domingo, 18 de diciembre de 2011

Testimonio

Agradeciendo el acto de tantos y tantas que me han dado la oportunidad de testimoniar mi vocación de bautizada.como Dama Salesiana desde mi consagración en 1982., miembro de la Obra Pontificia de Propagación de la Fe en la Arquidiócesis de San José, sitúandome en el corazón de la Iglesia y al servicio de los hermanos/as en la misión, contribuyendo a en medio de unas circunstancias más bien adversas . A lo largo de la vida me han preguntado con frecuencia y últimamente más sobre el grado de satisfacción con el que he vivido. Puedo decir en verdad que he sido, soy, con la gracia de Dios espero seguir siendo, inmensamente feliz. Lo cual no implica que en mi vida no haya dolor y dificultades… Mi respuesta ha sido siempre la misma: “Aunque sufro, soy muy feliz”. Sufro por mis propias miserias, pero también sufro en la misma medida en que amo; porque no puedo ser indiferente a los padecimientos de quienes me rodean, ni a la pérdida de sentido en la vida de tantos/as. Es más, no creo en otro tipo de felicidad en esta vida. La felicidad “rosa”, carente de problemas y de preocupaciones, no sólo no es cristiana sino que, simplemente, “no es”.
Es posible que resulte más fácil entender la felicidad en otro tipo de contextos sociales, como es el caso de los misioneros, quienes ordinariamente podemos “tocar” los frutos de entrega generosa, y donación. Me atrevo a decir que sería una tentación y un error identificar la felicidad con el éxito social.La Madre Teresa de Calcuta repetía con frecuencia: “A mí Dios no me ha pedido que tenga éxito; me ha pedido que sea fiel”. El camino de la felicidad, pasa necesariamente por el de la fidelidad. La felicidad sin fidelidad es un espejismo, una mentira. No existe felicidad sin fidelidad. Y no olvidemos que la fidelidad comporta pruebas, incomprensiones, purificaciones, persecuciones…
Escuché en unos Ejercicios Espirituales que nuestra felicidad es proporcional a la experiencia de Dios que podamos alcanzar en esta vida, en comunión con los demás.
En definitiva, sólo cuando somos conscientes de que venimos del Amor y de que al Amor volvemos, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con plena alegría. Y si tenemos en cuenta que la felicidad no es perfecta hasta que no se comparte, la segunda clave de la felicidad consiste en ser un instrumento de Dios para la vida del mundo. ¡Humilde instrumento de Dios!… ni más, pero tampoco menos.
Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, nos da el debe de poner todos los medios posibles para que los jóvenes sientan la llamada de Dios, puedan discernirla y formarse en el ambiente más enriquecedor posible.
No tengo la menor duda de que el aumento de vocaciones dependerá en buena medida de nuestra perseverancia en la oración, de nuestra fidelidad y amor a la Iglesia de Cristo, y en especial, del testimonio de santidad y alegría de nosotros los cristianos.
Agradezco a Dios el haberme permitido lanzar estos datos como ranking de felicidad:
Encuentro con personas que en la Nueva Evangelización será más eficaz entrar en la cultura, capitalmente en los diversos ambientes y grupos alejados y pobres, los jóvenes especialmente siguiendo un proceso de crecimiento en la fe.
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