La oración es un don de Dios, por lo que el hombre debe pedirlo como un mendigo. Sea rico o sea pobre el hombre ante Dios siempre será un mendigo. La oración para san Agustín parte de este preámbulo.
2. La oración es ejercicio de humildad, partiendo del autoconocimiento frente a Dios:
*"Dios que eres siempre el mismo, Que me conozca a mí, que te conozca a ti:
Pues: "Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes". (1 Pe 5, 5)
3. La oración es obra del Espíritu Santo, que clama en nuestro interior (Rm 8, 26) para que nos dé las palabras y la voz para orar ante Dios
* "La misma caridad gime, la misma caridad ora; contra ella no sabe hacerse el sordo aquel que te la dio. Estate seguro, ruegue la caridad y allí estarán atentos los oídos de Dios"
* "Dios llenó a sus siervos de su Espíritu para que le alabasen"
4. La oración es un ejercicio de recolección, recogimiento interior. Hay que entrar en el propio corazón evitando la dispersión, para encontrarnos con Cristo Maestro interior.
* "No salgas fuera, regresa a ti mismo, en el interior del hombre habita la Verdad".
* "Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más alto mío".
5. La oración es un ejercicio de amor.
a. Orar es amar y dejarse amar por Dios:
*Orar es: "abrazar a Dios con amor, abrazar el amor de Dios".
b. Orar es amar, es dejarse transformar por el mismo Dios en la oración por el fuego de su amor, dejando las cosas de la tierra y llenándose de Dios:
* "¿Amas la tierra?, Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Diré que serás Dios? No me atrevo a decirlo como cosa mía. Oigamos a la Escritura: Yo dije: Todos sois dioses e hijos del Altísimo.
c. Orar es amar, para vaciarse del amor del mundo y llenarse de Dios:
* "No ames el mundo. Excluye de ti el amor malo del mundo, para que te llenes del amor de Dios. Eres un vaso, pero estás lleno; arroja lo que tienes para que recibas lo que no tienes"
d. Orar es amar, para apegarse a Cristo olvidándose de todo lo demás. Todas las cosas se relativizan cuando desde la oración, se ama profundamente a Cristo:
* "Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor, ni trabajo para mí, sino que toda mi vida será viva y llena toda de ti"
* "El amor mismo es la voz que alaba a Dios"
6. Tu oración es diálogo amoroso con Dios
a. Se dialoga escuchando y respondiendo a la Palabra de Dios:
* "Tú oración es un diálogo con Dios; cuando lees las Escrituras Dios te habla; cuando oras, tú hablas a Dios".
b. Se dialoga para encontrar a Dios y se le encuentra para seguirlo buscando con mayor amor.
* "Se le busca (a Dios) para que sea más dulce el hallazgo, se le encuentra para buscarle con más avidez"
7. La oración es el encuentro con la voluntad de Dios
a. Orar para no resistir a la voluntad de Dios:
* "¿Qué quiere decir 'hágase tu voluntad? Hágase en mí de manera que no resista a tu voluntad"
* "Tu mejor servidor es aquél que no tiene sus miras puestas en el oír de tus labios lo que él quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha oído de tu boca"
b. Orar para abandonar mi vida en las manos de Dios, sabiendo que es él quien me capacita para cumplir su voluntad.
* "Da lo que mandas y manda lo que quieras"
* "No orarás si no dices esta oración (el Padre Nuestro); si empleas otra, Dios no te oirá, puesto que no te la dictó el Legislador a quien envió. Es necesario que, cuando oramos, oremos conforme a esta oración; y cuando la pronunciamos, entendamos bien lo que decimos.
8. La oración es el deseo enamorado de Dios.
a. Es parte de la oración continua. Nunca se deja de orar si nunca se deja de desear a Dios.
* "Hay otra clase de oración interior continua, que es el deseo. Hagas lo que hagas, si permanece en ti el deseo de aquel descanso (de la vida eterna), sin interrupción oras. Si no quieres cortar tu oración, no interrumpas el deseo"
* "Por medio de la fe, esperanza y la caridad oramos siempre con un deseo ininterrumpido. Pero, precisamente por eso, en determinados momentos oramos a Dios también con palabras, para exhortarnos a nosotros mismos con estos signos .
b. La oración es el "grito del corazón":
* "Nadie dudará que es vano el clamor que elevan a Dios los que oran si lo ejecutan con el sonido de la voz corporal sin tener elevado el corazón a Dios. Cuando oramos a Dios con la boca cuando sea necesario o en silencio, siempre ha de clamarse con el corazón. El grito del corazón es un pensamiento vehemente que cuando se da en la oración, expresa el gran afecto del que ora y pide, de suerte que no desconfía de conseguir lo que pide"
9. Orar es sentirse Iglesia y comunidad.
El cristiano nunca está solo porque forma parte del misterio de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo.
* "Jesucristo, hijo de Dios ora por nosotros, ora en nosotros y a él oramos nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como nuestra cabeza; y nosotros oramos a él como nuestro Dios. Reconozcamos en él nuestra voz y su voz en nosotros"
* "Nosotros rezamos por el género humano, pedimos por el mundo entero, por todas las gentes para que se corrijan lo antes posible y teniendo ya recto el corazón, se encaminen a la rectitud de Dios".
10. Orar es elevar el corazón hacia Dios.
Continuamente san Agustín comenta las palabras de la celebración de la Eucaristía "levantemos el corazón". Por ello orar es dejar que el corazón ascienda hacia Dios, buscando las cosas del mundo eterno, no las de la tierra, con un deseo enamorado de Dios:
(La oración) * "Es la ascensión de las cosas terrestres a las celestes; la búsqueda de las cosas más altas, el deseo de las cosas invisibles".
lunes, 30 de mayo de 2011
Prioritario
"La misión prioritaria que el Señor os encomienda hoy, renovados en el encuentro personal con Él es la de testimoniar el amor de Dios al ser humano. Estáis llamados a hacerlo, ante todo con las obras de amor y las opciones de vida en favor de las personas concretas, a partir de los más débiles, frágiles, indefensos, no autosuficientes, como los pobres, los ancianos, los enfermos, los discapacitados". La importancia del testimonio de la caridad evangélica en la dimensión social, el Papa reiteró la urgencia del compromiso pastoral en la defensa de la familia y de la vida, sin olvidar a los jóvenes:
"En toda vuestra acción pastoral no descuidéis a los jóvenes. Ellos miran hoy al futuro con gran incertidumbre, viven a menudo en una condición de malestar, de inseguridad y de fragilidad ¡pero llevan en su corazón gran hambre y sed de Dios, que requiere constate atención y respuesta!"
Ante los apremiantes desafíos de hoy, teniendo en cuenta el contexto geográfico en que se encuentran, cruce entre el occidente y el oriente de Europa, y recordando el fenómeno del turismo y de la inmigración, el proceso de homologación provocado por la acción permisiva de los medios de comunicación, que han acentuado el pluralismo cultural y religioso, el Papa renovó su invitación a "no renegar del Evangelio, comunicando con su mismo estilo de vida aquel humanismo que ahonda sus raíces en el cristianismo, para construir junto con todos los hombres de buena voluntad una ciudad más humana, justa y solidaria".
