que El mismo ha creado, que debe regirse por su propia determinación y gozar de libertad. Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús, en quien Dios se manifestó perfectamente a sí mismo y descubrió sus caminos. Cristo, que es Maestro y Señor nuestro , manso y humilde de corazón , atrajo pacientemente e invitó a los discípulos Es verdad que apoyó y confirmó su predicación con milagros, para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para ejercer coacción sobre ellos . Reprobó ciertamente la incredulidad de los que le oían, pero dejando a Dios el castigo para el día del juicio . Al enviar a los Discípulos al mundo les dijo: "El que creyere y fuere bautizado se salvará; más el que no creyere se condenará" (Mc., 16, 16). El, sabiendo que se había sembrado cizaña juntamente con el trigo, mandó que los dejaran crecer a ambos hasta el tiempo de la siega, que se efectuará al fin del mundo . Renunciando a ser Mesías político y dominador por la fuerza , prefirió llamarse Hijo del Hombre, que ha venido "a servir y dar su vida para redención de muchos" (Mc., 10, 45). Se manifestó como perfecto Siervo de Dios, que "no rompe la caña quebrada y no extingue la mecha humeante" (Mt., 12, 20). Reconoció la autoridad civil y sus derechos, mandando pagar el tributo al César, pero avisó claramente que había que guardar los derechos superiores de Dios: "dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mt., 22, 21). Finalmente, al consumar en la cruz la obra de la redención, para adquirir la salvación y la verdadera libertad de los hombres, completó su revelación. Dio testimonio de la verdad , pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino no se defiende a golpes , sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole oído, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae a los hombres a Sí mismo.
Los Discípulos, enseñados por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios . Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, "que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim., 2, 4); pero al mismo tiempo respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo "cada cual dará a Dios cuenta de sí" (Rom., 14, 12) , debiendo obedecer entretanto a su conciencia. Lo mismo que Cristo, los Apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, "la palabra de Dios con confianza" (Hech., 4, 31) . Pues creían con fe firme que el Evangelio mismo era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree . Despreciando, pues, todas "las armas de la carne" , y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los Apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: "no hay autoridad que no provenga de Dios", enseña el Apóstol, que en consecuencia manda: "toda persona esté sometida a las potestades superiores...; quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios" (Rom., 13, 1-2) . Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech., 5, 29) . Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.
Los Discípulos, enseñados por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios . Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, "que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim., 2, 4); pero al mismo tiempo respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo "cada cual dará a Dios cuenta de sí" (Rom., 14, 12) , debiendo obedecer entretanto a su conciencia. Lo mismo que Cristo, los Apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, "la palabra de Dios con confianza" (Hech., 4, 31) . Pues creían con fe firme que el Evangelio mismo era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree . Despreciando, pues, todas "las armas de la carne" , y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los Apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: "no hay autoridad que no provenga de Dios", enseña el Apóstol, que en consecuencia manda: "toda persona esté sometida a las potestades superiores...; quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios" (Rom., 13, 1-2) . Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech., 5, 29) . Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.
Esperanza
San Agustín describe , de modo muy preciso y siempre válido, la situación esencial del ser humano, la situación de la que provienen todas sus contradicciones y sus esperanzas. Deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados. No podemos dejar de tender a ello y, sin embargo, sabemos que todo lo que podemos experimentar o realizar no es lo que deseamos. Esta realidad desconocida es la verdadera esperanza que nos empuja , que todos los intentos de representarla han impulsado a muchos a vivir basándose en la Fe y, al mismo tiempo, su desconocimiento es la causa de todas las desesperaciones, así como también de todos los impulsos positivos o destructivos hacia el mundo auténtico y el auténtico SER HUMANO. La expresión vida eterna trata de dar un nombre a esta desconocida realidad . Lo eterno suscita en nosotros la idea de lo interminable, vida nos hace pensar en la vida que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es con frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado la deseamos, por otro no la queremos. Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo el antes y el después ya no existe.
miércoles, 7 de abril de 2010
Promesa Bautismal

El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transformación desde el criterio del sueño de Dios, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad , en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios. Dios quiere realizar en su pueblo. Esa alianza de paz, que permanecerá para siempre, es un compromiso divino sin una fecha de caducidad. Los hombres no merecen este pacto y por ello se trata de un único don de Dios, simplemente porque Él ama a los hombres.
"Los multiplicaré ..." ( Ez 37, 26b)
"En medio de ellos estaré para siempre ..." ( Ez 37, 28)
"Seré su Dios y ellos serán mi pueblo" ( Ez 37, 23b; 27b)
La primera promesa recuerda la exhortación de Dios en el libro del Génesis a la fecundidad ( Gen 1, 28; 9, 1), pero en el crecimiento de su pueblo pone el acento en la participación divina. La fecundidad del amor, que puede asumir varias formas, pero que es siempre un don de Dios. Ezequiel está plenamente convencido de que Dios es el Señor de la vida ( Ez 18, 4), en la primera parte de este mismo capítulo treinta y siete, se trasluce la vocación del ser humano para la vida eterna ( Ez 37, 5).
