viernes, 22 de mayo de 2015

San Pablo

Apóstoles es: que ni el cansancio, ni el hambre, ni la guerra, ni la espada, nada, nadie, pudo detener a Pablo; cuando finalmente lo lograron apresar, entonces él, acudiendo a su ciudadanía romana, apela al César y llega hasta Roma para predicar el Evangelio.
Es verdad que la fe está completamente unida a su fruto propio en las obras, así lo enseña nuestra teología católica .
Si, es verdad que el amor siempre tiene sus frutos, como dice San Bernardo de Claraval, que el fruto más propio del amor está en sí mismo y la justificación última del amor es el amor mismo, si el amor requiriera unos frutos o unos resultados o una eficiencia para ser aprobados, no sería todavía verdadero amor.
Por eso la Iglesia, mientras rehace la tarea de la predicación junto al Apóstol Pedro, tiene que educarse a sí mismo en el reposo de la contemplación.
El Apóstol Juan, tiene que dar unos pasos detrás de Cristo y delante de Cristo, detrás de Cristo para aprenderle, y delante de Cristo para preparar su llegada a nuevos pueblos y culturas; pero mientras da esos pasos con los pies en la tierra, su corazón y su mirada deben tener algo del reposo de la gratuidad de la contemplación.
Porque será ese acto contemplativo el que se prolongará en la eternidad, hay que saber también como Iglesia, participar de esa doble naturaleza que tiene la Iglesia: propagar la Palabra y adorar la Palabra; entregar a los demás una Palabra que nosotros mismos adoramos, presentar ante los demás un corazón que fascina nuestras mentes, hablar de Aquel que es capaz de hacernos callar.

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