"Encomiendo también a vosotros, así como a las otras Iglesias, el compromiso de suscitar una nueva generación de hombres y de mujeres capaces de asumir responsabilidades directas en todos los ámbitos de la sociedad, en particular en el político".Finalmente en este ámbito "necesitamos más que nunca de personas, sobre todo de jóvenes, capaces de edificar una 'vida buena' en favor y al servicio de todos. De este compromiso no se pueden eximir los cristianos que somos peregrinos hacia el Cielo, pero que viven ya aquí un anticipo de eternidad".
esde Jesús. San Pablo lo resume en: Es vivir en Cristo, de manera que ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí. Es un proceso de despojarse del hombre viejo, del hombre que quiere vivir en sí mismo, para sí mismo y desde su propio egoísmo. El camino es revestirnos de Jesús, buscar como lo dice Pablo: Tener las mismas actitudes de él, que siendo Dios se rebajó hasta hacerse semejante a nosotros. Pedro, en su carta, nos invita a "seguir las huellas de nuestro pastor". Si verdaderamente queremos llegar un día a habitar el lugar preparado por Jesús para cada uno de nosotros… ya sabemos cuál es el camino.
Señor, quiero que mi vida, mis actitudes, mi amor, sean una invitación abierta y constante, para que los que viven a mi lado participen y disfruten también del cielo, no sólo al final de su vida, sino incluso ya desde ahora. Sé perfectamente que para eso necesito estar lleno de tu amor, por eso te pido que me enamores y me seduzcas para no cesar de invitar
"En toda vuestra acción pastoral no descuidéis a los jóvenes. Ellos miran hoy al futuro con gran incertidumbre, viven a menudo en una condición de malestar, de inseguridad y de fragilidad ¡pero llevan en su corazón gran hambre y sed de Dios, que requiere constate atención y respuesta!"
Ante los apremiantes desafíos de hoy, teniendo en cuenta el contexto geográfico en que se encuentran, cruce entre el occidente y el oriente de Europa, y recordando el fenómeno del turismo y de la inmigración, el proceso de homologación provocado por la acción permisiva de los medios de comunicación, que han acentuado el pluralismo cultural y religioso, el Papa renovó su invitación a "no renegar del Evangelio, comunicando con su mismo estilo de vida aquel humanismo que ahonda sus raíces en el cristianismo, para construir junto con todos los hombres de buena voluntad una ciudad más humana, justa y solidaria".
"Encomiendo también a vosotros, así como a las otras Iglesias, el compromiso de suscitar una nueva generación de hombres y de mujeres capaces de asumir responsabilidades directas en todos los ámbitos de la sociedad, en particular en el político".Finalmente en este ámbito "necesitamos más que nunca de personas, sobre todo de jóvenes, capaces de edificar una 'vida buena' en favor y al servicio de todos. De este compromiso no se pueden eximir los cristianos que somos peregrinos hacia el Cielo, pero que viven ya aquí un anticipo de eternidad".
esde Jesús. San Pablo lo resume en: Es vivir en Cristo, de manera que ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí. Es un proceso de despojarse del hombre viejo, del hombre que quiere vivir en sí mismo, para sí mismo y desde su propio egoísmo. El camino es revestirnos de Jesús, buscar como lo dice Pablo: Tener las mismas actitudes de él, que siendo Dios se rebajó hasta hacerse semejante a nosotros. Pedro, en su carta, nos invita a "seguir las huellas de nuestro pastor". Si verdaderamente queremos llegar un día a habitar el lugar preparado por Jesús para cada uno de nosotros… ya sabemos cuál es el camino.
Señor, quiero que mi vida, mis actitudes, mi amor, sean una invitación abierta y constante, para que los que viven a mi lado participen y disfruten también del cielo, no sólo al final de su vida, sino incluso ya desde ahora. Sé perfectamente que para eso necesito estar lleno de tu amor, por eso te pido que me enamores y me seduzcas para no cesar de invitar
domingo, 29 de mayo de 2011
Renovar
La Iglesia debe renovar constantemente su compromiso de llevar a Cristo, de prolongar su misión mesiánica para el advenimiento del Reino de Dios, Reino de justicia, de paz, de libertad y de amor. Transformar al mundo según el proyecto de Dios, con la fuerza renovadora del Evangelio, “para que Dios sea todo en todos” (1Cor 15,28) es tarea del entero Pueblo de Dios.
Es necesario continuar con renovado entusiasmo la obra de evangelización, el anuncio gozoso del Reino de Dios, venido en Cristo en la potencia del Espíritu Santo para conducir a los hombres hacia la verdadera libertad de los hijos de Dios, contra toda forma de esclavitud. Es necesario lanzar las redes del Evangelio en el mar de la historia para conducir a los hombres hacia la tierra de Dios.
“La misión de anunciar la Palabra de Dios es tarea de todos los discípulos de Cristo, como consecuencia de su bautismo”, (Exhort. ap. Verbum Domini, 94). Pero para que se de un decidido compromiso en la evangelización se hace necesario que cada cristiano, así como las comunidades, crean verdaderamente que “la Palabra de Dios es la verdad salvífica de la que cada hombre en cada tiempo tiene necesidad”. Si ésta convicción de fe no está profundamente arraigada en nuestra vida no podremos experimentar la pasión y la belleza de anunciarla.
En realidad cada cristiano debería hacer propia la urgencia de trabajar para le edificación del Reino de Dios. Todo en la Iglesia está al servicio de la evangelización: cada sector de su actividad y también cada persona, en las varias tareas que está llamada a realizar. Todos, deben ser partícipes de la misión ad gentes: Obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, laicos. “Ningún creyente en Cristo puede sentirse extraño a esta responsabilidad que proviene de la pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo”. Por lo tanto, se debe prestar especial cuidado para garantizar que todas las áreas de la pastoral, de la catequesis, de la caridad se caractericen por la dimensión misionera: la Iglesia es misión.
Una condición fundamental para el anuncio es dejarse aferrar completamente por Cristo, Palabra de Dios encarnada, porque solo quien, con atención, escucha al Verbo encarnado que está íntimamente unido a El, puede anunciarlo. El mensajero del Evangelio debe permanecer bajo el dominio de la Palabra y alimentarse de los Sacramentos, linfa vital de la que dependen la existencia y el ministerio misionero. Por ello sólo radicados profundamente en Cristo y en su Palabra se puede ser capaz de no ceder a la tentación de reducir la evangelización a un proyecto puramente humano, social, escondiendo o callando la dimensión trascendente de la salvación ofrecida por Dios en Cristo. Es una palabra que debe ser testimoniada,testimonio coherente.
Es necesario continuar con renovado entusiasmo la obra de evangelización, el anuncio gozoso del Reino de Dios, venido en Cristo en la potencia del Espíritu Santo para conducir a los hombres hacia la verdadera libertad de los hijos de Dios, contra toda forma de esclavitud. Es necesario lanzar las redes del Evangelio en el mar de la historia para conducir a los hombres hacia la tierra de Dios.
