martes, 18 de septiembre de 2012

Mensajeros

Amigos, vosotros vivís hoy en esta parte del mundo que ha visto el nacimiento de Jesús y el desarrollo del cristianismo. Es un gran honor. Y es una llamada a la fidelidad, al amor por vuestra región, y especialmente a ser testigos y mensajeros de la alegría de Cristo, porque la fe transmitida por los Apóstoles lleva a la plena libertad y al gozo, como lo han mostrado tantos santos y beatos de este país. Su mensaje ilumina la Iglesia universal. Y puede seguir iluminando vuestras vidas. Entre los Apóstoles y los santos, muchos vivieron periodos difíciles, y su fe fue la fuente de su valor y de su testimonio. Que encontréis en su ejemplo e intercesión la inspiración y el apoyo que necesitáis.

Conozco las dificultades que tenéis en la vida cotidiana, debido a la falta de estabilidad y seguridad, al problema de encontrar trabajo o incluso al sentimiento de soledad y marginación. En un mundo en continuo movimiento, os enfrentáis a muchos y graves desafíos. Pero ni siquiera el desempleo y la precariedad deben incitaros a probar la «miel amarga» de la emigración, con el desarraigo y la separación en pos de un futuro incierto. Se trata de que vosotros seáis los artífices del futuro de vuestro país, y cumpláis con vuestro papel en la sociedad y en la Iglesia.

Tenéis un lugar privilegiado en mi corazón y en toda la Iglesia, porque la Iglesia es siempre joven. La Iglesia confía en vosotros. Cuenta con vosotros. Sed jóvenes en la Iglesia. Sed jóvenes con la Iglesia. La Iglesia necesita vuestro entusiasmo y creatividad. La juventud es el momento en el que se aspira a grandes ideales, y el periodo en que se estudia para prepararse a una profesión y a un porvenir. Esto es importante y exige su tiempo. Buscad lo que es hermoso y gozad en hacer el bien. Dad testimonio de la grandeza y la dignidad de vuestro cuerpo, que es «para el Señor» (1 Co 6,13b). Tened la delicadeza y la rectitud de los corazones puros. Como el beato Juan Pablo II, yo también os repito: «No tengáis miedo. Abrid las puertas de vuestro espíritu y vuestro corazón a Cristo». El encuentro con él «da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1). En él encontraréis la fuerza y el valor para avanzar en el camino de vuestra vida, superando así las dificultades y aflicciones. En él encontraréis la fuente de la alegría. Cristo os dice: «Salami ō-tīkum». Aquí está la revolución que Cristo ha traído, la revolución del amor.

Las frustraciones que se presentan no os deben conducir a refugiaros en mundos paralelos como, entre otros, el de las drogas de cualquier tipo, o el de la tristeza de la pornografía. En cuanto a las redes sociales, son interesantes, pero pueden llevar fácilmente a una dependencia y a la confusión entre lo real y lo virtual. Buscad y vivid relaciones ricas de amistad verdadera y noble. Adoptad iniciativas que den sentido y raíces a vuestra existencia, luchando contra la superficialidad y el consumo fácil. También os acecha otra tentación, la del dinero, ese ídolo tirano que ciega hasta el punto de sofocar a la persona y su corazón. Los ejemplos que os rodean no siempre son los mejores. Muchos olvidan la afirmación de Cristo, cuando dice que no se puede servir a Dios y al dinero (  Lc 16,13). Buscad buenos maestros, maestros espirituales, que sepan indicaros la senda de la madurez, dejando lo ilusorio, lo llamativo y la mentira.

Sed portadores del amor de Cristo. ¿Cómo? Volviendo sin reservas a Dios, su Padre, que es la medida de lo justo, lo verdadero y lo bueno. Meditad la Palabra de Dios. Descubrid el interés y la actualidad del Evangelio. Orad. La oración, los sacramentos, son los medios seguros y eficaces para ser cristianos y vivir «arraigados y edificados en Cristo, afianzados en la fe» (Col 2,7). El Año de la fe que está para comenzar será una ocasión para descubrir el tesoro de la fe recibida en el bautismo. Podéis profundizar en su contenido estudiando el Catecismo, para que vuestra fe sea viva y vivida. Entonces os haréis testigos del amor de Cristo para los demás. En él, todos los hombres son nuestros hermanos. La fraternidad universal inaugurada por él en la cruz reviste de una luz resplandeciente y exigente la revolución del amor. «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,35). En esto reside el testamento de Jesús y el signo del cristiano. Aquí está la verdadera revolución del amor.

