jueves, 22 de diciembre de 2011

Samuel 1,2,1.4-57.8.

Mi corazón se regocija en el Señor,
tengo la frente erguida gracias a mi Dios.
Mi boca se r
íe de mis enemigos,
porque tu salvaci
ón me ha llenado de alegría.
El arco de los valientes se ha quebrado,
y los vacilantes se ci
ñen de vigor;
los satisfechos se contratan por un pedazo de pan,
y los hambrientos dejan de fatigarse;
la mujer estéril da a luz siete veces,
y la madre de muchos hijos se marchita.
El Se
ñor da la muerte y la vida,
hunde en el Abismo y levanta de él.
El Se
ñor da la pobreza y la riqueza,
humilla y también enaltece.
El levanta del polvo al desvalido
y alza al pobre de la miseria,
para hacerlos sentar con los pr
íncipes
y darles en herencia un trono de gloria;
porque del Se
ñor son las columnas de la tierra
y sobre ellas afianz
ó el mundo.

“En Navidad encontramos la ternura y el amor de Dios que se inclina sobre nuestros límites, sobre nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros”. “Miremos a la gruta de Belén: Dios se abaja hasta ser acostado en un pesebre, que es ya el preludio del abajamiento en la hora de su pasión. El culmen de la historia del amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén

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