“La misión de anunciar la Palabra de Dios es tarea de todos los discípulos de Cristo, como consecuencia de su bautismo”, (Exhort. ap. Verbum Domini, 94). Pero para que se de un decidido compromiso en la evangelización se hace necesario que cada cristiano, así como las comunidades, crean verdaderamente que “la Palabra de Dios es la verdad salvífica de la que cada hombre en cada tiempo tiene necesidad”. Si ésta convicción de fe no está profundamente arraigada en nuestra vida no podremos experimentar la pasión y la belleza de anunciarla.
En realidad cada cristiano debería hacer propia la urgencia de trabajar para le edificación del Reino de Dios. Todo en la Iglesia está al servicio de la evangelización: cada sector de su actividad y también cada persona, en las varias tareas que está llamada a realizar. Todos, deben ser partícipes de la misión ad gentes: Obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, laicos. “Ningún creyente en Cristo puede sentirse extraño a esta responsabilidad que proviene de la pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo”. Por lo tanto, se debe prestar especial cuidado para garantizar que todas las áreas de la pastoral, de la catequesis, de la caridad se caractericen por la dimensión misionera: la Iglesia es misión.
Una condición fundamental para el anuncio es dejarse aferrar completamente por Cristo, Palabra de Dios encarnada, porque solo quien, con atención, escucha al Verbo encarnado que está íntimamente unido a El, puede anunciarlo. El mensajero del Evangelio debe permanecer bajo el dominio de la Palabra y alimentarse de los Sacramentos, linfa vital de la que dependen la existencia y el ministerio misionero. Por ello sólo radicados profundamente en Cristo y en su Palabra se puede ser capaz de no ceder a la tentación de reducir la evangelización a un proyecto puramente humano, social, escondiendo o callando la dimensión trascendente de la salvación ofrecida por Dios en Cristo. Es una palabra que debe ser testimoniada,testimonio coherente.
jueves, 19 de mayo de 2011
Reconocerlo
En nuestra vida diaria, cada momento que pasa, cada instante, es un regalo precioso del amor de Dios. Cada instante es una oportunidad para reconocerlo y acercarnos a Él.A veces pensamos que para alcanzar la santidad necesitamos de un “gran momento de heroísmo”, y no es así. Es verdad que Dios le ha pedido a muchos santos y santas de la historia, esas expresiones especiales en momentos cruciales.
Pero es verdad también, que en la gran mayoría de los casos, la santidad se va “construyendo” a través de ir, por así decirlo, sumando esos “momentos diarios de gran amor”.
Es decir, la santidad va creciendo en nosotros primero por la Gracia de Dios que amorosamente nos cubre. Y segundo, por la respuesta que damos a esa gracia. En las cosas cotidianas de nuestra vida, siempre que la medida para realizarlas es el amor….
Es decir, es entender, que el camino de santidad, es un camino que se recorre con Cristo y para Cristo.
No vamos solos, sino que Él nos lleva y nos guía con su amor infinito.
¡"Alo largo de los caminos de la existencia diaria es donde podréis encontrar al Señor"!Esta es la dimensión fundamental del encuentro ; no se trata de hacer alguna cosa ,sino con alguien, con el viviente.
Pero es verdad también, que en la gran mayoría de los casos, la santidad se va “construyendo” a través de ir, por así decirlo, sumando esos “momentos diarios de gran amor”.
Es decir, la santidad va creciendo en nosotros primero por la Gracia de Dios que amorosamente nos cubre. Y segundo, por la respuesta que damos a esa gracia. En las cosas cotidianas de nuestra vida, siempre que la medida para realizarlas es el amor….
Es decir, es entender, que el camino de santidad, es un camino que se recorre con Cristo y para Cristo.
No vamos solos, sino que Él nos lleva y nos guía con su amor infinito.
¡"Alo largo de los caminos de la existencia diaria es donde podréis encontrar al Señor"!Esta es la dimensión fundamental del encuentro ; no se trata de hacer alguna cosa ,sino con alguien, con el viviente.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Dame tu corazón... y yo lo cambiaré. Entrégame tu mente... y yo la limpiaré.
Dame tus pies... y yo los encaminaré. Así de literal, así de cierto.
No esperes recibir para guardar, yo les daba mana día por día.
Así quiero que vivas. Tu dependencia en mí, te da la fuerza...
No anules mi poder, en ti descansa. Yo no soy un Dios que da y que quita.
Si la tierra me es fiel, cuanto plantas en ella, fructifica... cuanto más no será
En mis primicias! Seme fiel hasta el fin... nada te importe.
El mundo cambia siempre y lo que es oro hoy, lodo es mañana.
Yo te respaldo, ve... listo está el mundo; solo ve y comunica.
Tu trabajo es hablar, dar mi palabra... Mi responsabilidad: salvar las almas.
No sientas como pesada carga, el hablar a la gente de mi amor.
"Sermón eucarístico". En virtud de que el evangelio de San Juan fue el último en escribirse, cuando ya toda la comunidad cristiana celebra "la cena del Señor", Juan ha omitido el relato de la "institución" pero ha recogido una serie de instrucciones de Jesús sobre el significado de lo que la comunidad ya celebra y con ellos ha construido esta magnífica catequesis sobre la Eucaristía. En este capítulo 6 hace pasar a la comunidad, del pan que se necesita para vivir (pan común - Maná) al pan que "da la Vida", al pan que hace posible la vida eterna. No desprecia la comida del cuerpo; de hecho primero alimenta a la comunidad físicamente y después espiritualmente. El Cuerpo y la Sangre de Jesús son "verdadera comida", es una comida como la que comieron junto al lago. La comida del pan, alimenta el cuerpo, la Eucaristía, el espíritu. Sin estos alimentos el hombre se debilita y puede morir.
¿Realmente tomas la Eucaristía como un alimento?
Llena, Señor, todos mis espacios de ti, que en cada cosa que hago sea fácil descubrirte, que mi vida sea visiblemente tuya. Y así, Dios mío, dame también el valor para que, cuando a partir de esas acciones diarias me pregunten sobre ti, yo pueda dar un buen testimonio de tu amor y de tu salvación. Hazme, Señor, un instrumento útil para ti.
Un instrumento útil para tí
Dame tus pies... y yo los encaminaré. Así de literal, así de cierto.
No esperes recibir para guardar, yo les daba mana día por día.
Así quiero que vivas. Tu dependencia en mí, te da la fuerza...
No anules mi poder, en ti descansa. Yo no soy un Dios que da y que quita.
Si la tierra me es fiel, cuanto plantas en ella, fructifica... cuanto más no será
En mis primicias! Seme fiel hasta el fin... nada te importe.
El mundo cambia siempre y lo que es oro hoy, lodo es mañana.
Yo te respaldo, ve... listo está el mundo; solo ve y comunica.
Tu trabajo es hablar, dar mi palabra... Mi responsabilidad: salvar las almas.
