miércoles, 5 de septiembre de 2012

Convincente

Dios nunca fracasa porque siempre encuentra nuevos caminos para llegar a nosotros. El Espíritu Santo iluminó al Santo Padre para proclamar en el mes de Octubre, el Año de la Fe, año en el que se dedicará toda la atención a reforzar la fe en los fieles católicos, recuperar la de los no tan fieles y la de los que se han apartado completamente de Dios.
El Año de la Fe es una celebración que debe tocar el fondo de nuestro corazón, hacernos vibrar en todas las fibras de nuestro ser y despertarnos con cierta agitación para participar en el llamado del Papa y de su Iglesia, en todo lo que este Año de la Fe está por ofrecernos.
El Año de la Fe abre la "puerta de la fe" ( Hch 14, 27) para que tú aceptes atravesarla, para que te animes con interés a participar lo mejor que puedas, para que te arriesgues en esta tan original aventura: tu pase a la vida eterna.
Como todo gran acontecimiento, el éxito está en la participación activa de los invitados, en involucrarse en el banquete al que Cristo invita para acercarnos a su Reino. El Año de la Fe cuenta con eventos, contenidos, misas y muchas otras actividades, que enriquecen la vida de todos los que participan.
"El Año de la Fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la Fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual testigos gozosos y convincentes de ORACIÓN

He aquí cómo Jesús nos cumple aquella su hermosísima promesa en el Sacramento del altar, donde con nosotros se halla de noche y de día. Pudiera Señor mío, bastarte el estar en el Sacramento sólo de día, cuando tuvieras en tu presencia adoradores que te acompañasen; mas ¿de qué te sirve hallarte allí también por la noche, en la cual los hombres cierran el templo y se retiran a sus casas, dejándote enteramente solo? Pero ya te entiendo: el amor te hizo prisionero nuestro; el amor apasionado que nos tienes te unió a este mundo de tal suerte, que ni de noche ni de día te consiente apartarte de nosotros. ¡Ah, Salvador amabilísimo! Sólo esta firmeza de amor debiera obligar a todos los hombres a acompañarte siempre en el santo sagrario, hasta que por fuerza los echasen de allí; y al ausentarse deberían dejar al pie del altar su corazón y todos sus afectos en obsequio del Dios humanado, que permanece solo y oculto en el Tabernáculo para mirarnos solícito y remediar nuestras necesidades y cuyo corazón, residiendo allí para amarnos espera el próximo día en que sus almas amadas vayan a visitarle.

Sí, Jesús mío, contentarte quiero. Te consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh majestad infinita de mi Dios! Te hallas en este Divino Sacramento no sólo para estar presente y próximo a nosotros sino principalmente con objeto de comunicarte a tus almas amadísimas. Mas, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse para alimentarse de tu Cuerpo?... O más bien, ¿quién podrá alejarse de Ti?... Te ocultas en la hostia consagrada para entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones. Ardes en deseos de que te recibamos y gustas de unirte a nosotros. Ven, pues, Jesús mío, ven; deseo recibirte dentro de mí para que seas el Dios de mi corazón y de mi voluntad. En cuanto es de mi parte, Redentor mío carísimo, entrego a tu amor: satisfacciones, placeres, voluntad propia... todo te lo entrego. ¡Oh amor! ¡Oh, Dios de amor! Reina y triunfa enteramente en mí; destruye, sacrifica en mí todo cuanto sea mío, que mi alma, llena de majestad de Dios, después de haberte recibido en la santa Comunión, no vuelva a aficionarse a las criaturas. Te amo, Dios mío, te amo y para siempre y a Ti sólo
eñor resucitado, capaces

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