Por tanto, Cristo os invita a hacer como él, a acoger sin reservas al otro, aunque pertenezca a otra cultura, religión o país. Hacerle sitio, respetarlo, ser bueno con él, nos hace siempre más ricos en humanidad y fuertes en la paz del Señor. Sé que muchos de vosotros participáis en diversas actividades promovidas por las parroquias, las escuelas, los movimientos o las asociaciones. Es hermoso trabajar con y para los demás. Vivir juntos momentos de amistad y alegría permite resistir a los gérmenes de división, que constantemente se han de combatir. La fraternidad es una anticipación del cielo. Y la vocación del discípulo de Cristo es ser «levadura» en la masa, como dice san Pablo: «Un poco de levadura hace fermentar toda la masa» (Ga 5,9). Sed los mensajeros del evangelio de la vida y de los valores de la vida. Resistid con valentía a aquello que la niega: el aborto, la violencia, el rechazo y desprecio del otro, la injusticia, la guerra. Así irradiaréis la paz en vuestro entorno. ¿Acaso no son a los «artífices de la paz» a quienes en definitiva más admiramos? ¿No es la paz ese bien precioso que toda la humanidad está buscando? Y, ¿no es un mundo de paz para nosotros y para los demás lo que deseamos en lo más profundo? «Salami ō-tīkum», dice Jesús. Él no ha vencido el mal con otro mal, sino tomándolo sobre sí y aniquilándolo en la cruz mediante el amor vivido hasta el extremo. Descubrir de verdad el perdón y la misericordia de Dios, permite recomenzar siempre una nueva vida. No es fácil perdonar. Pero el perdón de Dios da la fuerza de la conversión y, a la vez, el gozo de perdonar. El perdón y la reconciliación son caminos

Tarde te encontré

¿Quién me dará descansar en Ti? ¿Quién me dará que vengas a mi
corazón y le embriagues, para que olvide mis maldades y me abrace
contigo, único bien mío? ¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí
para que te lo pueda decir. ¿Y qué soy yo para ti para que me mandes
que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con
ingentes miserias? ¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte? ¡Ay de
mí! Dime por tus misericordias, Señor y Dios mío, qué eres para mí.
Di a mi alma: "Yo soy tu salud." Que yo corra tras esta voz y te dé
alcance. No quieras esconderme tu rostro. Muera yo para que no muera
y pueda así verle.

Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada
por Ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus
ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro
clamaré fuera de Ti? Tú lo sabes, Señor. No quiero contender en
juicio contigo, que eres la verdad, y no quiero engañarme a mí mismo,
para que no se engañe a sí misma mi iniquidad.

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves
que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y
deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú
creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. reteníanme
lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y
resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré,
y suspiro por tí;gusteéde tí, y siento hambre y sed;tocaste mi corazón
está inquieto hasta que descanse en tí.

San Agustín

La riqueza del testimonio de su conversión. Subrayamos algunos rasgos, que resultan de extraordinaria actualidad. El primero es el paso de “vivir fuera de mí”, enajenado (en el sentido genuino de la palabra), a vivir auténticamente, es decir, desde la verdad que hay dentro de uno mismo, en el corazón. El descubrimiento de la interioridad fue para él como hallar un océano de realismo, una mina de infinitas vetas de oro, un mundo de vacíos y anhelos olvidados. Descubrió allí el profundo deseo de Dios, cuando sentía el hambre de una Belleza, una Verdad y un Amor sin límites.
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que estabas tú dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba yo y sobre esas hermosuras que tú creaste me arrojaba deforme. Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Lejos de ti me tenían aquellas cosas, que si no estuvieran en ti, no tendrían ser. Clamaste y diste voces, y rompiste mi sordera; relampagueaste, resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste fragancia, la respiré y anhelo por ti; gusté de ti y tengo hambre y tengo sed; me tocaste y me abrasé en deseo de tu paz” (Confesiones, X,27,38).
Otro rasgo de su proceso es la necesidad, sentida en primera persona a lo largo su camino de búsqueda para lograr la felicidad, de superar dos “tipos de hombres”, como dijo él mismo predicando en Cartago, el año 413: el materialista (representado por los epicúreos de su tiempo) y el espiritualista (como los estoicos). Unos defenderán el goce al máximo de todo lo que está a nuestro alcance en el mundo sensible; los otros sostendrán que sólo el cultivo del espíritu, el control y el equilibrio interior, podrán dar la paz. La alternativa cristiana, el hombre cristiano, será el que vive de la gracia, experimentada en la historia concreta y visible, aunque descubierta y disfrutada por el corazón sencillo del que se deja amar.