No sientas como pesada carga, el hablar a la gente de mi amor.
"Sermón eucarístico". En virtud de que el evangelio de San Juan fue el último en escribirse, cuando ya toda la comunidad cristiana celebra "la cena del Señor", Juan ha omitido el relato de la "institución" pero ha recogido una serie de instrucciones de Jesús sobre el significado de lo que la comunidad ya celebra y con ellos ha construido esta magnífica catequesis sobre la Eucaristía. En este capítulo 6 hace pasar a la comunidad, del pan que se necesita para vivir (pan común - Maná) al pan que "da la Vida", al pan que hace posible la vida eterna. No desprecia la comida del cuerpo; de hecho primero alimenta a la comunidad físicamente y después espiritualmente. El Cuerpo y la Sangre de Jesús son "verdadera comida", es una comida como la que comieron junto al lago. La comida del pan, alimenta el cuerpo, la Eucaristía, el espíritu. Sin estos alimentos el hombre se debilita y puede morir.
¿Realmente tomas la Eucaristía como un alimento?
Llena, Señor, todos mis espacios de ti, que en cada cosa que hago sea fácil descubrirte, que mi vida sea visiblemente tuya. Y así, Dios mío, dame también el valor para que, cuando a partir de esas acciones diarias me pregunten sobre ti, yo pueda dar un buen testimonio de tu amor y de tu salvación. Hazme, Señor, un instrumento útil para ti.
Un instrumento útil para tí
Don
Entender lo importante de la fe como un don de Dios. Jesús dice: "Todo aquel que me da el Padre", es decir, el llegar a Jesús no es únicamente voluntad humana sino más bien respuesta al don de la fe. Es un binomio que se debe enlazar y crecer. Dios suscita en mí la fe en la resurrección de Cristo, en su ser Dios, en su presencia en mí, pero ahora debe de haber una respuesta generosa a esta revelación interior de Dios. A mayor fe, se esperaría una respuesta más grande de la persona. Sin embargo ¿qué pasa?, nos encontramos frecuentemente con gente que dice: yo creo en Jesucristo, creo que él es Dios, creo que está vivo, sin embargo su respuesta a esta fe no es congruente con lo que profesa, por ello no tiene Vida, ya que la frase se completa con: "El que viene a mí…" . En otras palabras, Dios nos pone en el corazón el deseo de ir a Jesús, de conocerlo, de amarlo, de tenerlo como Señor, pero ahora depende de nosotros el caminar, es decir, el orar, el conocerlo en su Palabra, el recibirlo verdaderamente como pan de vida. Pan que da la vida eterna. Revisa en estos días qué tan generosa está siendo tu respuesta a la fe que Dios ha suscitado en ti.
Dame tus ojos, Señor, quiero ver como tú ves; dame tu entendimiento, pues quiero entender, como tú entiendes; y dame tu corazón, para tener tus mismos sentimientos.
Quiero permanecer en quietud de corazón a la hora de la tribulación, sabiendo que es tu mano la que me moldea, que es tu toque divino el que está haciendo todo siempre nuevo. Enséñame a permanecer en paz mientras está la tormenta y dejándote actuar pues sé que es ahí donde tu poder se manifiesta con mayor majestad.
Dame tus ojos, Señor, quiero ver como tú ves; dame tu entendimiento, pues quiero entender, como tú entiendes; y dame tu corazón, para tener tus mismos sentimientos.
Quiero permanecer en quietud de corazón a la hora de la tribulación, sabiendo que es tu mano la que me moldea, que es tu toque divino el que está haciendo todo siempre nuevo. Enséñame a permanecer en paz mientras está la tormenta y dejándote actuar pues sé que es ahí donde tu poder se manifiesta con mayor majestad.
lunes, 16 de mayo de 2011
Experiencia
La Providencia nos da la alegría de vivir una gran experiencia de gracia y de luz. Con esta vigilia de oración mariana queremos prepararnos a la celebración de mañana, la solemne beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Seis años después de la muerte de este gran Papa sigue siendo muy fuerte en la Iglesia y en el mundo el recuerdo de quien fue durante 27 años Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Sentimos por el amado pontífice veneración, afecto, admiración y profunda gratitud.
De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.
Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oración.
Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.
Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.
Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía: "el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y salvador".
En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor… Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor… Cristo Redentor… revela plenamente el hombre al mismo hombre…". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvación.
En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los jóvenes decía, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el "discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.
El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, … realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".
La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.
De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.
Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oración.
Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.
Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.
Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía: "el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y salvador".
En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor… Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor… Cristo Redentor… revela plenamente el hombre al mismo hombre…". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvación.
En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los jóvenes decía, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el "discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.
El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, … realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".
La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.
domingo, 8 de mayo de 2011
Perspectiva
Para Erikson (1968) la formación de la identidad es un desarrollo que se lleva a cabo a lo largo de toda la vida, con raíces en los momentos tempranos de nuestra infancia y de auto-reconocimiento, enfatizaba la adolescencia como momento crucial para consolidar la identidad, este punto de vista fue compartido posteriormente por Blos (1962). Erikson (1968) veía al adolescente tratando de integrar lo que conocía de si mismo y de su mundo en un continuum estable de conocimiento del pasado, experiencias presentes y metas futuras con el fin de elaborar un sentido cohesionado de si mismo.
La formación de la identidad por lo tanto es crucial en la elección del compañero de vida, en las formas de percibir el dolor, el amor, en la orientación que podamos tener hacia una profesión, en los anhelos que cada uno de nosotros se propone.
Tausk (2005) al analizar cómo el niño se descubre a sí mismo, planteó que: “El hombre necesita a lo largo de su vida encontrarse y experimentarse de manera diferente y positiva”. También menciona el importantísimo papel que la madre juega, ya que no le da un sentido de identidad al infante sino una identidad; el niño es el órgano, el instrumento para la completud de las madres, es decir, una madre no es madre hasta que tiene al niño en brazos, le da de comer, lo acaricia, lo protege y estas cuestiones no necesariamente son conscientes. Cuando la madre se relaciona con su bebé es lo que le da sentido a su vida, sus miradas se encuentran y es la mirada de la madre que cerciora al bebé de que existe y que tiene vida.
Nos adentraríamos al tema de la completud y por consiguiente de la incompletud. Creemos que son dos palabras muy fáciles de nombrar pero tal vez imposibles de definir. ¿Qué es lo que nos hace completos en esta vida? O tal vez la pregunta correcta sea: ¿Qué nos hace sentir tan incompletos? Será la falta de identidad, o la sensación de que aun no consolidamos eso que queremos. Para algunos la respuesta podría ser que si, que esta completud se inicia por saber quienes somos, que es lo que queremos e identificar perfectamente donde se encuentra esa felicidad tan anhelada.
