martes, 6 de septiembre de 2011

Ciertamente

«Jesús se fue a la montaña para orar»
Toda alma humana es un templo de Dios : eso nos abre una
perspectiva ancha y del todo nueva. La vida de oración de Jesús es la clave
para comprender la oración de la Iglesia. Vemos cómo Cristo ha participado
en el servicio divino, en la liturgia de su pueblo...; ha hecho que la
liturgia de la antigua alianza encontrara su plenitud en la de la nueva
alianza. Pero Jesús no ha tomado, tan sólo, parte en el servicio
divino público prescrito por la ley. En los evangelios encontramos
numerosas referencias a su oración solitaria durante el silencio de la
noche, en las cumbres salvajes de las montañas, en los lugares desiertos.
La vida pública de Jesús ha sido precedida por cuarenta días y cuarenta
noches de oración (Mt 4,12). Antes de escoger a sus doce apóstoles y
enviarlos en misión, se retira a orar en la soledad de la montaña. En el
monte de los Olivos, se preparó para ir hasta el Gólgota. El grito que Él
dirigió al Padre en esta hora, nos revelan –en unas breves palabras que
lucen como estrellas en nuestras horas difíciles - la hora más dolorosa de
su vida en el monte de los Olivos: «Padre, si tú lo quieres, aleja de mí
éste cáliz; pero, que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42).
Estas palabras son como un rayo que, por un instante, nos ilumina la vida
más íntima del alma de Jesús, el misterio insondable de su ser de
hombre-Dios y de su diálogo con el Padre. Este diálogo ha permanecido,
ciertamente, a lo largo de toda su vida, sin interrumpirse jamás.

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