Grande eres, Señor, y laudable sobre manera; grande es tu poder, y tu
sabiduría no tiene numero. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña
parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su
mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio
de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre,
pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo
que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro

domingo, 16 de septiembre de 2012

Impregnar

La fe cristiana tiene la capacidad de impregnar todos los aspectos de la vida del ser humano. Lleva en si misma una vocación de totalidad. El Hijo de Dios, al haber asumido nuestra condición humana, no deja ningún aspecto de la vida humana sin iluminar ni transformar. Es preciso, por tanto, que la misión alcance todos los ámbitos de la sociedad y a todas las expresiones culturales descubriendo en ellos un lugar privilegiado para proponer a los hombres la salvación de Cristo. Benedicto XVI es un claro exponente del interés de la Iglesia por dialogar sobre la condición humana desde la novedad de Cristo y mostrar que la cultura, si es auténtica humana, está abierta al evangelio y se deja penetrar por él.
No debemos olvidar que estamos a punto de celebrar el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II, que presentó nítidamente el lugar que ocupa la Iglesia en la sociedad e impulsó el valor misionero del compromiso social cristiano.
La Misión  nos ayudará a presentar cómo la Iglesia, en esta dificilísima coyuntura histórica de crisis global y generalizada, se preocupa por el ser humano en su integridad haciendo memoria de la caridad de Cristo que se hace tangible, no sólo en la materialidad , sino en el testimonio vivo de los creyentes, que sustentan dichas obras, y que constituyen un voluntariado ejemplar. Testimonio activamente presente en la necesaria renovación evangélica de las realidades económicas, sociales y políticas que nos envuelven. Se podrá constatar que los pobres, enfermos y abandonados ocupan un lugar privilegiado en la vida de nuestra comunidad creyente.La Misión pondrá de relieve la vida de los santos en nuestra vida, señalando aquellos itinerarios de su vida que hicieron de muchos lugares de nuestra tierra una memoria venerable de sus virtudes y obras apostólicas. Igualmente, aprovechamos para dar a conocer el rico patrimonio histórico y cultural, obra de la fe que se hace cultura y vida.
La misión cristiana debe hacerse especialmente presente en los ámbitos del pensamiento, que tiene en la Universidad un lugar propio donde se debaten problemas que afectan a diversas áreas de la vida social. Confío en que una misión en este campo urja a los cristianos que trabajan en la Universidad a dar testimonio de Cristo y de la verdad.

Plantado

 La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.
Esto, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad , se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.
En la medida en que el ser humano es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Dominio

Propio es de ti, Señora, que siendo tú, al mismo tiempo esclava del Señor, Madre de Dios, Reina y Señora, pues Dios quiso también ser Hijo tuyo, no apartes de nosotros tu memoria, habiendo de presentarnos ante el soberano e inexorable Juez, que es para contigo sobremanera amable y te otorga cuantas gracias le pides, pues eres llamada llena de gracia y de alegría por haber sobrevenido en ti el Espíritu Santo. Por esto,  clamamos a ti, invocamos tu protección. No nos cierres las puertas de tu pecho, y deja que fluya sobre nosotros el mar de gracias que encierra.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas.
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder.
Así manifestarán a los hombres tu fuerza
y el glorioso esplendor de tu reino:
tu reino es un reino eterno,
y tu dominio permanece para siempre.
El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.

Permanencia

Las enseñanzas de la Doctrina social de la Iglesia, son un elemento esencial de evangelización ya que es “anuncio y testimonio de la fe...Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (Caritas in veritate 15). Los principios de dicha Doctrina han de ser profundizados en la nueva evangelización.
La Doctrina Social de la Iglesia es pues un conjunto de normas y principios referentes a la realidad social, política y económica de la humanidad basado en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia la define como un "cuerpo doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo, lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia" (Compendio, 104).a doctrina social cristiana es parte integrante de la concepción cristiana de la vida, así lo expresó el Papa Juan XXIII, en la encíclica Mater et Magistra. El beato Papa Juan Pablo II afirmó: "La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia" (Sollicitudo Rei Socialis, 41); también dijo en Centesimus Annus: “la doctrina social es instrumento de evangelización… anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre".

La Doctrina Social ofrece principios permanentes que constituyen los verdaderos y propios puntos de apoyo de la enseñanza social católica y son: Dignidad humana, Bien común, Destino Universal de los bienes, Principio de subsidiaridad, Principio de solidaridad. Tienen un carácter general y fundamental, ya que se refieren a la realidad social en su conjunto: desde las relaciones interpersonales caracterizadas por la proximidad y la inmediatez, hasta aquellas mediadas por la política, por la economía y por el derecho; desde las relaciones entre comunidades o grupos hasta las relaciones entre los pueblos y las Naciones.

