La promoción de la dignidad humana y del bienestar, asistiendo a los más pobres y a los más débiles, a los marginados y a los mayores, los abandonados y los sufrientes, ayudándolos a todos, porque la dignidad es inherente al ser humano, y no por un motivo distinto al del amor de Cristo que nos empuja ( 2Cor. 5,14). Perseverar en este testimonio positivo y práctico, fieles al mandamiento del Señor y por el bien de nuestros hermanos y hermanas más pequeños. Los fieles a Cristo sigan asistiendo a aquellos que están en necesidad de las comunidades que los rodean, sin distinción de raza, etnia, religión o status social, y con la convicción de que hemos sido creados a la imagen de Dios y que todos merecemos el mismo respeto.
Como don del “amor incondicional” de Dios que da un sentido más profundo a nuestras vidas ( Spe Salvi, 26), la caridad es el primero que experimentamos en la familia. La Palabra de Dios, nos recuerda que la Iglesia, por su proclamación del Evangelio, revela a las familias cristianas su verdadera identidad de acuerdo con el plan de Dios (Verbum Domini, 85). Familias en vuestras diócesis, que son “iglesias domésticas”, son ejemplos del amor mutuo, respeto y apoyo que debe animar las relaciones humanas en todos sus niveles. En la medida en que estos no descuiden la oración, mediten las Escrituras, y participen plenamente en la vida sacramental de la Iglesia, ayudarán a alimentar este “amor incondicional” entre ellos y en la vida de sus parroquias, y serán fuente de una gran bien para la comunidad en general. Muchos de vosotros de los que habéis hablado habéis mencionado los grandes retos que amenazan con minar la unidad, la armonía y la santidad de la familia, y el trabajo que debe hacerse para construir una cultura de respeto al matrimonio y a la vida familiar. Profundizar invita, especialmente a aquellos que se preparan para el alimento en gran medida de la fe y los asistirá para que puedan dar un testimonio de:
“Apóstol por el pensamiento”: cuando sostienes a un amigo que se tambalea, cuando le abres nuevas perspectivas haciéndole descubrir su vocación y sus dones, cuando introduces la esperanza en una vida quebrantada. Si te imitaran muchos, los periódicos tendrían menos suicidios que narrar.
“Apóstol por la convivialidad”. ¿No crees que la correspondencia puede ser también un apostolado? Desde su prisión Pablo, desprovisto de todo medio de comunicación, escribía a una comunidad cristiana. Luego ésta copiaba su carta y la mandaba a otra comunidad. Así Pablo fortalecía y desarrollaba la fe de la Iglesia primitiva. Pon todo tu amor en un sobre; no te queda más que sellarlo y enviarlo.
Las mujeres son apóstoles: María y Salomé que siguieron al Señor y las numerosas mujeres-apóstoles que menciona San Pablo: “Saludad a Trifene y a Trifosa que se han entregado al Señor” (Rm 16,12).
Siempre los niños se han mostrado apóstoles llenos de va[or:
Tarcisio condujo hacia Dios a muchos hombres. Retén esta palabra de Cristo: “No despreciéis a los niños”.
La Iglesia no ha atendido a las militantes feministas de hoy para dar a las mujeres su lugar en la Iglesia. Los apóstoles pusieron en ellas su confianza; San Pablo escribió: “Les recomiendo a Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas, acogedla en el Señor... Porque ella ha protegido a muchas personas, incluso a mí sismo”. (Rm 16,1-2)
¡Se trate de ti o de otro, no dudes! Un pescador como Pedro, un recaudador de impuestos como Mateo llegaron a ser apóstoles:
“Seguidme; yo os haré pescadores de hombres”. Es Dios quien nos hace pescadores de hombres... Que tu corazón sea bastante grande para abrazar en su totalidad el proyecto de evangelización de la Iglesia y para latir a su ritmo.
Interiormente se arriesgaba la vida para llegar a tierras ricas en oro y en especias. Hoy las naciones se matan entre sí para llegar a los yacimientos de petróleo, de hierro, de cobre, de fosfato, de uranio. ¿Pero quién desea ir al país donde sólo se encuentran almas?
Estamos en la época del laicado. Mientras no se hayan movilizado todos los recursos del pueblo de Dios, consciente y activo, nuestra sociedad no será impregnada de todos los elementos del Evangelio.
El secreto de la obra apostólica, en nuestra época es el apostolado de los laicos.
No hay sacerdotes que no hayan salido del Seminario. Tampoco hay apóstoles laicos que no hayan salido de las sesiones de formación. Convéncete.
Si en cada parroquia pudieras formar sólo cinco militantes auténticos, estarían a disposición de tus sucesores y serían para ellos unos colaboradores a toda prueba por treinta o cuarenta años.
“En medio del mundo, sin ser del mundo, pero viviendo para él y actuando con los medios que le son propios”: este es el apóstol de los tiempos modernos.
Como miembros del Cuerpo Místico somos a la vez el cerebro que piensa, los ojos que observan las realidades del mundo, los oídos que escuchan sus quejas y sus necesidades, las espaldas que las cargan, la mano que salva, el pie que pisa el suelo en dirección a los que sufren, el corazón atormentado por el amor y la boca que pronuncia las palabras de consuelo. Es el apóstol que hace presente a la Iglesia hoy en medio del mundo.
No se nota la humilde presencia del apóstol y su acción silenciosa. Pero cuando está ausente, el mundo humano parece vacío y sin vida. ¿Quién se preocupa de la sal del mar, de la luz del sol, del aire que se respira? Y sin embargo, sin ellos, el mundo perecería inmediatamente. ¿Quién pone atención al movimiento del globo terrestre? Pero si se detuviera un instante, se acabaría la existencia humana.
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