martes, 30 de noviembre de 2010

Iniciación

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Cuando hablamos del bautismo como fundamento de la participación del laico en la misión de la Iglesia en el amplio sentido del término estamos refi¬riéndonos a una comprensión del bautismo en su más radical significado en la lógica de la historia de la salvación. El bautismo por tanto no SÓLO debe ser comprendido fundamentalmente como un acto de la Iglesia en virtud del cual el con¬vertido se ve libre del pecado original, recibe la gracia de Dios y en consecuencia es hecho miembro de la Iglesia.
Hay que recuperar una concepción más amplia y radical del bautismo, como un acontecimiento objetivo, que estructura la historia de la salvación y que prolonga la historia de la alianza. Debe quedar claro que el bautismo es un acto de responsabilidad, de protagonismo y consiguientemente de compromiso con todas las exigencias e implicaciones de la historia de la alianza. El bautismo debe ser redescubierto desde una dimensión desindividualizada, como referencia a una historia que precede al sujeto individual y de la que ya ha asumido su compromiso la comunidad eclesial. En esa exigencia objetiva previa se integra el nuevo bautizado porque ha aceptado en un acto de fe el horizonte de la alianza.
El bautismo debe ser valorado como un momento interno al gran sacramen¬to de la iniciación cristiana. La iniciación cristiana (bautismo, confirmación, eu¬caristía) es la actualización permanentemente repetida del misterio pascual, que es el que sella y garantiza la nueva alianza. La nueva alianza la recibe, la asume y la transforma en una mayor perspectiva de universalidad, de generosidad y de pretensiones (porque hace ver hasta dónde llega el diálogo y el compromiso de Dios, del Dios trinitario, en el seno de la historia de los seres humanos). Es por ello necesario lanzar una mirada al sentido y al alcance de la historia de la alianza para comprender las exigencias de responsabilidad universal que brotan del bautismo.
LA MIRADA UNIVERSAL DE LA ALIANZA DE DIOS
La historia de la salvación narrada en la Biblia recibe su coherencia y su sentido de la experiencia de la alianza. Es esta convicción la que sustrae al conglomerado de los relatos la variedad de protagonistas en el tiempo y en el espacio son integrados en una lógica común porque se integran en un mismo proyecto de alianza que es la misión de Dios. Es un proyecto que ciertamente arranca de Dios, pero que posee una estructura constante, que es la que nos interesa poner de relieve: tiene una visión universal y avanza en virtud de los personajes humanos que se integran en ella como responsables y protagonistas.
El compromiso de Dios con la naturaleza y la humanidad queda claramente expresado en el relato mismo de la creación. El hecho de que el ser humano surge como imagen de Dios y por ello como susceptible de un diálogo personal, el hecho de que Dios experimenta el descanso del sábado, gozo de la bondad y de la belleza de la creación que puede convertirse en un banquete permanente para el hombre, el hecho de que el paraíso es presentado como una situación de armonía para la existencia humana en el seno de la naturaleza, deja ver con claridad que el sueño de Dios, su proyecto más profundo, consiste en una felicidad sin limitaciones y sin exclusiones para la familia humana. Dios por tanto, precisamente por su acto creador, no queda desvinculado de sus criaturas, sino unido al destino de todas sus criaturas...

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