Por su permanencia en el tiempo y universalidad de significado, la Iglesia los señala como el primer y fundamental parámetro de referencia para la interpretación y la valoración de los fenómenos sociales, necesario porque de ellos se pueden deducir los criterios de discernimiento y de guía para la acción social, en todos los ámbitos.

Estos principios tienen un significado profundamente moral porque remiten a los fundamentos últimos y ordenadores de la vida social. Para su plena comprensión, es necesario actuar en la dirección que señalan, por la vía que indican para el desarrollo de una vida digna del hombre. La exigencia moral que contienen los grandes principios sociales concierne tanto el actuar personal de los individuos, como primeros e insustituibles sujetos responsables de la vida social a cualquier nivel, como también a las instituciones, representadas por leyes, normas de costumbre y estructuras civiles.

Ensanchamiento

* Apocalipsis quiere decir “revelación;” pero toda la Biblia es revelación. ¿Qué es lo propio de este libro?
* La apocalíptica es como un ensanchamiento de la profecía. Si el profeta, por excelencia “amigo de Dios,” discierne lo que Dios quiere en una coyuntura específica y para un pueblo particular, la apocalíptica amplía la mirada al conjunto de la historia y de los pueblos.
* La literatura apocalíptica ya asoma en el Antiguo Testamento a través de una serie de símbolos e imágenes. ¿Por qué estos son importantes? Por tres razones: (1) Los gestos, acciones y símbolos son enormemente fecundos en significado, y así pueden hablar más del Dios infinito. (2) La “disciplina del arcano” preserva mejor lo propio del misterio y de lo sagrado. (3) Los símbolos crean conciencia de pertenencia y de comunión.
* Lo críptico y simbólico no deben, sin embargo, llegar a lo esotérico porque ello iría en contra de la estructura misma de la revelación cristiana.
* La expresión “ángel” (en griego: ággelos) se usa a veces en su sentido propio, de seres espirituales creados por Dios, pero en otras ocasiones parece referirse al sentido genérico de “mensajero.”
* Los destinatarios son cristianos de varias comunidades de “Asia” Menor, hoy Turquía, que probablemente han sufrido la persecución de Domiciano (por error, en el audio se dice Diocleciano). El primer objetivo del libro es entonces, en primer lugar, fortalecer la fe y reanimar la esperanza de estos creyentes.
* La religión romana es una actividad civil desprovista de alma. Ello hizo que en el Imperio siempre estuviera vivo el interés por todo tipo de cultos, escuelas de pensamiento, religiones y filosofías. Los cristianos no sólo están atacados por fuera; su vigor interior ha decaído y la fe se ha mezclado con elementos ajenos a ella.
* El mensaje básico que reciben de Jesús es: “vengo pronto.” Ese pronto hay que entenderlo desde una perspectiva teológica y no cronológica. La “prontitud” o “cercanía” del Señor es un llamado a conservar clara la conciencia de lo efímero y contingente del mundo, así como a centrarnos en lo esencial y permanente, que proviene finalmente de Él.