El inicio de esta búsqueda probablemente comience así, cuestionándonos y planteando interrogantes que tal vez sólo muy en el fondo de nuestro interior se logre concretar una respuesta sobre la identidad y lo que nos lleva a los siguientes cuestionamientos: ¿Será entonces que; uno mismo elige su identidad? O ¿Son los padres los que heredan sus deseos en los hijos? O son ambas cosas.La complejidad de los seres humanos es única y por lo mismo creo que esta búsqueda y esta completud es un trabajo individual y quizás lo que nos motiva es la sensación de la falta, no sabemos a ciencia cierta, la falta de qué. Creemos que sólo en el mejor de los casos tendríamos claridad en que es lo nos haría completos. Sería tal vez el deseo de luchar por nuestros sueños, la perseverancia de encontrar la felicidad.
Es la vida misma, la que muchas veces nos orilla a entrar en pequeñas y grandes crisis, y lo anhelado básicamente sería: lograr un sentimiento de continuidad a lo largo del tiempo, de completud, compromiso emocional y el desarrollo o la aceptación de una visión del mundo que da significado a la vida y cierto reconocimiento del lugar que uno ocupa en el mundo para los otros
La formación de la identidad por lo tanto es crucial en la elección del compañero de vida, en las formas de percibir el dolor, el amor, en la orientación que podamos tener hacia una profesión, en los anhelos que cada uno de nosotros se propone.
Tausk (2005) al analizar cómo el niño se descubre a sí mismo, planteó que: “El hombre necesita a lo largo de su vida encontrarse y experimentarse de manera diferente y positiva”. También menciona el importantísimo papel que la madre juega, ya que no le da un sentido de identidad al infante sino una identidad; el niño es el órgano, el instrumento para la completud de las madres, es decir, una madre no es madre hasta que tiene al niño en brazos, le da de comer, lo acaricia, lo protege y estas cuestiones no necesariamente son conscientes. Cuando la madre se relaciona con su bebé es lo que le da sentido a su vida, sus miradas se encuentran y es la mirada de la madre que cerciora al bebé de que existe y que tiene vida.
Nos adentraríamos al tema de la completud y por consiguiente de la incompletud. Creemos que son dos palabras muy fáciles de nombrar pero tal vez imposibles de definir. ¿Qué es lo que nos hace completos en esta vida? O tal vez la pregunta correcta sea: ¿Qué nos hace sentir tan incompletos? Será la falta de identidad, o la sensación de que aun no consolidamos eso que queremos. Para algunos la respuesta podría ser que si, que esta completud se inicia por saber quienes somos, que es lo que queremos e identificar perfectamente donde se encuentra esa felicidad tan anhelada.
El inicio de esta búsqueda probablemente comience así, cuestionándonos y planteando interrogantes que tal vez sólo muy en el fondo de nuestro interior se logre concretar una respuesta sobre la identidad y lo que nos lleva a los siguientes cuestionamientos: ¿Será entonces que; uno mismo elige su identidad? O ¿Son los padres los que heredan sus deseos en los hijos? O son ambas cosas.La complejidad de los seres humanos es única y por lo mismo creo que esta búsqueda y esta completud es un trabajo individual y quizás lo que nos motiva es la sensación de la falta, no sabemos a ciencia cierta, la falta de qué. Creemos que sólo en el mejor de los casos tendríamos claridad en que es lo nos haría completos. Sería tal vez el deseo de luchar por nuestros sueños, la perseverancia de encontrar la felicidad.
Es la vida misma, la que muchas veces nos orilla a entrar en pequeñas y grandes crisis, y lo anhelado básicamente sería: lograr un sentimiento de continuidad a lo largo del tiempo, de completud, compromiso emocional y el desarrollo o la aceptación de una visión del mundo que da significado a la vida y cierto reconocimiento del lugar que uno ocupa en el mundo para los otros
Sentimiento
Le ternura podría decirse es el sentimiento que nos hace ser conscientes de las necesidades, deseos y afectos de otra persona.
La ternura surge del deseo ansioso de estar con la otra persona y del hecho de que dos personas deseen estar juntas y compartan un acto de amor, un momento, un instante, pero que mantienen el deseo por volver a recuperar el momento del encuentro.
“La afirmación de nosotros como personas e individuos es algo que se busca en el acto del amor y es una sana y muy significativa vía para alcanzar el sentido de la identidad personal”.
Quizás existe una sensación de que no dura, de que pasa muy rápido y en el fondo hay algo de tristeza pues es como escuchar una canción y si no se escucha en ese momento se pierde para siempre y si se escucha de todas formas se vive, se disfruta, se goza, pero con la triste sensación de que en cualquier momento terminara y la forma de escucharla después, nunca será igual ni se sentirá de la misma forma. Esto es una analogía a lo que de pronto pudiera sentirse en el amor, “nunca será igual”.
Importantísimo en el amor es que el individuo tenga el deseo de “darse” al otro. “Dar” es alcanzar también y es la única forma de llegar al amor a la ternura y al goce con otra persona.
El amor prevalece sólo de esa constancia y es la constancia de compartir, de ofrecer de nosotros lo que somosy de lo que somos capaces de brindar para hacer feliz a una persona,de entregar nuestra alma y gozar compartiendo ternura y la felicidad de obtener la búsqueda tan anhelada de la humanidad
La ternura surge del deseo ansioso de estar con la otra persona y del hecho de que dos personas deseen estar juntas y compartan un acto de amor, un momento, un instante, pero que mantienen el deseo por volver a recuperar el momento del encuentro.
“La afirmación de nosotros como personas e individuos es algo que se busca en el acto del amor y es una sana y muy significativa vía para alcanzar el sentido de la identidad personal”.
Quizás existe una sensación de que no dura, de que pasa muy rápido y en el fondo hay algo de tristeza pues es como escuchar una canción y si no se escucha en ese momento se pierde para siempre y si se escucha de todas formas se vive, se disfruta, se goza, pero con la triste sensación de que en cualquier momento terminara y la forma de escucharla después, nunca será igual ni se sentirá de la misma forma. Esto es una analogía a lo que de pronto pudiera sentirse en el amor, “nunca será igual”.
Importantísimo en el amor es que el individuo tenga el deseo de “darse” al otro. “Dar” es alcanzar también y es la única forma de llegar al amor a la ternura y al goce con otra persona.
El amor prevalece sólo de esa constancia y es la constancia de compartir, de ofrecer de nosotros lo que somosy de lo que somos capaces de brindar para hacer feliz a una persona,de entregar nuestra alma y gozar compartiendo ternura y la felicidad de obtener la búsqueda tan anhelada de la humanidad
Estado
Podríamos decir que la soltería es el estado natural en el que nacimos todas las personas. Todos nacimos solteros; no ha habido ningún caso en la historia de la humanidad en el que alguien nazca casado.
También tenemos que definir la soltería como un estado transitorio o permanente, en el que una persona se encuentra sin una pareja con la cual compartir su vida y que, además, nunca ha estado casada.
