martes, 18 de septiembre de 2012

San Agustín

La riqueza del testimonio de su conversión. Subrayamos algunos rasgos, que resultan de extraordinaria actualidad. El primero es el paso de “vivir fuera de mí”, enajenado (en el sentido genuino de la palabra), a vivir auténticamente, es decir, desde la verdad que hay dentro de uno mismo, en el corazón. El descubrimiento de la interioridad fue para él como hallar un océano de realismo, una mina de infinitas vetas de oro, un mundo de vacíos y anhelos olvidados. Descubrió allí el profundo deseo de Dios, cuando sentía el hambre de una Belleza, una Verdad y un Amor sin límites.
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que estabas tú dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba yo y sobre esas hermosuras que tú creaste me arrojaba deforme. Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Lejos de ti me tenían aquellas cosas, que si no estuvieran en ti, no tendrían ser. Clamaste y diste voces, y rompiste mi sordera; relampagueaste, resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste fragancia, la respiré y anhelo por ti; gusté de ti y tengo hambre y tengo sed; me tocaste y me abrasé en deseo de tu paz” (Confesiones, X,27,38).
Otro rasgo de su proceso es la necesidad, sentida en primera persona a lo largo su camino de búsqueda para lograr la felicidad, de superar dos “tipos de hombres”, como dijo él mismo predicando en Cartago, el año 413: el materialista (representado por los epicúreos de su tiempo) y el espiritualista (como los estoicos). Unos defenderán el goce al máximo de todo lo que está a nuestro alcance en el mundo sensible; los otros sostendrán que sólo el cultivo del espíritu, el control y el equilibrio interior, podrán dar la paz. La alternativa cristiana, el hombre cristiano, será el que vive de la gracia, experimentada en la historia concreta y visible, aunque descubierta y disfrutada por el corazón sencillo del que se deja amar.

Grande eres, Señor, y laudable sobre manera; grande es tu poder, y tu
sabiduría no tiene numero. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña
parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su
mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio
de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre,
pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo
que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro

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