La segunda promesa proclama la futura morada de Dios en medio de su pueblo. Es la visión del nuevo templo que estará en medio del país ( Ez 40-44). Dios para los suyos estará presente y será siempre disponible. Esto significa que el hombre puede dirigirse directamente a Él, especialmente en los momentos decisivos de su vida, como son la elección del estado de vida, la elección de una profesión o la elección de la pareja. Muchos buscan otros consejeros y se olvidan del verdadero maestro de la vida y de la "escuela del amor".
La tercera promesa la llamada "Fórmula de la Alianza" recuerda en la primera parte - "Yo seré tu Dios" el primer mandamiento del decálogo ( Ex 20, 2; Dt 5, 6) y al mismo tiempo confirma la singular elección de su pueblo "Ellos serán mi pueblo" ( Jr 30, 22). Sabemos que muchos aspiran a otros "dioses", como la riqueza material o la imagen pública, tantas relaciones sociales, de amistad.
No nos olvidemos nunca de que Dios es el Dios de la vida. No te cierres ante sus promesas y a su proyecto de vida para cada uno de nosotros. No te olvides en tus decisiones de que Dios ha puesto su morada en medio de los seres humanos, de que Él está cerca de nosotros. ¡Déjate aconsejar por Él y dale a sus palabras a veces silenciosas un gran crédito más que a las palabras groseras del mundo! Dios es el primer testigo y el permanente compañero del amor . Dios no es una molestia o una especie de intromisión en la vida c, sino que ofrece a este gran proyecto una orientación clara y una fuerte estabilidad.
Esta apertura a Dios y referencia continua a Él vale no sólo para la vida familiar de los cristianos, sino también para cada "verdadera" relación interpersonal.
Sabemos que el proyecto de amor de Dios no es fácil, pero al mismo tiempo sabemos que poseemos las promesas divinas, es decir la promesa de su cercanía y de su consuelo, anunciadas por Ezequiel, y realizadas en el Hijo de Dios Jesucristo
En Jesucristo, el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada ... En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical ... Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar"
Anhelo del ser humano

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1, 1). Esta célebre afirmación, con la que comienzan las Confesiones de san Agustín, expresa eficazmente la necesidad insuprimible que impulsa al ser humano a buscar el rostro de Dios. Es una experiencia atestiguada por las diversas tradiciones religiosas. «Ya desde la antigüedad y hasta el momento actual, se encuentra en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que está presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la suma divinidad e incluso del Padre» .
En realidad, muchas plegarias de la literatura religiosa universal manifiestan la convicción de que el Ser supremo puede ser percibido e invocado como un padre, al que se llega a través de la experiencia de la solicitud amorosa del padre terreno. Precisamente esta relación ha suscitado en algunas corrientes del ateísmo contemporáneo, la sospecha de que la idea misma de Dios es la proyección de la imagen paterna. Esa sospecha, en realidad, es infundada.
Sin embargo, es verdad que, partiendo de su experiencia, el hombre siente la tentación de imaginar a la divinidad con rasgos antropomórficos que reflejan demasiado el mundo humano. Así, la búsqueda de Dios se realiza «a tientas», como dijo san Pablo en el discurso a los atenienses ( Hch 17, 27). Es preciso tener presente este claroscuro de la experiencia religiosa, conscientes de que sólo la revelación plena, en la que Dios mismo se manifiesta, puede disipar las sombras y los equívocos y hacer que resplandezca la luz.
A ejemplo de San Pablo, en el discurso a los atenienses sobre el origen divino del hombre ( Hch 17, 28), la Iglesia mira con respeto los intentos que las diferentes religiones realizan para percibir el rostro de Dios, distinguiendo en sus creencias lo que es aceptable de lo que es incompatible con la revelación cristiana.
Se debe considerar como intuición religiosa positiva la percepción de Dios como Padre universal del mundo y de los seres humanos.
En las sociedades antiguas, la idea de un padre divino, dispuesto al don generoso de la vida y pródigo para proporcionar los bienes necesarios para la existencia, pero también severo y castigador, y no siempre por una razón evidente, se vincula a la institución del patriarcado y transfiere su concepción más habitual al plano religioso.
Desde que Jesús vino al mundo, la búsqueda del rostro de Dios Padre ha asumido una dimensión aún más significativa. En su enseñanza, Jesús, fundándose en su propia experiencia de Hijo, confirmó la concepción de Dios como padre, ya esbozada en el Antiguo Testamento; más aún, la destacó constantemente, viviéndola de modo íntimo e inefable y proponiéndola como proyecto de vida para quien quiera obtener la salvación.
Sobre todo Jesús se sitúa de un modo absolutamente único en relación con la paternidad divina, manifestándose como «hijo» y ofreciéndose como el único camino para llegar al Padre. A Felipe, que le pide: «Muéstranos al Padre y esto nos basta» (Jn 14, 8), le responde que conocerlo a él significa conocer al Padre, porque el Padre obra por él (Jn 14, 8-11). Así pues, quien quiere encontrar al Padre necesita creer en el Hijo: mediante él Dios no se limita a asegurarnos una pródiga asistencia paterna, sino que comunica su misma vida, haciéndonos «hijos en el Hijo». Es lo que subraya con emoción y gratitud el apóstol san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡lo somos!» (1Jn 3,1)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)