El Padre de las luces ha visto desde toda la eternidad que Aquel a quien Él engendra eternamente, va a ser hijo de una mujer. Si Él, el increado, el infinito, se llama su Padre, Ella se llamará su Madre, y los dos podrán decir con toda verdad: ¡Jesús es mi Hijo! Imposible parece comprender esta misteriosa comunidad de poder y de amor entre la esencia eternamente pura e inmaculada y un ser sumergido, aunque no sea más que breves instantes, en la miseria del pecado. Si en la asociación de una descendiente de Eva a su acto generador, si en la armonía de relaciones que hacen que el creador y la criatura se expresen de la misma manera con respecto a la misma Persona, es imposible que haya igualdad de perfecciones, puede, no obstante, y es de razón, que hay una semejanza de pureza y de inocencia para que la dignidad del Padre no quede oscurecida por la indignidad de la Madre.
Y esto mismo se desprende si consideramos la manera maravillosa de que Dios se sirve para asociar a María a su paternidad. La fe nos enseña, nos lo dice el Evangelio, que el Salvador no nació del comercio vulgar de la carne con la carne. La Humanidad de Jesús fue concebida por virtud de una operación casta y divina. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te envolverá.» Esposa mística del Espíritu de Dios, María no puede pertenecer más que a Él. No es posible que la sombra de un recuerdo amargo venga a inquietar esa unión divina, y que en el instante mismo en que el Espíritu de la luz vaya a tomar, en la sangre de esa mujer, la sangre de la redención, el espíritu de las tinieblas le arroje a la cara este precoz insulto: «Esa quien ahora haces tu esposa, fue en otro tiempo mi esclava. » Un hombre de sentimientos delicados sufriría ante esta bochornosa situación, y si estuviese en su poder la evitaría. ¿No vamos a poder suponer los mismos sentimientos en el Corazón de Dios
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