domingo, 21 de febrero de 2010

San Antonio de Padua


San Antonio de Padua o, como también se le llama, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares en toda la Iglesia católica, venerado no solo en Padua, donde se erigió una espléndida Basílica que recoge sus despojos mortales, sino en todo el mundo. Son queridas a los fieles las imágenes y las estatuas que le representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús entre los brazos, en recuerdo de una aparición milagrosa mencionada por algunas fuentes literarias.
San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus marcadas dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.
Nació en Lisboa de una familia noble, en torno al 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró entre los canónigos que seguían la regla monástica de san Agustín. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo aquella ciencia teológica que puso a fructificar en las actividades de la enseñanza y la predicación. En Coimbra tuvo lugar el episodio que marcó un cambio decisivo en su vida: aquí, en 1220 fueron expuestas las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos que se habían dirigido a Marruecos, donde encontraron el martirio. Su caso hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarles y de avanzar en el camino de la perfección cristiana.
En el último periodo de su vida,San Antonio puso por escrito dos ciclos de “Sermones”, titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los Santos", destinados a los predicadores y a los profesores de estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Sagrada Escritura presentados por la Liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos, el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral, y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Se trata de textos teológico-homiléticos, que recogen la predicación viva, en la que ¡San Antonio propone un verdadero y propio itinerario de vida cristiana. Es tanta la riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los “Sermones”, que el Venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de “Doctor evangélico", porque de estos escritos surge la frescura y la belleza del Evangelio; aún hoy los podemos leer con gran provecho espiritual.
En ellos, él habla de la oración como de una relación de amor, que empuja al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve el alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita una atmósfera de silencio, que no coincide con el alejamiento del ruido externo, sino que es experiencia interior, que mira a quitar las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma. Según la enseñanza de este insigne Doctor franciscano, la oración se compone de cuatro actitudes indispensables, que, en el latín de Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios, conversar afectuosamente con Él, presentarle las propias necesidades, alabarlo y darle gracias.
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración advertimos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, del que él fue el iniciador, es decir, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que es también la fuente de donde brota un conocimiento espiritual, que sobrepasa todo conocimiento.
Escribe San Antonio: "La caridad es el alma de la fe, la hace viva; sin el amor, la fe muere” (Sermones Dominicales et Festivi II, Messaggero, Padova 1979, p. 37).
Sólo un alma que reza puede realizar progresos en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de san Antonio. Él conoce bien los defectos de la naturaleza humana, la tendencia a caer en el pecado, por eso exhorta continuamente a combatir la inclinación a la codicia, al orgullo, a la impureza, y a practicar las virtudes de la pobreza y de la generosidad, de la humildad y de la obediencia, de la castidad y de la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por este motivo, Antonio invita muchas veces a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndoles buenos y misericordiosos, les hace acumular tesoros para el Cielo. "Oh ricos – les exhorta – haceos amigos ... los pobres, acogedles en vuestras casas: serán después ellos quienes os acojan en los eternos tabernáculos, donde está la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta quietud de la saciedad eterna”
San Antonio, en la escuela de Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo. De buen grado esta contempla, e invita a contemplar, los misterios del humanidad del Señor, de modo particular, el de la Navidad, que le suscitan sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.
También la visión del Crucificado le inspira pensamientos de reconocimiento hacia Dios y de estima por la dignidad de la persona humana, de forma que todos, creyentes y no creyentes, puedan encontrar un significado que enriquece la vida. Escribe Antonio: "Cristo, que es tu vida, está colgado ante ti, porque tú miras a la cruz como en un espejo. Allí podrás conocer cuán mortales fueron tus heridas, que ninguna medicina habría podido curar, si no la de la sangre del Hijo de Dios. Si miras bien, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad humana y tu valor... En ningún otro lugar el hombre puede darse cuenta mejor de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la cruz”

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