Principalmente el Espíritu opera en nuestra inteligencia y en
nuestra voluntad. Lo propio de la facultad de la inteligencia es buscar lo que
es verdadero, lo propio de la voluntad es recibir y sobre todo dar el amor,
pero también la voluntad es el ambiente propio, es el lugar de nuestras
resoluciones y es el motor de los caminos que emprendemos mientras estamos en
esta tierra. El Espíritu Nos ayuda a
descubrir qué es lo bueno, en el bien y qué es lo malo en el mal, de modo que
aunque el bien a veces sea arduo el Espíritu nos ayuda a esclarecer que ahí
está nuestro verdadero bien . Cristo dijo: “el camino de la vida cristiana es
empinado, es como una puerta estrecha y el camino de la perdición es ancho y
muchos se iban por ese camino de perdición” Mat 7,13-14. Podemos decir del Espìritu Santo
de una manera simétrica con respecto al bien, a veces hay esfuerzos, a veces hay
renuncias que nos cuestan mucho, pero el Espíritu nos ayuda a descubrir que
detrás de esa renuncia hay un bien real, hay un bien auténtico para nosotros,
eso hace en la inteligencia.
En nuestra voluntad el Espíritu Santo nos hace en primer lugar
sensibles al dulce amor de Dios nuestro Padre, de manera que experimentemos
nuestra realidad de hijos, la vivamos, la agradezcamos; bendigamos y alabemos a
Dios por ser nuestro Padre y seamos capaces también de llevar una vida como
hijos suyos; por eso también el Espíritu nos empuja hacia la dirección de lo
que es bueno, de lo que es digno, de lo que es santo, de lo que es justo. El
Espíritu es la fuerza de los mártires, es el fuego de celo que encontramos en
los misioneros, es el que conduce a aquellos que hacen auténtica penitencia y
es el que sostiene en su fidelidad a aquellos que le han hecho promesa al Señor
de seguirlo también por la senda estrecha.
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