jueves, 6 de julio de 2017

Opera




Principalmente el Espíritu opera en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad. Lo propio de la facultad de la inteligencia es buscar lo que es verdadero, lo propio de la voluntad es recibir y sobre todo dar el amor, pero también la voluntad es el ambiente propio, es el lugar de nuestras resoluciones y es el motor de los caminos que emprendemos mientras estamos en esta tierra. El Espíritu  Nos ayuda a descubrir qué es lo bueno, en el bien y qué es lo malo en el mal, de modo que aunque el bien a veces sea arduo el Espíritu nos ayuda a esclarecer que ahí está nuestro verdadero bien . Cristo dijo: “el camino de la vida cristiana es empinado, es como una puerta estrecha y el camino de la perdición es ancho y muchos se iban por ese camino de perdición”  Mat 7,13-14. Podemos decir del Espìritu Santo de una manera simétrica con respecto al bien, a veces hay esfuerzos, a veces hay renuncias que nos cuestan mucho, pero el Espíritu nos ayuda a descubrir que detrás de esa renuncia hay un bien real, hay un bien auténtico para nosotros, eso hace en la inteligencia.

En nuestra voluntad el Espíritu Santo nos hace en primer lugar sensibles al dulce amor de Dios nuestro Padre, de manera que experimentemos nuestra realidad de hijos, la vivamos, la agradezcamos; bendigamos y alabemos a Dios por ser nuestro Padre y seamos capaces también de llevar una vida como hijos suyos; por eso también el Espíritu nos empuja hacia la dirección de lo que es bueno, de lo que es digno, de lo que es santo, de lo que es justo. El Espíritu es la fuerza de los mártires, es el fuego de celo que encontramos en los misioneros, es el que conduce a aquellos que hacen auténtica penitencia y es el que sostiene en su fidelidad a aquellos que le han hecho promesa al Señor de seguirlo también por la senda estrecha.

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