San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia
Itinerario de la mente hacia Dios, cp.7
«Tomó con coraje el camino a Jerusalén»
«Cristo es el camino y la puerta «(Jn 14,6; 10,7), la escala y el
vehículo como propiciatorio colocado sobre el arca y «misterio escondido en
Dios desde tantos siglos»(Mt 13,35).
Quien a este propiciatorio mira, convirtiendo a él por entero el
rostro, y lo mira suspendido en la cruz con sentimientos de fe, esperanza,
caridad, devoción, admiración alegría, honra, alabanza y júbilo, ése
celebra con Él la pascua ( Mc 14,14) , es decir, el tránsito, de suerte
que, en virtud de la vara de la cruz, pasa a través del mar Rojo entrando
de Egipto en el desierto, donde le sea dado gustar el maná escondido y (
Ex 14,16)...
Y en este tránsito, si es perfecto, es necesario que se dejen todas
las operaciones intelectuales, y que el ápice del afecto se traslade todo a
Dios y todo se transforme en Dios. Y esta es experiencia mística y
serenísima, que nadie la conoce, sino quien la recibe, ni nadie la recibe,
sino quien la desea; ni nadie la desea, sino aquel a quien el fuego del
Espíritu Santo lo inflama hasta la médula. Por eso dice el Apóstol que esta
mística sabiduría la reveló el Espíritu Santo (1Co 2,10).
Y si tratas de averiguar cómo sean estas cosas, pregúntalo a la
gracia, pero no a la doctrina; al deseo, pero no al entendimiento; al
gemido de la oración, pero no al estudio de la lección; al esposo, pero no
al maestro; a la tiniebla pero no a la claridad; a Dios, pero no al hombre;
no a la luz, sino al fuego, que inflama totalmente y traslada a Dios con
excesivas unciones y ardentísimos afectos. Fuego que ciertamente, es Dios,
y fuego» cuyo horno está en Jerusalén» (Is 31,9), y que lo encendió Cristo
con el fervor de su ardentísima pasión y lo experimenta, en verdad, aquel
que viene a decir «Mi alma ha deseado el suplicio y mis huesos la muerte».
El que ama está muerto, puede ver a Dios, porque, sin duda alguna, son
verdaderas estas palabras: «No me verá hombre alguno sin morir» (Ex 33,20).
Muramos, pues, y entremos en estas tinieblas, reduzca más a
silencio los cuidados, las concupiscencias y los fantasmas de la
imaginación; pasemos con Cristo crucificado «de este mundo al Padre»( Mc
14,14), a fin de que, manifestándose en nosotros el Padre, digamos con
Felipe: «Esto nos basta» ( Jn 14,8); oigamos con San Pablo: «Te basta mi
gracia»(2Co 12,9); y nos alegremos con David, diciendo: "Mi carne y mi
corazón desfallecen, Dios de mi corazón y herencia mía, por toda la
eternidad». (Sal.72,26).
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