miércoles, 30 de octubre de 2019

Identidad

Un cristiano es un ser muy hermoso, es un ser muy sabio, es indestructible, es victorioso.
La sal porque da el sabor, la sal porque impide que se corrompa el alimento .
Luz del mundo porque muestra el camino, porque denuncia las tinieblas. Estas palabras las dice el Señor, como sabemos, después de haber proclamado las bienaventuranzas. Por lo menos en la redacción actual del Evangelio, después de esa proclamación de "quiénes son los felices", que les dice que, con esa felicidad, que con ese modo de vida son la sal de la tierra y son la sal del mundo.
Para darle entonces sabor a la tierra se necesita estar un poco en contravía de la felicidad de este mundo; y para dar la luz al mundo se necesita ir un poco en contravía, pero sólo un poco de lo que el mundo espera de sus seguidores, de sus adeptos.
El cristiano, mezclado con el mundo, como la sal con el alimento, en cierto modo desaparece, pero también conserva su identidad.

lunes, 7 de octubre de 2019

SEÑALES

La admiración y el cariño: estos son los sellos de la santidad grande en la Iglesia. Inspirar sólo cariño, o inspirar sólo admiración, es pequeño. Lo verdaderamente grande, el verdadero servicio a Cristo, está en poder inspirar las dos cosas: poder inspirar cariño, que haga sentir la cercanía de Cristo, y poder despertar admiración, que haga clara la gracia de Jesucristo.
La santidad cristiana tiene, por decirlo así, estas dos dimensiones, y despierta en nosotros, como ya lo despierta desde Jesucristo, estos dos sentimientos: la cercanía del cariño, y la distancia de la admiración.
No queramos ser solamente admirados, porque entonces seremos lejanos; no queramos ser solamente cercanos, porque entonces seremos tal vez inútiles. Hay que saber tener al mismo tiempo, la ternura y la grandeza.
Y esto fue lo que tuvo Lorenzo. ¿De quién lo aprendió? De Jesucristo, a quien encontró en los pobres, y a quien encontró en la hora de la muerte.
Hay un testimonio escrito que aparece en las antífonas de la Liturgia de las Horas para este día, un testimonio de las palabras de Lorenzo mientras se acercaba el momento de la muerte. Y en esas palabras podemos destacar tres cosas: primera, una que revisa.
Por todas partes Dios nos está dando señales a la vista de todos, y en esas señales nos está llamando a una vida verdaderamente consagrada, una vida en verdadera gratitud, una vida en verdadera alabanza, una vida que valga la pena.
Pero escapa de nuestras manos esa constancia, esa firmeza, esa generosidad, eso escapa de nuestras manos. Pues bien, Precisamente las señales que Dios nos ha dado son señales que apuntan a una certeza: "Yo voy a estar contigo, yo no te voy a dejar solo, yo voy a estra contigo; emprende un camino nuevo, un camino de renovación de tu bautismo, de renovación de tu consagración; empréndelo hoy, empréndelo que yo voy a estar contigo, yo no te voy a dejar solo".
Estas palabras, las palabras de Dios, penetren en nosotros. "No olvidéis las acciones del Señor" Salmo 77,12, no olvides lo que ha hecho por ti, no olvides lo que quiere hacer contigo, no lo olvides, jamás lo olvides.
Desde ahí, el descubrimiento de la misericordia; y desde ahí, la práctica de la compasión, especialmente por el testimonio de las buenas obras.
3El corazón es el lugar donde se toman las decisiones. El corazón es como esa privacidad última, allí donde finalmente yo puedo sustraerme de todas las otras voces, y donde yo descubro, -si quiero, por lo menos-, mi propia verdad. Ese es el corazón, ese es el sentido del corazón.
Por eso en la Biblia, el corazón aparece relacionado no solamente con sentimientos, o no solamente con emociones o pasiones, sino también con los pensamientos, allá, los pensamientos del corazón. Aparece relacionado con la conciencia, con las decisiones y también con la oración. Porque es como hablar de lo más profundo y es como hablar de lo más íntimo de la persona, allí donde ella es simplemente ella misma.
Jeremías había dicho hace unos días, que Dios anunciaba una Nueva Alianza. La diferencia más notable entre la Nueva Alianza y la Antigua Alianza, es que ahora la Ley va a estar escrita, no en piedra, afuera, sino que va a estar escrita en el corazón. Así hablaba Dios por medio de Jeremías.