Muchas personas divorciadas o separadas se consideran solteras, emocionalmente hablando son cosas distintas. No es igual el dolor de un divorcio o de una separación, que el dolor y situación de un “solterón” o una “solterona”. La situación emocional es distinta. El divorciado ya ha demostrado que puede establecer una relación, en cambio el soltero no ha podido. Y aunque las causas de la soltería son múltiples y pueden ir desde el miedo al compromiso hasta ser una decisión personal, lo real es que hay muchas formas de ser soltero, muchas personas lo padecen otras en cambio lo agradecen. ¿Cuál es la diferencia?
Una de las causas puede ser el que hay dos formas de soltería, en general aún que podríamos decir que hay tantas formas de ser soltero como solteros hay en el mundo; sin embargo sin pretender tener una clasificación estricta, podríamos decir que los vamos a dividir en dos: la soltería transitoria y la soltería permanente; dicho de otra manera, no es lo mismo estar soltero que ser soltero.
La soledad se padece, las personas con este tipo de soltería en realidad quieren tener una pareja, vivir una relación, un noviazgo, casarse. Uno puede descubrir que por muchas causas se está soltero en este momento de la vida, pero no es el estado que uno quiere asumir para siempre.
Alguien sabe que está soltero porque generalmente padece este estado, le causa vergüenza, malestar y sobre todo insatisfacción personal.
Se recomienda que salgas de este circulo vicioso, el círculo de la autocompasión, la desesperación y la lástima, que pienses que es un estado pasajero y que de ti depende dejar este estado, si esperas que se te aparezca una hada madrina y te ayude, pues puedes seguir esperando porque seguro no va a llegar nunca, pero si te das la oportunidad de conocer nuevas personas, hacer nuevas amistades, tal vez también pronto tengas un nuevo amor. Ser soltero es algo permanente, es un estado de vida que libremente se ha asumido, que se ha aceptado o que incluso se desea. Es una vocación.
Y por ser una vocación no tiene que entenderse como algo egoísta ni tampoco entenderlo como muchas personas que, por miedo al compromiso, deciden quedarse solteros por no querer que otra persona entre a su vida, y mucho menos como una moda para poder hacer todo lo que te venga en gana. El ser soltero debe de ser entendido como un camino de realización personal; es otro camino –muy válido- de amar la vida y aceptarla.
Uno/a descubre su vocación a la soltería, porque se siente pleno y realizado siendo soltero, porque puede tener relaciones interpersonales sanas y profundas, porque aunque no tiene pareja, no está solo, cuenta con amistades, con familia, o con un proyecto de vida que lo hace sentir parte de algo.
Ser soltero es entender la soltería como un estado de realización personal que te permite servir con una mayor disponibilidad de tiempo a la humanidad, al servicio de los demás, que te permite e incluso debe de “obligarte” a buscar tener relaciones interpersonales sanas y profundas, ha hacer el bien a los demás a través de las ciencias, el arte, la política, etc. A tener claro un propósito en la vida y llevar a cabo esa misión.
No es lo mismo decir soy soltero que estoy soltero. Estar es transitorio, pasajero; en cambio, ser soltero es algo permanente. No olvidemos que la soltería es un tiempo de conocimiento personal, de aprender a poner límites, de responsabilizarte de tus decisiones y de mejorar tus relaciones interpersonales. Que te sientas más pleno y realizado con tu estado de vida, serás más feliz, lo cual puede ayudar a conseguir la tan añorada pareja, o en su caso a darse cuenta que ya sea soltero o casado la felicidad es una tarea personal, y que si te casas serás feliz y si sigues soltero también lo serás.
También tenemos que definir la soltería como un estado transitorio o permanente, en el que una persona se encuentra sin una pareja con la cual compartir su vida y que, además, nunca ha estado casada.
Muchas personas divorciadas o separadas se consideran solteras, emocionalmente hablando son cosas distintas. No es igual el dolor de un divorcio o de una separación, que el dolor y situación de un “solterón” o una “solterona”. La situación emocional es distinta. El divorciado ya ha demostrado que puede establecer una relación, en cambio el soltero no ha podido. Y aunque las causas de la soltería son múltiples y pueden ir desde el miedo al compromiso hasta ser una decisión personal, lo real es que hay muchas formas de ser soltero, muchas personas lo padecen otras en cambio lo agradecen. ¿Cuál es la diferencia?
Una de las causas puede ser el que hay dos formas de soltería, en general aún que podríamos decir que hay tantas formas de ser soltero como solteros hay en el mundo; sin embargo sin pretender tener una clasificación estricta, podríamos decir que los vamos a dividir en dos: la soltería transitoria y la soltería permanente; dicho de otra manera, no es lo mismo estar soltero que ser soltero.
La soledad se padece, las personas con este tipo de soltería en realidad quieren tener una pareja, vivir una relación, un noviazgo, casarse. Uno puede descubrir que por muchas causas se está soltero en este momento de la vida, pero no es el estado que uno quiere asumir para siempre.
Alguien sabe que está soltero porque generalmente padece este estado, le causa vergüenza, malestar y sobre todo insatisfacción personal.
Se recomienda que salgas de este circulo vicioso, el círculo de la autocompasión, la desesperación y la lástima, que pienses que es un estado pasajero y que de ti depende dejar este estado, si esperas que se te aparezca una hada madrina y te ayude, pues puedes seguir esperando porque seguro no va a llegar nunca, pero si te das la oportunidad de conocer nuevas personas, hacer nuevas amistades, tal vez también pronto tengas un nuevo amor. Ser soltero es algo permanente, es un estado de vida que libremente se ha asumido, que se ha aceptado o que incluso se desea. Es una vocación.
Y por ser una vocación no tiene que entenderse como algo egoísta ni tampoco entenderlo como muchas personas que, por miedo al compromiso, deciden quedarse solteros por no querer que otra persona entre a su vida, y mucho menos como una moda para poder hacer todo lo que te venga en gana. El ser soltero debe de ser entendido como un camino de realización personal; es otro camino –muy válido- de amar la vida y aceptarla.
Uno/a descubre su vocación a la soltería, porque se siente pleno y realizado siendo soltero, porque puede tener relaciones interpersonales sanas y profundas, porque aunque no tiene pareja, no está solo, cuenta con amistades, con familia, o con un proyecto de vida que lo hace sentir parte de algo.
Ser soltero es entender la soltería como un estado de realización personal que te permite servir con una mayor disponibilidad de tiempo a la humanidad, al servicio de los demás, que te permite e incluso debe de “obligarte” a buscar tener relaciones interpersonales sanas y profundas, ha hacer el bien a los demás a través de las ciencias, el arte, la política, etc. A tener claro un propósito en la vida y llevar a cabo esa misión.
No es lo mismo decir soy soltero que estoy soltero. Estar es transitorio, pasajero; en cambio, ser soltero es algo permanente. No olvidemos que la soltería es un tiempo de conocimiento personal, de aprender a poner límites, de responsabilizarte de tus decisiones y de mejorar tus relaciones interpersonales. Que te sientas más pleno y realizado con tu estado de vida, serás más feliz, lo cual puede ayudar a conseguir la tan añorada pareja, o en su caso a darse cuenta que ya sea soltero o casado la felicidad es una tarea personal, y que si te casas serás feliz y si sigues soltero también lo serás.
martes, 3 de mayo de 2011
Proyección
“Hoy damos las gracias al Señor por habernos dado un Pastor como él. Un Pastor que sabía leer los signos de la presencia de Dios en la historia humana y que anunciaba después Sus grandes obras en todo el mundo y en todas las lenguas. Un Pastor que había enraizado en sí mismo el sentido de la misión, del compromiso de evangelizar, de anunciar la Palabra de Dios por todas partes”.