* Las siete comunidades: son como el conjunto de la presencia cristiana en “Asia Menor” (actual Turquía). Las cartas se presentan como mensaje de Cristo que, aunque glorioso, no se desentiende de la suerte de los cristianos. Los destinatarios son cristianos de segunda o tercera generación.
* ¿Por qué no se menciona a Juan, que debía estar en Éfeso? Una hipótesis es que el autor del Apocalipsis es discípulo de Juan y usa su mismo nombre en sentido honorario, como expresión de fidelidad a su pensamiento. La principal credencial de este autor es que ha padecido por causa de Cristo y del Evangelio.
* Cristo es nombrado como “el que era, el que es y el que ha de venir.” No se trata sólo de permanencia o duración. Aquel “que ha de venir” es el que trae un tiempo nuevo, un kairós. Cristo no está esperando un tiempo sino que él trae el tiempo nuevo.
* Los “siete espíritus” alude probablemente a la plenitud (de ahí el número siete) del Espíritu que ungió al Mesías, y que tiene siete dones (véase Isaías 11). La descripción que se hace del Mesías en esta introducción recoge muchas de las principales imágenes del Antiguo Testamento
* Cristo es también “el Primero” (Alfa), es decir, con él comienza todo; y es “el Último” (Omega), no en el sentido de tener menor importancia, sino de ser definitivo: después de él nadie puede decir o cambiar nada.
* El mensaje se recibe en éxtasis. Para la profecía no es indispensable un estado de conciencia alterado pero tampoco es imposible que suceda así. En la apocalíptica, en cambio, tal enajenación, lo mismo que el lenguaje críptico, son bastante característicos, pero ello no elimina los límites de la cultura y de los recursos humanos del hagiógrafo. Así lo asegura la Constitución Dei Verbum al llamarlos “verdaderos autores.” El éxtasis no es huida de la realidad sino sumergirse en lo más profundo y mistérico de la realida
* La visión inaugural del Apocalipsis presenta a Cristo como próximo a los siete candeleros, que representan, con imagen elocuente, lo que es y debe ser la Iglesia. Los mensajes de los capítulos 2 y 3 van dirigidos a los “ángeles” de esas iglesias, término que puede aludir a creaturas espirituales pero que más probablemente se refiere a los responsables de esas iglesias (hoy diríamos, sus obispos), o a profetas que tenían un encargo más o menos estable dentro de las respectivas comunidades. Al respecto, hay respaldo en la predicación de san Pablo: Efesios 2,20; 4,11-12; y véase también Hechos 13,1.
* Los mensajes a las iglesias tienen una estructura común: saludo, diagnóstico, promesa si se da conversión y perseverancia. Cristo, en esos mensajes, es el que “conoce” la realidad de las iglesias, y por lo mismo tiene autoridad inmediata para ordenar y disponer lo pertinente a cada una.
* En Éfeso se elogia la fidelidad pero se critica la pérdida del “amor primero.” Tratándose de una comunidad de cristianos de segunda o tercera generación, cronológicamente hablando, es posible que la alusión va no solamente a una recuperación de fervor sino a un volverse a la predicación y el testimonio apostólico que recibieron los primeros convertidos de esa comunidad.
* Otro peligro son los nicolaítas, de los que muy poco conocemos. Pero aprovechando el hecho conocido de las influencias gnósticas o pre-gnósticas en toda esa área conviene aclarar algo sobre las pretensiones de la gnosis.
* La gnosis trabaja con la metáfora de una montaña, en cuya cima estaría el conocimiento de las “leyes de la vida” (o “del cosmos”) que deberían servir para saber vivir, y para ser más espiritual, y para ascender en el ser.
* Las primera consecuencia de este enfoque gnóstico es que las religiones y filosofías no importan, pues todas son equivalentes. Cristo, como tal, tampoco importa, pues sería simplemente un mensajero, un iluminado entre muchos otros. Su carne, su sacrificio y su cruz no tendrían importancia real sino apenas como símbolos. La gnosis, pues, es un ataque sutil a la fe porque destruye el mensaje cristiano, no negándolo, sino vaciando de sentido sus palabras.

* Es posible hacer una lectura “transversal” de las siete cartas a las iglesias, tomando los elementos que se repiten. Por ejemplo, Cristo, ¿cómo aparece en esos mensajes? Él es “El que tiene en su mano derecha las siete estrellas y camina en medio de los siete candelabros de oro;” “El Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y ha revivido;” “El que tiene la espada de doble filo;” “El Hijo de Dios, el que tiene los ojos como llamas de fuego y los pies semejantes al bronce fundido;” “El que posee los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas;” “El Santo, el que dice la Verdad, el que posee la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir;” “El que es Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de las obras de Dios.”
* Él, en síntesis, es el Cristo, verdadero Dios, que conoce la realidad de la vida humana, hasta su último rincón; que ha irrumpido con poder de lo Alto en la historia para dar a Dios todo honor y gloria, y salvar a su pueblo escogido de entre las naciones.
* Con ese mismo método de lectura transversal de las cartas a aquellos cristianos, uno puede enumerar sus principales rasgos positivos: (1) La paciencia (capacidad de padecer sin desalentarse); (2) La fidelidad en la prueba, aferrándose a la Palabra; (3) discernimiento y solidez en la doctrina cierta del Evangelio; (4) caridad mutua y servicio a todos.
* Sin embargo, en algunos casos aparecen también rasgos negativos: (1) Sincretismo y apelación a la magia o lo esotérico; (2) Hipocresía y fiarse de fachadas y apariencias; (3) Mediocridad y tibieza; (4) Divisiones internas. Para estos males el texto hace propuestas específicas que siempre incluyen un llamado a la conversión y a la escucha fiel del Señor.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Majestad

