Proviene
La fe efectivamente no proviene
de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu
Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se
prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los
Apóstoles.
Estos son los "truquitos"
del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las
arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea
completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando
sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue
realmente a realizarse y alcance su plenitud.
El profeta Isaías, en una
palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías,
hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no
apagará el pabilo vacilante" Isaías
42,3.
Dice San Agustín: "Que para la
fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás,
que la fe que ya tenían los otros".
Es tanto lo que revela el
Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta
escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa
Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado
original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz
culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué
bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico,
tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta
escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para
repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo
comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición
española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que
el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando
oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le
apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay
dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a
Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender
esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo,
Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio
de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede
transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo
cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar,
¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó
Jesús" San Juan
20,26,
presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello:
"Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan
20,27; no es
simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las
Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que
parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más
grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron
porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se
metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su
desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene
cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas
cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos,
palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por
ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que
nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi
Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie,
porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no
te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor;
me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó
sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para
nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas
personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.
Porque nosotros tenemos carne, es una
respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en
segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como
nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo
nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres
débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo
la gloria es para Dios.
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