«El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas ( Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó ( Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (LG 40).
«La santidad es la perfecta unión
con Cristo» (LG 50). Esta visión refleja la preocupación general
del Concilio de volver a las fuentes bíblicas y patrísticas, superando,
también en este campo, el planteamiento escolástico dominante durante siglos.
Ahora se trata de tomar conciencia de esta visión renovada de la santidad y
hacerla pasar a la práctica de la Iglesia, es decir, a la predicación, a
la catequesis, a la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio y
a la vida religiosa y ¿por qué no? también a la visión teológica en la que
se inspira la praxis de la Congregación de los Santos[1].
Una de
las diferencias mayores entre la visión bíblica de la santidad y la de la
escolástica está en el hecho de que las virtudes no se basan tanto en la «recta
razón» (la recta ratio aristotélica), cuanto en el kerigma;
ser santo no significa seguir la razón (¡a menudo implica al contrario!), sino
seguir a Cristo. La santidad cristiana es esencialmente cristológica: consiste
en la imitación de Cristo y, en su cumbre como dice el Concilio en
la «perfecta unión con Cristo».
La
síntesis bíblica más completa y más compacta de una santidad basada en el
kerigma es la trazada por san Pablo en la parte parenética de la Carta a los
Romanos (cap. 12-15). Al comienzo de ella, el Apóstol da una visión
recopilatoria del camino de santificación del creyente, de su contenido
esencial y de su objetivo:
«Os
exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros
cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto
espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación
de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo
bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,1-2).
El Nuevo
Testamento define como los «frutos del Espíritu», las «obras de la luz»,
o también «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús» (Flp 2,5).
A partir
del capítulo 12 de la Carta a los Romanos se enumeran todas las
principales virtudes cristianas, o frutos del Espíritu: el servicio, la
caridad, la humildad, la obediencia, la pureza. No como virtudes que hay que
cultivar por sí mismas, sino como necesarias consecuencias de la obra de Cristo
y del bautismo. «Os exhorto, pues…». Ese «pues» significa que todo lo que
el Apóstol diga desde este momento en adelante no es más que la consecuencia de
lo que ha escrito en capítulos anteriores sobre la fe en Cristo y sobre la obra
del Espíritu. Reflexionaremos sobre cuatro de estas virtudes: caridad,
humildad, obediencia y pureza.
2.
Un amor sincero
El ágape, o caridad cristiana, no es
una de las virtudes, aunque fuera la primera; es la forma de todas las
virtudes, aquella de la que «dependen toda la ley y los profetas» (Mt 22,34;
Rom 13,10). Entre los frutos del Espíritu que el Apóstol enumera en Gál 5,22,
encontramos en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría,
paz…». Y con él, coherentemente, comienza también la parénesis sobre las virtudes
en la Carta a los Romanos. Todo el capítulo duodécimo es una sucesión de
exhortaciones a la caridad:
«Que vuestro amor no sea fingido
amaos cordialmente unos a otros,
cada cual estime a los otros más que
a sí mismo…» (Rm 12,9ss).
«¡Que vuestro amor no sea fingido!».
No es una de tantas exhortaciones, sino la matriz de la que derivan todas las
demás. Contiene el secreto de la caridad.
San Pablo «sin fingimiento», es anhypòkritos,
sin hipocresía. Este vocablo es una especie de luz-espía; es, efectivamente, un
término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, exclusivamente
para definir el amor cristiano. La expresión «amor sincero» (anhypòkritos) vuelve
de nuevo en 2 Cor 6, 6 y en 1 Pe 1, 22. Este texto
permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión,
porque lo explica con una perífrasis; el amor sincer consiste en amarse
intensamente «de corazón».
San Pablo, con afirmación: «¡Que
vuestro amor no sea fingido!», lleva el discurso a la raíz misma de la caridad,
al corazón. Lo que se requiere del amor es que sea verdadero, auténtico, no
fingido. También en esto el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; en
efecto, él había indicado, repetidamente y con fuerza, el corazón, como el
«lugar» donde se decide el valor de lo que el hombre hace (Mt 15,19).