Jesús nos cumple aquella su hermosísima promesa en el Sacramento del altar, donde con nosotros se halla. Pero entiendo: el amor lo hizo prisionero nuestro; el amor apasionado que nos tiene le unió a este mundo de tal suerte, que ni de noche ni de día te consiente apartarte de nosotros. ¡Ah, Salvador amabilísimo! Sólo esta firmeza de amor debiera obligar a todos los hombres a acompañarte siempre en el santo sagrario, hasta que por fuerza los echasen de allí; y al ausentarse deberían dejar al pie del altar su corazón y todos sus afectos en obsequio del Dios humanado, que permanece solo y oculto en el Tabernáculo para mirarnos solícito y remediar nuestras necesidades y cuyo corazón, residiendo allí para amarnos espera el próximo día en que sus almas amadas vayan a visitarle. Sí, Jesús mío, contentarte quiero. Te consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh majestad infinita de mi Dios! Te hallas en este Divino Sacramento no sólo para estar presente y próximo a nosotros sino principalmente con objeto de comunicarte a tus almas amadísimas. Mas, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse para alimentarse de tu Cuerpo?... O más bien, ¿quién podrá alejarse de Ti?... Te ocultas en la hostia consagrada para entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones. Ardes en deseos de que te recibamos y gustas de unirte a nosotros. Ven, pues, Jesús mío, ven; deseo recibirte dentro de mí para que seas el Dios de mi corazón y de mi voluntad. En cuanto es de mi parte, Redentor mío carísimo, entrego a tu amor: satisfacciones, placeres, voluntad propia... todo te lo entrego. ¡Oh amor! ¡Oh, Dios de amor! Reina y triunfa enteramente en mí; destruye, sacrifica en mí todo cuanto sea mío, que mi alma, llena de majestad de Dios, después de haberte recibido en la santa Comunión, no vuelva a aficionarse a las criaturas. Te amo, Dios mío, te amo y para siempre y a Ti sólo.
Jesús mío,creo que tú éstas realmente presente en el Santísimo Sacramento ; Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente  recibirte ahora dentro de mi alma;ya que no te puedo recibir sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.
Señor, no soy digno no merezco que entres en mi pobre morada, pero di una sola palabra y mi alma será perdonada.

Infinitamente

Dirigirse de una vez a Nuestra Madre,que está por encima de todo. Ser audaz. De una vez.
Dirigirse a quien es infinitamente bella, porque también es infinitamente buena.
A quien intercede por nosotros. La única que puede hablar con la autoridad de una madre.
Dirigirse con osadía a quien es infinitamente pura, porque también es infinitamente bondadosa.
A quien es infinitamente noble porque también es infinitamente cortés. Infinitamente acogedora.
Sí. Acogedora como el sacerdote que en el umbral de la iglesia va delante
del recién nacido el día de su bautismo para conducirlo a la casa de Dios.
A quien es infinitamente rica, porque también es infinitamente pobre.
A quien es infinitamente alta, porque también es infinitamente descendente.
A quien es infinitamente grande porque también es infinitamente pequeña.
Infinitamente humilde. Esta joven madre. A quien es infinitamente joven, porque también es infinitamente madre.A quien es infinitamente derecha, porque también es infinitamente inclinada.
A quien es la más imponente porque también es la más maternal.
A quien es infinitamente eterna porque también es infinitamente temporal.
A quien está infinitamente por encima de nosotros porque también está infinitamente entre nosotros.
A quien es la reina y madre de los ángeles porque también es reina y madre de los hombres
A quien es infinitamente alegre, porque también es infinitamente dolorosa.
Dolorosa, setenta y siete veces setenta.
A quien es infinitamente conmovedora, porque también es infinitamente compasiva.
A quien es toda Grandeza y toda Fe porque también es toda Caridad.
A quien es María, porque es llena de gracias.
A quien es llena de gracia, porque está con nosotros.
A quien está con nosotros, porque el Señor está con ella.

Razonable


La Palabra nos daco un modo razonable de vivir y por eso impacta el mensaje de Jesús y nos lleva sobre un lugar distinto de interpretación de su mensaje,  es el que brota de la gracia misericordiosa que transforma.
En el relato de la vuelta del hijo a la casa del Padre aparece muy claro esto del corazón que decide orientar la vida en un sentido distinto, se dice a sí mismo el hijo que ha perdido todos sus bienes malgastándolos en una vida licenciosa, volveré a la casa de mi padre. Está acción de un corazón decidido de ir a la casa del padre está en el corazón del hijo porque lo que le atrae es la memoria del padre. Qué dice él: Cuantos jornaleros en la casa de mi padre comen bien y yo aquí queriéndome alimentar con las bellotas. Es decir, en algún lugar del corazón habita la presencia del padre, el amor del padre, hay una presencia escondida que habla de una dignidad distinta a la que la persona se encuentra en ese momento. Uno no sabe que es gracia lo que está ocurriendo, es una fuerte corriente interior que nos lleva a decir basta, de acá salgo. Cuando se produce el encuentro con la misericordia, lo decidido se transforma en un acontecimiento de fiesta. La penitencia debe ser eso, un encuentro festivo con nuestro interior lleno de vida, luminoso.

