miércoles, 7 de abril de 2010

Anhelo del ser humano

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«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1, 1). Esta célebre afirmación, con la que comienzan las Confesiones de san Agustín, expresa eficazmente la necesidad insuprimible que impulsa al ser humano a buscar el rostro de Dios. Es una experiencia atestiguada por las diversas tradiciones religiosas. «Ya desde la antigüedad y hasta el momento actual, se encuentra en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que está presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la suma divinidad e incluso del Padre» .
En realidad, muchas plegarias de la literatura religiosa universal manifiestan la convicción de que el Ser supremo puede ser percibido e invocado como un padre, al que se llega a través de la experiencia de la solicitud amorosa del padre terreno. Precisamente esta relación ha suscitado en algunas corrientes del ateísmo contemporáneo, la sospecha de que la idea misma de Dios es la proyección de la imagen paterna. Esa sospecha, en realidad, es infundada.
Sin embargo, es verdad que, partiendo de su experiencia, el hombre siente la tentación de imaginar a la divinidad con rasgos antropomórficos que reflejan demasiado el mundo humano. Así, la búsqueda de Dios se realiza «a tientas», como dijo san Pablo en el discurso a los atenienses ( Hch 17, 27). Es preciso tener presente este claroscuro de la experiencia religiosa, conscientes de que sólo la revelación plena, en la que Dios mismo se manifiesta, puede disipar las sombras y los equívocos y hacer que resplandezca la luz.
A ejemplo de San Pablo, en el discurso a los atenienses sobre el origen divino del hombre ( Hch 17, 28), la Iglesia mira con respeto los intentos que las diferentes religiones realizan para percibir el rostro de Dios, distinguiendo en sus creencias lo que es aceptable de lo que es incompatible con la revelación cristiana.
Se debe considerar como intuición religiosa positiva la percepción de Dios como Padre universal del mundo y de los seres humanos.
En las sociedades antiguas, la idea de un padre divino, dispuesto al don generoso de la vida y pródigo para proporcionar los bienes necesarios para la existencia, pero también severo y castigador, y no siempre por una razón evidente, se vincula a la institución del patriarcado y transfiere su concepción más habitual al plano religioso.
Desde que Jesús vino al mundo, la búsqueda del rostro de Dios Padre ha asumido una dimensión aún más significativa. En su enseñanza, Jesús, fundándose en su propia experiencia de Hijo, confirmó la concepción de Dios como padre, ya esbozada en el Antiguo Testamento; más aún, la destacó constantemente, viviéndola de modo íntimo e inefable y proponiéndola como proyecto de vida para quien quiera obtener la salvación.
Sobre todo Jesús se sitúa de un modo absolutamente único en relación con la paternidad divina, manifestándose como «hijo» y ofreciéndose como el único camino para llegar al Padre. A Felipe, que le pide: «Muéstranos al Padre y esto nos basta» (Jn 14, 8), le responde que conocerlo a él significa conocer al Padre, porque el Padre obra por él (Jn 14, 8-11). Así pues, quien quiere encontrar al Padre necesita creer en el Hijo: mediante él Dios no se limita a asegurarnos una pródiga asistencia paterna, sino que comunica su misma vida, haciéndonos «hijos en el Hijo». Es lo que subraya con emoción y gratitud el apóstol san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡lo somos!» (1Jn 3,1)

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