
El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transformación desde el criterio del sueño de Dios, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad , en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios. Dios quiere realizar en su pueblo. Esa alianza de paz, que permanecerá para siempre, es un compromiso divino sin una fecha de caducidad. Los hombres no merecen este pacto y por ello se trata de un único don de Dios, simplemente porque Él ama a los hombres.
"Los multiplicaré ..." ( Ez 37, 26b)
"En medio de ellos estaré para siempre ..." ( Ez 37, 28)
"Seré su Dios y ellos serán mi pueblo" ( Ez 37, 23b; 27b)
La primera promesa recuerda la exhortación de Dios en el libro del Génesis a la fecundidad ( Gen 1, 28; 9, 1), pero en el crecimiento de su pueblo pone el acento en la participación divina. La fecundidad del amor, que puede asumir varias formas, pero que es siempre un don de Dios. Ezequiel está plenamente convencido de que Dios es el Señor de la vida ( Ez 18, 4), en la primera parte de este mismo capítulo treinta y siete, se trasluce la vocación del ser humano para la vida eterna ( Ez 37, 5).
La segunda promesa proclama la futura morada de Dios en medio de su pueblo. Es la visión del nuevo templo que estará en medio del país ( Ez 40-44). Dios para los suyos estará presente y será siempre disponible. Esto significa que el hombre puede dirigirse directamente a Él, especialmente en los momentos decisivos de su vida, como son la elección del estado de vida, la elección de una profesión o la elección de la pareja. Muchos buscan otros consejeros y se olvidan del verdadero maestro de la vida y de la "escuela del amor".
La tercera promesa la llamada "Fórmula de la Alianza" recuerda en la primera parte - "Yo seré tu Dios" el primer mandamiento del decálogo ( Ex 20, 2; Dt 5, 6) y al mismo tiempo confirma la singular elección de su pueblo "Ellos serán mi pueblo" ( Jr 30, 22). Sabemos que muchos aspiran a otros "dioses", como la riqueza material o la imagen pública, tantas relaciones sociales, de amistad.
No nos olvidemos nunca de que Dios es el Dios de la vida. No te cierres ante sus promesas y a su proyecto de vida para cada uno de nosotros. No te olvides en tus decisiones de que Dios ha puesto su morada en medio de los seres humanos, de que Él está cerca de nosotros. ¡Déjate aconsejar por Él y dale a sus palabras a veces silenciosas un gran crédito más que a las palabras groseras del mundo! Dios es el primer testigo y el permanente compañero del amor . Dios no es una molestia o una especie de intromisión en la vida c, sino que ofrece a este gran proyecto una orientación clara y una fuerte estabilidad.
Esta apertura a Dios y referencia continua a Él vale no sólo para la vida familiar de los cristianos, sino también para cada "verdadera" relación interpersonal.
Sabemos que el proyecto de amor de Dios no es fácil, pero al mismo tiempo sabemos que poseemos las promesas divinas, es decir la promesa de su cercanía y de su consuelo, anunciadas por Ezequiel, y realizadas en el Hijo de Dios Jesucristo
En Jesucristo, el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada ... En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical ... Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar"
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