El Padre cuando ve venir al hijo arma la fiesta y cuando nosotros vamos haciendo nuestro proceso de transformación y de conversión también tenemos que ir aprendiendo a festejar.
El hijo después hará su camino de reordenamiento de su vida pero para ello hay tiempo, ahora hay que darse lugar para la fiesta porque este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. El Padre sabe que en la fiesta está la fuerza para el cambio, hay que saber celebrar cuando damos los pasos que nos llevan a los lugares que orientan nuestra vida personal y comunitaria. Hay que liberar la fiesta interior, la gracia de un festejo donde resuena la voz del Padre que dice: Hijo estabas muerto y estás volviendo a la vida, estabas perdido y te voy encontrando de conversión.

Siempre la fiesta tiene un carácter de impulso para nosotros por eso hay que encontrar los lugares festivos de la vida. Aún cuando no lo estemos pasando bien siempre hay algo bueno para celebrar, aún cuando lo estemos pasando muy mal siempre hay algo para celebrar. En el acto de celebrar encontramos la fuerza para ir sobre lo que tenemos que transformar y cambiar que siempre supone esfuerzo, dedicación, aplicación de energía, inteligencia, la tarea de reordenamiento de la propia historia es ardua, lo que ayuda y da fuerza para esto es la fiesta interior que se desata en nuestro corazón.
De hecho Jesús dice, si van a hacer penitencia no pongan cara triste, si van a hacer penitencia perfúmense la cabeza, vístanse de gozo y de alegría. Esta invitación que Jesús hace a la conversión apunta justamente a este lugar de la interioridad para el cambio. Si uno está en un momento penitencial no es para poner cara de angustia, cara de dolor, cara de esfuerzo, cara de tristeza, al contrario en la alegría y en el gozo, en la entrega y en la certeza de que Dios está con nosotros en ese proceso de cambio está la clave para poder ir a lo que va a transformar nuestra vida, tarea difícil pero que Dios la hace gozosa y posible.
 Este hacer nuevas todas las cosas supone un camino que Dios recorre desde dentro de nosotros mismos y diversos modos de penitencia son los que van empoderándose en el esfuerzo que acompaña la gracia que nos visita invitándonos a la liberación y el camino tiene tres grandes vertientes.
Tres formas tiene la conversión que da cauce a la gracia de transformación con que Dios nos invita a acercarnos a él, el ayuno, la oración y la limosna. El ayuno como relación con uno mismo ordenando nuestra naturaleza, la oración como relación con Dios y la limosna como relación con los demás, la justicia el dar a cada uno según su necesidad.  Junto a la purificación operada por la gracia bautismal, en medio de la búsqueda de querer obtener el perdón en nosotros, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por los demás y el trabajo por la salvación de los hombres, la intercesión de los santos que nos ayudan para que sigamos la marcha que nos conduce al encuentro con Dios y con ellos, la práctica de la caridad que cubre la multitud de los pecados, también son otros caminos.

La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio en defensa de la justicia y del derecho, el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de la vida, el examen de conciencia, el trabajo de dejarnos acompañar espiritualmente, la aceptación de los sufrimientos, el padecer las persecuciones a causa de la justicia sabiendo que en Dios está nuestra mano, el tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús camino mas seguro de la penitencia. El camino de la penitencia interiormente tiene estas tres grandes vertientes, el ayuno, la oración, la limosna y muchos pequeños afluentes que riegan este quehacer cotidiano para orientar nuestra vida en el sentido en que Dios nos quiere viviendo como hijos suyos.

La conversión y la penitencia cotidiana encuentran su fuerza y su alimento en la Eucaristía, en ella se hace presente Cristo que se entrega por nosotros y esa es la fuerza atractiva que genera la pascua de Jesús, lo que mueve al corazón a querer cambiar la vida., Yo atraeré todos hacia mí. Lo que nos da la posibilidad de orientar nuestra vida en un sentido distinto es gracia atractiva que genera la presencia del Señor entregado y ofrecido por amor a nosotros.

