martes, 27 de diciembre de 2011

Los cuatro evangelios

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«El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria..., lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14)

Los cuatro evangelios son los elementos esenciales de la
fe de la Iglesia, y las primicias de los evangelios se
encuentran... en el evangelio de Juan , para hablar de aquello donde
otros hicieron la genealog
ía, comienza por el que no la tiene.
Mateo, escribiendo para los jud
íos que esperan al hijo de Abraham y de
David, dice: " Genealog
ía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham "
(1,1); y Marcos, sabiendo bien lo que escribe, pone: " Principio del
Evangelio " (1,1). El fin del Evangelio la encontramos en Juan: este es "
el Verbo que estaba al principio ", la Palabra de Dios (1,1). Pero
Lucas, también reserva para el que repos
ó en el pecho de Jesús ( Jn 13,25)
los discursos m
ás grandes y más perfectos sobre Jesús. Ninguno de ellos
mostr
ó su divinidad de manera tan absoluto como Juan, que le hace decir:
"Yo soy la luz del mundo ", "Yo soy el camino, la verdad y la vida ", "Yo
soy la resurrecci
ón ", " Yo soy la puerta", "Yo soy el buen pastor " (8,12;
14,6; 11,25; 10,9.11) y, en el Apocalipsis, " Yo soy el alfa y el omega, el
principio y el fin, el primero y el
último " (22,13). Hay que
atreverse a decir que, de todas las Escrituras, los Evangelios son las
primicias y que, entre los evangelios, las primicias son las de Juan, y
nadie lo puede entender si no estuvo recostado en el pecho de Jes
ús y si no
recibi
ó de Jesús a María, como madre (Jn 19,27)... Cuando Jesús le dice a
su madre: " he aqu
í a tu hijo " y no: " he aquí, que este hombre es también
tu hijo ", es como si le dijera: " he aqu
í, a tu hijo a quien diste a luz".
En efecto, quien llega a la perfecci
ón "no vive en él, sino que es Cristo
quien vive en él " (Ga 2,20)... Todav
ía es necesario decir, qué
inteligencia nos hace falta tener, para interpretar dignamente la palabra
depositada en las vasijas de arcilla (2 Co 4,7 )de un lenguaje ordinario,
esta palabra se vuelve audible para los que prestan sus o
ídos, Porque, para interpretar con
exactitud el evangelio de Juan, hay que poder decir en toda verdad: "
Nosotros, tenemos el pensamiento del Cristo, para conocer las gracias que
Dios nos ha concedido " (1 Co 2,16.12).

lunes, 26 de diciembre de 2011

María responde al Ángel: He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra.» Así, anticipa la tercera invocación del Padre Nuestro: «Hágase Señor Tu Voluntad. » Ella responde con un «sí» a la voluntad de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano; María dice «sí» a la voluntad divina, se coloca ante esa voluntad, integra toda su existencia a través de un gran «sí» en la voluntad de Dios y abre así la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva, con su «no» a la voluntad de Dios, habían cerrado esa puerta. «Hágase Señor Tu Voluntad»: María nos invita también a pronunciar ese «sí» que parece a veces tan difícil. Nosotros estamos tentados a preferir nuestra voluntad, pero Ella nos dice: «Sed valientes, decid vosotros, también: « Hágase Señor Tu Voluntad», pues esa es la voluntad del bien. Al principio, puede parecernos un peso casi insoportable, un yugo que no es posible soportar, pero en realidad, la voluntad de Dios no es un peso, la voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y nosotros también podemos atrevernos, con María a abrirle a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo «sí» a su voluntad, teniendo consciencia que Su voluntad es el verdadero bien y que ella nos guía hacia la felicidad verdadera.

Presupone

La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: esta frase de san Pablo adquiría así una hondura del todo nueva. En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón.

Todo eso no tiene nada de sensiblería. Precisamente en la nueva experiencia de la realidad de la humanidad de Jesús se revela el gran misterio de la fe. Francisco amaba a Jesús, al niño, porque en este ser niño se le hizo clara la humildad de Dios. Dios se ha hecho pobre. Su Hijo ha nacido en la pobreza del establo. En el niño Jesús, Dios se ha hecho dependiente, necesitado del amor de personas humanas, a las que ahora puede pedir su amor, nuestro amor. La Navidad se ha convertido hoy en una fiesta de los comercios, cuyas luces destellantes esconden el misterio de la humildad de Dios, que nos invita a la humildad y a la sencillez. Roguemos al Señor que nos ayude a atravesar con la mirada las fachadas deslumbrantes de este tiempo hasta encontrar detrás de ellas al niño en el establo de Belén, para descubrir así la verdadera alegría y la verdadera luz.

Manifestado

Dios se ha manifestado. Lo ha hecho como niño. Precisamente así se contrapone a toda violencia y lleva un mensaje que es paz. En este momento en que el mundo está constantemente amenazado por la violencia en muchos lugares y de diversas maneras; en el que siempre hay de nuevo varas del opresor y túnicas ensangrentadas, clamemos al Señor: Tú, el Dios poderoso, has venido como niño y te has mostrado a nosotros como el que nos ama y mediante el cual el amor vencerá. Y nos has hecho comprender que, junto a ti, debemos ser constructores de paz. Amamos tu ser niño, tu no-violencia, pero sufrimos porque la violencia continúa en el mundo, y por eso también te rogamos: Demuestra tu poder, ¡oh Dios! En este nuestro tiempo, en este mundo nuestro, haz que las varas del opresor, las túnicas llenas de sangre y las botas estrepitosas de los soldados sean arrojadas al fuego, de manera que tu paz venza en este mundo nuestro.

Epifanía la manifestación de Dios y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros. Nacido en un establo en Belén, no en los palacios de los reyes. Cuando Francisco de Asís celebró la Navidad en Greccio, en 1223, con un buey y una mula y un pesebre con paja, se hizo visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad. Francisco de Asís llamó a la Navidad «la fiesta de las fiestas» más que todas las demás solemnidades y la celebró con «inefable fervor». Besaba con gran devoción las imágenes del Niño Jesús y balbuceaba palabras de dulzura como hacen los niños. Para la Iglesia antigua, la fiesta de las fiestas era la Pascua: en la resurrección, Cristo había abatido las puertas de la muerte y, de este modo, había cambiado radicalmente el mundo: había creado para el hombre un lugar en Dios mismo.San Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre.