domingo, 12 de julio de 2015

Ardiente

  “Pablo era un ardiente testigo de Cristo y al mismo tiempo un hombre de diálogo”
Descripción biográfica del Apóstol de las Gentes: tenía una modesta estatura física y era cualquier cosa menos un brillante orador. Estuvo muchas veces en prisión, golpeado y en peligro de muerte; cinco veces recibió los treinta y nueve golpes, tres veces fué azotado, una vez lapidado, sufrió tres naufragios, padeció hambre y sed, frío y desnudez, fue calumniado, perseguido y por último ajusticiado con la espada.
 “Por gracia de Dios soy lo que soy” (I Cor 15,10) y “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fil 4,13).
En estas afirmaciones,  “tocamos el punto central de su vida y su fe. Nada de lo que era lo atribuía a su mérito; consideraba que todo se debía a Dios y a su gracia. Dios era la potencia y la fuerza de su vida”.
El mensaje del apóstol, “es el mensaje de la gracia”. “Tenemos  valor y dignidad, salvación y santidad sólo de Dios y de su gracia. No podemos salvarnos con nuestras buenas obras. La salvación nos es dada por nuestra fe. Esta gracia se ofrece a cada uno de nosotros. Con la gracia de Dios es siempre posible un nuevo inicio”.
 Se recuerda que, en la vida de San Pablo, hubo una transformación radical que cambió todo: su encuentro con Cristo camino de Damasco.
“Aquella experiencia  le impresionó de tal modo que olvidó todo su pasado, proyectándose decididamente hacia el futuro”. “Para Pablo, el Evangelio no era una doctrina abstracta sino una persona: Jesucristo”.
“Dios no está lejano”. “Es el Dios para nosotros , cercano a nosotros y con nosotros. Se ha humillado y se ha abajado en Jesucristo. Si Dios ha resucitado a Jesucristo de los muertos, nos resucitará también a nosotros. Entonces, en cada sufrimiento y en cada dolor, en todas las adversidades de la vida, la esperanza resplandecerá para nosotros incluso más allá de la muerte”.
Este es,  “un mensaje alegre pero también exigente”. “Debemos orientarnos siempre hacia Jesucristo, hacia su ejemplo, su vida y su palabra. Debemos siempre convertirnos de nuevo, dejarnos coger por El y seguirlo. Jesucristo es la fidelidad de la fe cristiana, constituye su identidad y su característica. La fe en Jesucristo como Hijo de Dios nos distingue de los musulmanes. No debemos esconder nuestra fe, sino testimoniarla valientemente como hizo Pablo. Esto se realiza no sólo con las palabras, sino antes que nada mediante una convincente vida de fe, mediante la amabilidad, la disponibilidad, la benevolencia, la bondad y una caridad activa”.
 “Pablo era un ardiente testigo de Cristo y al mismo tiempo un hombre de diálogo”. Tenía familiaridad con la cultura judía y la grecorromana. Hablaba arameo y griego. En el areópago de Atenas, refiriéndose a las otras religiones, dijo: “Dios no está lejos de cada uno de nosotros (...) en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17, 27-28).
En este sentido, se  recuerda que “el Concilio Vaticano II hizo propia esta exhortación y afirmó que la Iglesia Católica ‘no rechaza nada de cuanto es verdadero y santo’ en las otras religiones (Nostra Aetate, 2). El Concilio habló de respeto a los musulmanes, invitando a la colaboración con ellos cuando se trata de tutelar y de promover la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad para todos los hombres 

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