La misma idea es la que encontramos ahora con el Profeta Ezequiel, pero con un elemento más. Se trata de un corazón nuevo. Ya no es que viene una palabra nueva al corazón, sino se trata de un nuevo corazón: "Arranqué de ustedes el corazón de piedra" Ezequiel 36,26.
¿A qué se refiere el corazón de piedra? No es un asunto solamente de sentimientos, pues no es simplemente hablar de: "Ustedes son muy duros". Aquí no se trata de la dureza de la gente; por ejemplo, que les falta compadecerse unos de otros.
Eso puede estar implícito, pero muy probablemente, el corazón de piedra es sobre todo el corazón que rechaza la voz, es el corazón que no tiene dónde recibir una palabra, es el corazón que hace eco, es el corazón que devuelve lo que tú le envías pero no lo acepta, es el corazón que no recibe.
Ese es el corazón de piedra. Y es el contraste grande entre la carne y la piedra. El corazón de piedra no recibe. La carne, en cambio, recibe, incluso recibe el dolor de un golpe, tal vez; recibe el dolor de una enfermedad, recibe el lamento de una lágrima. Dios promete no solamente como en Jeremías, que va a escribir una ley en nuestro corazón, sino que nos va a dar un corazón así, un corazón de carne, un corazón que pueda recibir.
Es muy interesante que la Biblia hace un gran elogio del rey Salomón, como seguramente recordamos. Y quizás recordamos también, cuál fue la oración que hizo Salomón cuando Dios se le apareció y le dijo: "¿Qué quieres que te conceda?" 1 Reyes 3,5. Lo que respondió Salomón fue: "Un corazón que sepa escuchar, un corazón que pueda recibir"1 Reyes 3,9.
En el recuerdo de muchos de nosotros, la idea que hay, es que él pidió sabiduría. ¡Sí! En el fondo estaba pidiendo sabiduría. Pero es interesante la manera como la pide. Lo que él pidió fue, "un corazón que sepa escuchar" 1 Reyes 3,9; es decir, un corazón que no rebote las palabras.
Nosotros solemos relacionar el corazón con el mundo de los sentimientos. El corazón es para nosotros el lugar donde se da el cariño, donde se da el odio, o donde se da la indiferencia. Y con estas palabras, nos estamos refiriendo sobre todo a sentimientos.
Para los semitas, el corazón no tenía que ver solamente con sentimiento. El corazón es el recinto más íntimo de una persona, es como el lugar donde ella está verdaderamente a solas, a solas consigo misma, a solas con su propio destino, a solas con Dios.
El corazón es el lugar donde se toman las decisiones. El corazón es como esa privacidad última, allí donde finalmente yo puedo sustraerme de todas las otras voces, y donde yo descubro, -si quiero, por lo menos-, mi propia verdad. Ese es el corazón, ese es el sentido del corazón.
Por eso en la Biblia, el corazón aparece relacionado no solamente con sentimientos, o no solamente con emociones o pasiones, sino también con los pensamientos, allá, los pensamientos del corazón. Aparece relacionado con la conciencia, con las decisiones y también con la oración. Porque es como hablar de lo más profundo y es como hablar de lo más íntimo de la persona, allí donde ella es simplemente ella misma.
Y Jeremías nos había dicho hace unos días, que Dios anunciaba una Nueva Alianza. La diferencia más notable entre la Nueva Alianza y la Antigua Alianza, es que ahora la Ley va a estar escrita, no en piedra, afuera, sino que va a estar escrita en el corazón. Así hablaba Dios por medio de Jeremías.

La misma idea es la que encontramos ahora con el Profeta Ezequiel, pero con un elemento más. Se trata de un corazón nuevo. Ya no es que viene una palabra nueva al corazón, sino se trata de un nuevo corazón: "Arranqué de ustedes el corazón de piedra" Ezequiel 36,26.

sábado, 5 de octubre de 2019

Proviene

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.

Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.

Lazos

Además, esa misma fe nos lleva a reconocer que siguen en pie los lazos de amor, que no hemos roto por completo con quien nos ha dejado. Al hablar de la importancia de las oraciones por nuestros seres queridos ya difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo siguiente:
“Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” (Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las muertes imprevistas tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de los corazones y desde la mirada hacia el mundo de Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más profundo, más completo, incluso más sereno.