Podemos hablar de una intuición
paulina, respecto a la caridad; ésta consiste en revelar, detrás del universo
visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo
interior, que es, respecto del primero, lo que es el alma para el cuerpo. Esta
intuición en el gran texto sobre la caridad, que es 1 Cor 13. San Pablo se refiere todo a esta caridad
interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es
paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo cubre, todo lo
cree, todo lo espera… Nada que se refiera, en sí y directamente, al hacer el
bien, o las obras de caridad, pero todo se reconduce a la raíz del querer bien.
La benevolencia viene antes de la beneficencia.
Es el Apóstol mismo quien explicita
la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto
de caridad exterior (el distribuir a los pobres todas las propias riquezas) no
valdría para nada, sin la caridad interior ( 1 Cor 13,3). Sería lo opuesto de
la caridad «sincera». En este caso, se tiene una apariencia de caridad, que puede, en
última instancia, ocultar egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del
hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.
No contraponer entre sí caridad del corazón
y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en
ella la falta de caridad activa. Sabemos con cuanto vigor la palabra de Jesús
(Mt 25), de Santiago (2,16 s) y de San Juan (1 Jn 3,18) impulsan a la
caridad de los hechos. Sabemos de la importancia que san Pablo mismo daba a las
colectas en favor de los pobres de Jerusalén.
Sin la caridad, «de nada me sirve» el
dar todo a los pobres, no significa decir que esto no sirve a nadie y que es
inútil; significa,decir que no me sirve «a mí», mientras que puede beneficiar
al pobre que lo recibe. Las obras de caridad, asegurarlas un fundamento seguro contra el
egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén
«arraigados y fundados en la caridad» (Ef 3,17), es decir, que la caridad sea
la raíz y el fundamento de todo.
Cuando amamos «desde el corazón»,
es el amor mismo de Dios «derramado en nuestro corazón por el Espíritu
Santo» (Rom 5,5) el que pasa a través de nosotros. El actuar humano es
verdaderamente deificado. Llegar a ser «partícipes de la naturaleza divina»
(2 Pe 1,4) significa, en efecto, ser partícipes de la acción divina,
la acción divina de amar, ¡desde el momento en que Dios es amor!
Nosotros amamos a los hombres no sólo
porque Dios les ama, o porque él quiere que nosotros les amemos, sino porque,
al darnos su Espíritu, él ha puesto en nuestros corazones su mismo amor hacia ellos.
Así se explica por qué el Apóstol afirma inmediatamente después: «No
tengáis ninguna deuda con nadie, si no la de un amor recíproco, porque quien
ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).
Hemos recibido una medida infinita de amor a
distribuir a su tiempo entre los consiervos ( Lc 12,42; Mt 24,45 ss.). Si no lo
hacemos defraudamos al hermano de algo que le es debido. El hermano que se
presenta a tu puerta quizás te pide algo que no eres capaz de darle; pero si no
puedes darle lo que te pide ten cuidado de no despedirlo sin lo que le debes,
es decir, el amor.
3.
Caridad con los de
fuera
Después de habernos explicado en qué
consiste la verdadera caridad cristiana, el Apóstol,de su
parénesis, muestra cómo este «amor sincero» debe traducirse en
acto en las situaciones de vida de la comunidad. Dos son las situaciones en las
que el Apóstol se detiene: la primera, se refiere a las relaciones ad
extra de la comunidad, es decir, con los de fuera; la
segunda, las relaciones ad intra, entre los miembros de
la misma comunidad.
«Bendecid a los que os persiguen;
bendecid, sí, no maldigáis Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida
de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el
mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar
a la justicia . Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si
tiene sed, dale de beber No te dejes
vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rom 12,14- 21).
No hay comentarios:
Publicar un comentario