martes, 4 de octubre de 2011

Recibido

Habiendo recibido a Nuestro Señor en la Eucaristía, teniéndolo
presente en nuestro cuerpo, no vayamos a dejarlo completamente solo, para
ocuparnos de otra cosa, sin hacerle más caso...: que él sea nuestra única
ocupación. Dirijámonos a él con una oración ferviente; entretengámonos con
él con entusiastas meditaciones. Digamos con el profeta: «Escucharé las
palabras que el Señor me dice en lo más íntimo de mi corazón» (Sal. 84,9).
Ya que, si... le prestamos toda nuestra atención, no dejará de pronunciar
en nuestro interior, bajo forma de inspiraciones, tal o cual palabra
destinada a aportarnos un gran consuelo espiritual y de provecho para
nuestra alma. Seamos a la vez Marta y María. Con Marta,
procuremos que toda nuestra actividad exterior sea en beneficio de Él,
consiste en hacerle buen recibimiento, a Él primero, y también por amor a
Él, a todos los que le acompañan, es decir, a los pobres de los que Él
mismo tiene a cada uno, no sólo por su discípulo, sino por sí mismo: «Lo
que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a mí mismo me lo hacéis» (Mt
25,40)... Esforcémonos en retener a nuestro huésped. Digámosle con los dos
discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor» (Lc 24,29). Y entonces,
estemos seguros, de que no se alejará de nosotros, a menos que nosotros
mismos le alejemos por nuestra ingratitud.

No hay comentarios:

Publicar un comentario