También destacó del beato que fue “ un Testigo tan creíble, tan transparente, que nos ha enseñado como se debe vivir la fe y defender los valores cristianos, a comenzar la vida, sin complejos, sin miedos; como se debe testimoniar la fe con valentía y coherencia”.
“Le damos gracias al Señor por habernos dado un Papa que ha sabido dar a la Iglesia Católica no sólo una proyección universal y una autoridad moral a nivel mundial”, pero también “una visión más espiritual, más bíblica, más centrada en la Palabra de Dios”.
Gracias a él, subrayó, la Iglesia “ha sabido renovarse, lanzando “una nueva evangelización”, intensificando los lazos ecuménicos e interreligiosos, y encontrar los caminos para un diálogo fructífero con las nuevas generaciones”.
Juan Pablo II, añadió, “era un hombre verdadero porque estaba inseparablemente ligado a Aquel que es la Verdad. Siguiendo a Aquel que es el Camino, era un hombre siempre en camino, siempre esforzándose el en bien para todas las personas, para la Iglesia, para el mundo. Era un hombre vivo, porque estaba lleno de la Vida que es Cristo”.
“Todos hemos visto como se le fue quitando todo lo que humanamente podía impresionar; la fuerza física, la expresión del cuerpo, la posibilidad de moverse y hasta la palabra. Y entonces, más que nunca, él le confío su vida y su misión a Cristo, porque sólo Cristo puede salvar al mundo”.
“Sabía que su debilidad corporal hacía presente todavía más claramente a Cristo que obra en la historia . Y ofreciéndole sus sufrimientos a Él y a su Iglesia, nos dio a todos nosotros una última gran lección de humanidad y de abandono en los brazos de Dios”.
También destacó del beato que fue “ un Testigo tan creíble, tan transparente, que nos ha enseñado como se debe vivir la fe y defender los valores cristianos, a comenzar la vida, sin complejos, sin miedos; como se debe testimoniar la fe con valentía y coherencia”.
“Le damos gracias al Señor por habernos dado un Papa que ha sabido dar a la Iglesia Católica no sólo una proyección universal y una autoridad moral a nivel mundial”, pero también “una visión más espiritual, más bíblica, más centrada en la Palabra de Dios”.
Gracias a él, subrayó, la Iglesia “ha sabido renovarse, lanzando “una nueva evangelización”, intensificando los lazos ecuménicos e interreligiosos, y encontrar los caminos para un diálogo fructífero con las nuevas generaciones”.
Juan Pablo II, añadió, “era un hombre verdadero porque estaba inseparablemente ligado a Aquel que es la Verdad. Siguiendo a Aquel que es el Camino, era un hombre siempre en camino, siempre esforzándose el en bien para todas las personas, para la Iglesia, para el mundo. Era un hombre vivo, porque estaba lleno de la Vida que es Cristo”.
“Todos hemos visto como se le fue quitando todo lo que humanamente podía impresionar; la fuerza física, la expresión del cuerpo, la posibilidad de moverse y hasta la palabra. Y entonces, más que nunca, él le confío su vida y su misión a Cristo, porque sólo Cristo puede salvar al mundo”.
“Sabía que su debilidad corporal hacía presente todavía más claramente a Cristo que obra en la historia . Y ofreciéndole sus sufrimientos a Él y a su Iglesia, nos dio a todos nosotros una última gran lección de humanidad y de abandono en los brazos de Dios”.
lunes, 2 de mayo de 2011
Algido
De nuevo Jesús toca el punto álgido de la gente religiosa: no basta conocer, hay que vivir; no basta la fe, hay que actuar. Siempre que se lee la Sagrada Escritura debemos buscar en ella el mensaje que Dios tiene para nosotros en el "aquí y en el ahora". Los fariseos habían leído la Escritura pero no fueron capaces de reconocer a Jesús; no lo reconocieron ni por sus palabras ni por sus obras ni por el testimonio que Juan dio de él; no lo reconocieron en el "aquí y ahora". Al leer el Texto Sagrado debemos pensar que Dios nos habla para el momento preciso que estamos viviendo. Que la gente que nos rodea y los acontecimientos diarios son parte de esta palabra que se hace profecía y vida en nosotros. Tener fe, es creer que la palabra leída con atención y devoción, es viva y actual, que me interpela bajo las condiciones particulares en las que vivo cada día. Al leer la Escritura debemos tener la actitud de Jesús cuando en la sinagoga, después de leer el texto sagrado dijo: "Hoy se ha realizado esta palabra que acaban de oír". Sólo inténtalo, verás que es verdad.
Ayuna de juzgar a otros; descubre a Cristo que vive en ellos.
Ayuna de palabras hirientes; llénate de frases sanadoras.
Ayuna de descontento; llénate de gratitud. Ayuna de enojos; llénate de paciencia.
Ayuna de pesimismo; llénate de esperanza cristiana.
Ayuna de preocupaciones; llénate de confianza en Dios.
Ayuna de quejarte; llénate de aprecio por la maravilla que es la vida.
Ayuna de las presiones que no cesan; llénate de una oración que no acabe.
Ayuna de amargura; llénate de perdón.
Ayuna de darte importancia a ti mismo; llénate de compasión por los demás.
Ayuna de ansiedad sobre tus cosas; comprométete en la propagación del Reino.
Ayuna de desaliento; llénate del entusiasmo de la fe. Ayuna de pensamientos mundanos; llénate de las verdades que fundamentan la santidad.
Ayuna de todo lo que te separe de Jesús; llénate de todo lo que a El te acerque.
Ayuna de juzgar a otros; descubre a Cristo que vive en ellos.
Ayuna de palabras hirientes; llénate de frases sanadoras.
Ayuna de descontento; llénate de gratitud. Ayuna de enojos; llénate de paciencia.
Ayuna de pesimismo; llénate de esperanza cristiana.
Ayuna de preocupaciones; llénate de confianza en Dios.
Ayuna de quejarte; llénate de aprecio por la maravilla que es la vida.
Ayuna de las presiones que no cesan; llénate de una oración que no acabe.
Ayuna de amargura; llénate de perdón.
Ayuna de darte importancia a ti mismo; llénate de compasión por los demás.
Ayuna de ansiedad sobre tus cosas; comprométete en la propagación del Reino.
Ayuna de desaliento; llénate del entusiasmo de la fe. Ayuna de pensamientos mundanos; llénate de las verdades que fundamentan la santidad.
Ayuna de todo lo que te separe de Jesús; llénate de todo lo que a El te acerque.
