sábado, 5 de octubre de 2019

Proviene

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.

Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.

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