Quedará, ciertamente, un hueco profundo por días, por meses, tal vez por años. Pero ese hueco no es completo, porque el ser querido no ha desaparecido en el remolino de la nada, sino que está presente en el corazón de Dios. Un Dios que es bueno, que ama la vida, que acoge y rescata a cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña, a quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos también nosotros a la hora que dará por concluida la vida terrena y nos introducirá en el mundo de lo eterno.mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).

lunes, 9 de septiembre de 2019

RECONOCER


Además, esa misma fe nos lleva a reconocer que siguen en pie los lazos de amor, que no hemos roto por completo con quien nos ha dejado. Al hablar de la importancia de las oraciones por nuestros seres queridos ya difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo siguiente:
“Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” (Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las muertes imprevistas tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de los corazones y desde la mirada hacia el mundo de Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más profundo, más completo, incluso más sereno.
Quedará, ciertamente, un hueco profundo por días, por meses, tal vez por años. Pero ese hueco no es completo, porque el ser querido no ha desaparecido en el remolino de la nada, sino que está presente en el corazón de Dios. Un Dios que es bueno, que ama la vida, que acoge y rescata a cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña, a quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos también nosotros a la hora que dará por concluida la vida terrena y nos introducirá en el mundo de lo eterno.mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).

ESCUCHA




El Nuevo Testamento ofrece numerosos relatos de oraciones escuchadas. Cristo actúa con el dedo de Dios, y con sus curaciones y milagros atestigua la llegada del Mesías. Por eso, ante la pregunta de los enviados de Juan el Bautista que desean saber si es o no es el que tenía que llegar, Jesús responde: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!" (Lc 7,22-23).

Pero también leemos cómo la oración en el Huerto de los Olivos, en la que el Hijo pide al Padre que le libre del cáliz, parecería no haber sido escuchada (Lc 22,40-46). Jesús experimenta así, en su Humanidad santa, lo que significa desear y pedir algo y no "conseguirlo".

Entonces, ¿hay oraciones que no son escuchadas? ¿Es posible que Jesús nos haya enseñado que si pedimos, conseguiremos ( Lc 11,1-13), pero luego vemos que las cosas suceden de una manera muy distinta?

En la carta de Santiago encontramos una pista de respuesta: "Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones" (Sant 4,3). Esta respuesta, sin embargo, sirve para aquellas peticiones que nacen no de deseos buenos, sino de la avaricia, de la esclavitud de las pasiones. ¿Cómo puede escuchar Dios la oración de quien reza para ganar la lotería para vivir holgadamente y con todos sus caprichos satisfechos?

Pero hay muchos casos en los que pedimos cosas buenas. ¿Por qué una madre y un padre que rezan para que el hijo deje la droga no perciben ningún cambio aparente? ¿Por qué unos niños que rezan un día sí y otro también no logran que sus padres se reconcilien, y tienen que llorar amargamente porque un día se divorcian? ¿Por qué un político bueno y honesto reza por la paz para su patria y ve un día que la conquistan los ejércitos de un tirano opresor?

Sin embargo, el "silencio de Dios" que permite el avance aparente del mal en el mundo, ha sido ya superado por la gran respuesta de la Pascua. Si es verdad que Cristo pasó por la Cruz mientras su Padre guardaba silencio, también es verdad que por su obediencia Cristo fue escuchado y ha vencido a la muerte, al dolor, al mal, al pecado ( Heb 5,7-10).

Nos cuesta entrar en ese misterio de la oración "no escuchada". Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.

En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del "silencio de Dios" se convierte, desde la gracia de Cristo, en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.

Entonces se produce un milagro quizá mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: 

viernes, 7 de junio de 2019

Convictos

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Cuando es el hombre, como Pedro, un traidor, el que me confirma a mí en la fe, todo mi orgullo, toda mi suficiencia cae por tierra; cuando es un perseguidor el que se convierte en gran Apóstol de Cristo, mis mediocridades me hacen enrojecer.
Cuando es un incrédulo como Tomás, el que llega a ser ese gran testigo del amor de Dios, entonces todo mi racionalismo y todas mis desconfianzas, ruedan por tierra. ¿Por qué quiso Cristo que la fe llegara al mismo tiempo y sin separación del Espíritu Santo y de los Apóstoles?
Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.