Sintetizar
Con toda verdad y solemnidad que Juan Pablo II era un santo. Esa es la palabra con la que mejor podemos sintetizar su vida. Naturalmente, la proclamación como beato es el primer escalón y el proceso de reconocimiento de las virtudes heroicas que la Iglesia hace de sus hijos. Pero esa es la palabra clave”, precisó. “Juan Pablo II fue un Papa joven para lo que es la edad media de los papas en el segundo milenio de la historia de la Iglesia, e irrumpió en ella con una fuerza y un dinamismo humano que era lo que más se notaba hacia fuera: sus viajes, su simpatía, su capacidad de fascinar a los jóvenes, etc.., pero ciertamente un dinamismo sobrenatural y espiritual fuera de serie”.
“Si uno repasa toda su actuación magisterial como testigo del evangelio y de la fe, los temas que tocó, lo hizo con mucha profundidad. También puso en práctica los Sínodos de los obispos. Y abordó otros temas más cercanos a la vida diaria, la vida personal, social, incluso de los grandes temas de la familia humana, de la comunidad internacional, ya que fue un testigo y un promotor incansable de la paz”, señaló.
Por eso, dijo que “es muy difícil que un Papa que posea una personalidad como la de Juan Pablo II no influya en el mundo”. “Él llevó esa huella y ese principio de catolicidad, con su manera de ser pastor de la Iglesia universal, a unas fórmulas y a unos modos que fascinaron y llamaron la atención de todo el mundo, y que influyeron en el destino de la historia del último tercio del siglo XX de una manera decisiva. Basta recordar la caída del Muro de Berlín como un signo de su eficacia y como un dato simbólico de la misma. O los cuatro presidentes de los Estados Unidos de América y sus esposas arrodillados ante el cadáver de Juan Pablo II. Todo un símbolo de dónde había llegado su influencia y su presencia en el mundo”.
También destacó “la multitud de jóvenes que le aclamaron como Santo Súbito el día de su entierro. Las gentes más sencillas que vinieron de todo el mundo es otra prueba de que había sido un Papa que había realizado su misión y su vocación de Cristo en la Tierra extraordinariamente bien”
“Si uno repasa toda su actuación magisterial como testigo del evangelio y de la fe, los temas que tocó, lo hizo con mucha profundidad. También puso en práctica los Sínodos de los obispos. Y abordó otros temas más cercanos a la vida diaria, la vida personal, social, incluso de los grandes temas de la familia humana, de la comunidad internacional, ya que fue un testigo y un promotor incansable de la paz”, señaló.
Por eso, dijo que “es muy difícil que un Papa que posea una personalidad como la de Juan Pablo II no influya en el mundo”. “Él llevó esa huella y ese principio de catolicidad, con su manera de ser pastor de la Iglesia universal, a unas fórmulas y a unos modos que fascinaron y llamaron la atención de todo el mundo, y que influyeron en el destino de la historia del último tercio del siglo XX de una manera decisiva. Basta recordar la caída del Muro de Berlín como un signo de su eficacia y como un dato simbólico de la misma. O los cuatro presidentes de los Estados Unidos de América y sus esposas arrodillados ante el cadáver de Juan Pablo II. Todo un símbolo de dónde había llegado su influencia y su presencia en el mundo”.
También destacó “la multitud de jóvenes que le aclamaron como Santo Súbito el día de su entierro. Las gentes más sencillas que vinieron de todo el mundo es otra prueba de que había sido un Papa que había realizado su misión y su vocación de Cristo en la Tierra extraordinariamente bien”
domingo, 1 de mayo de 2011
Consolación
Señor, que mi vida sea una constante invitación a los que te rechazan, que puedan todos ellos quedar admirados y plenamente convencidos de que mi manera de vivir y todo lo bueno que me ocurre se debe a tu nombre y a la fe en ti; que sepan que eres tú quien me robustece y me restituye. Al mismo tiempo, Señor, te pido perdón porque aunque te amo profundamente y quiero que seas conocido, también yo te he rechazado con mis acciones, también yo tengo situaciones en las que no te dejo obrar libremente. Por mí y por los que te rechazan, Jesús, te pido que tengas misericordia y nos concedas tu En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra .
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.
Hasta hoy incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológica la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo ( Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.
Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han visto obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.
Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.
Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza.
Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva ( Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.
Gracias, Señor Jesús, por tu presencia, tu amor y compañía en este caminar de mi existencia. Quiero sembrar paz, solidaridad y amor entre mis hermanos. Que cuantos se me allegan, ninguno deje de escucharme algo que pueda serle útil. Que ninguno note debilitada su fe en sí mismo. Que ninguno se retire sin alivio en sus dolores y dificultades.
Déjame sentir tu honda paz, presente en cada experiencia en la armonía de vivir Guárdame de palabras ociosas y vanas fantasías. Calma la carrera de mi mente para que mis pensamientos tengan claridad y la luz de tu Santo Espíritu me ilumine en cada instante de este día. Bien sé Señor que esta tarea la comienza cada día muchos hermanos de cualquier punto de la tierra y eso me alienta y empuja. También te pido por ellos y con ellos te digo: Buenos cristianos
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.
Hasta hoy incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológica la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo ( Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.
Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han visto obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.
Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.
Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza.
Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva ( Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.
Gracias, Señor Jesús, por tu presencia, tu amor y compañía en este caminar de mi existencia. Quiero sembrar paz, solidaridad y amor entre mis hermanos. Que cuantos se me allegan, ninguno deje de escucharme algo que pueda serle útil. Que ninguno note debilitada su fe en sí mismo. Que ninguno se retire sin alivio en sus dolores y dificultades.
Déjame sentir tu honda paz, presente en cada experiencia en la armonía de vivir Guárdame de palabras ociosas y vanas fantasías. Calma la carrera de mi mente para que mis pensamientos tengan claridad y la luz de tu Santo Espíritu me ilumine en cada instante de este día. Bien sé Señor que esta tarea la comienza cada día muchos hermanos de cualquier punto de la tierra y eso me alienta y empuja. También te pido por ellos y con ellos te digo: Buenos cristianos
Vigilia
La Providencia nos da esta tarde la alegría de vivir una gran experiencia de gracia y de luz. Con esta vigilia de oración mariana queremos prepararnos a la celebración de mañana, la solemne beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Seis años después de la muerte de este gran Papa sigue siendo muy fuerte en la Iglesia y en el mundo el recuerdo de quien fue durante 27 años Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Sentimos por el amado pontífice veneración, afecto, admiración y profunda gratitud.
De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.
Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oración.
Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.
Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.
Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía: "el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y salvador".
En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor… Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor… Cristo Redentor… revela plenamente el hombre al mismo hombre…". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvación.
En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" - como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los jóvenes –decía-, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el "discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.
El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, … realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".
La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.
Cardenal Agostino Vallini
De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.
Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oración.
Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.
Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.
Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía: "el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y salvador".
En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor… Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor… Cristo Redentor… revela plenamente el hombre al mismo hombre…". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvación.
En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" - como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los jóvenes –decía-, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el "discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.
El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, … realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".
La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.
Cardenal Agostino Vallini
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