Es la fuerza del amor de Dios lo que hace que nuestra vida tienda a cambiar, es allí donde encontramos el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas, que nos preserva de los pecados.En el Padre Nuestro, en la oración de Jesús, en todo acto sincero de piedad se reaviva en nosotros ese espíritu de conversión, de penitencia y contribuye al perdón de todos nuestros pecados. Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico, especialmente en la cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte de Cristo, son momentos fuertes de la práctica penitencial que comulgamos con toda la Iglesia. Estos tiempos son apropiados para los Ejercicios Espirituales, la liturgia penitencial, las peregrinaciones como signos de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno o la limosna, la comunicación cristiana de los bienes en las obras de caridad, caminos cotidianos que nos llevan desde la Eucaristía como fuente de la entrega de Cristo a entregas como respuestas de cada día a la constante manera de Dios de salir a nosotros para decirnos que nos ama.
Hay un proceso en el camino de la conversión y está descrito por Jesús en la parábola del Hijo pródigo o del Padre de la Misericordia, donde en el centro está el rostro misericordioso del Padre, la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna, la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna, la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos o peor aún la de desear alimentarse con las algarrobas que comían los cerdos, la reflexión sobre los bienes perdidos, el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante el Padre, el camino del retorno, la acogida del Padre, la alegría del Padre y todo esto bajo los rasgos de un proceso festivo de conversión, el mejor vestido, el anillo, el banquete, la fiesta con símbolos de vida nueva pura digan, llena de alegría, la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de la familia que es la Iglesia. Solo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor del padre puede revelarnos el abismo de misericordia de una manera tan simple y tan bella y nosotros necesitados de este estilo divino nos queremos disponer en este tiempo de gracia a dejarnos transformar y hacer de nuevo por Dios.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Convincente

Dios nunca fracasa porque siempre encuentra nuevos caminos para llegar a nosotros. El Espíritu Santo iluminó al Santo Padre para proclamar en el mes de Octubre, el Año de la Fe, año en el que se dedicará toda la atención a reforzar la fe en los fieles católicos, recuperar la de los no tan fieles y la de los que se han apartado completamente de Dios.
El Año de la Fe es una celebración que debe tocar el fondo de nuestro corazón, hacernos vibrar en todas las fibras de nuestro ser y despertarnos con cierta agitación para participar en el llamado del Papa y de su Iglesia, en todo lo que este Año de la Fe está por ofrecernos.
El Año de la Fe abre la "puerta de la fe" ( Hch 14, 27) para que tú aceptes atravesarla, para que te animes con interés a participar lo mejor que puedas, para que te arriesgues en esta tan original aventura: tu pase a la vida eterna.
Como todo gran acontecimiento, el éxito está en la participación activa de los invitados, en involucrarse en el banquete al que Cristo invita para acercarnos a su Reino. El Año de la Fe cuenta con eventos, contenidos, misas y muchas otras actividades, que enriquecen la vida de todos los que participan.
"El Año de la Fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la Fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual testigos gozosos y convincentes de ORACIÓN

He aquí cómo Jesús nos cumple aquella su hermosísima promesa en el Sacramento del altar, donde con nosotros se halla de noche y de día. Pudiera Señor mío, bastarte el estar en el Sacramento sólo de día, cuando tuvieras en tu presencia adoradores que te acompañasen; mas ¿de qué te sirve hallarte allí también por la noche, en la cual los hombres cierran el templo y se retiran a sus casas, dejándote enteramente solo? Pero ya te entiendo: el amor te hizo prisionero nuestro; el amor apasionado que nos tienes te unió a este mundo de tal suerte, que ni de noche ni de día te consiente apartarte de nosotros. ¡Ah, Salvador amabilísimo! Sólo esta firmeza de amor debiera obligar a todos los hombres a acompañarte siempre en el santo sagrario, hasta que por fuerza los echasen de allí; y al ausentarse deberían dejar al pie del altar su corazón y todos sus afectos en obsequio del Dios humanado, que permanece solo y oculto en el Tabernáculo para mirarnos solícito y remediar nuestras necesidades y cuyo corazón, residiendo allí para amarnos espera el próximo día en que sus almas amadas vayan a visitarle.

Sí, Jesús mío, contentarte quiero. Te consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh majestad infinita de mi Dios! Te hallas en este Divino Sacramento no sólo para estar presente y próximo a nosotros sino principalmente con objeto de comunicarte a tus almas amadísimas. Mas, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse para alimentarse de tu Cuerpo?... O más bien, ¿quién podrá alejarse de Ti?... Te ocultas en la hostia consagrada para entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones. Ardes en deseos de que te recibamos y gustas de unirte a nosotros. Ven, pues, Jesús mío, ven; deseo recibirte dentro de mí para que seas el Dios de mi corazón y de mi voluntad. En cuanto es de mi parte, Redentor mío carísimo, entrego a tu amor: satisfacciones, placeres, voluntad propia... todo te lo entrego. ¡Oh amor! ¡Oh, Dios de amor! Reina y triunfa enteramente en mí; destruye, sacrifica en mí todo cuanto sea mío, que mi alma, llena de majestad de Dios, después de haberte recibido en la santa Comunión, no vuelva a aficionarse a las criaturas. Te amo, Dios mío, te amo y para siempre y a Ti sólo
eñor resucitado, capaces