domingo, 21 de febrero de 2010

San Antonio de Padua


San Antonio de Padua o, como también se le llama, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares en toda la Iglesia católica, venerado no solo en Padua, donde se erigió una espléndida Basílica que recoge sus despojos mortales, sino en todo el mundo. Son queridas a los fieles las imágenes y las estatuas que le representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús entre los brazos, en recuerdo de una aparición milagrosa mencionada por algunas fuentes literarias.
San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus marcadas dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.
Nació en Lisboa de una familia noble, en torno al 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró entre los canónigos que seguían la regla monástica de san Agustín. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo aquella ciencia teológica que puso a fructificar en las actividades de la enseñanza y la predicación. En Coimbra tuvo lugar el episodio que marcó un cambio decisivo en su vida: aquí, en 1220 fueron expuestas las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos que se habían dirigido a Marruecos, donde encontraron el martirio. Su caso hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarles y de avanzar en el camino de la perfección cristiana.
En el último periodo de su vida,San Antonio puso por escrito dos ciclos de “Sermones”, titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los Santos", destinados a los predicadores y a los profesores de estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Sagrada Escritura presentados por la Liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos, el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral, y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Se trata de textos teológico-homiléticos, que recogen la predicación viva, en la que ¡San Antonio propone un verdadero y propio itinerario de vida cristiana. Es tanta la riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los “Sermones”, que el Venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de “Doctor evangélico", porque de estos escritos surge la frescura y la belleza del Evangelio; aún hoy los podemos leer con gran provecho espiritual.
En ellos, él habla de la oración como de una relación de amor, que empuja al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve el alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita una atmósfera de silencio, que no coincide con el alejamiento del ruido externo, sino que es experiencia interior, que mira a quitar las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma. Según la enseñanza de este insigne Doctor franciscano, la oración se compone de cuatro actitudes indispensables, que, en el latín de Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios, conversar afectuosamente con Él, presentarle las propias necesidades, alabarlo y darle gracias.
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración advertimos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, del que él fue el iniciador, es decir, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que es también la fuente de donde brota un conocimiento espiritual, que sobrepasa todo conocimiento.
Escribe San Antonio: "La caridad es el alma de la fe, la hace viva; sin el amor, la fe muere” (Sermones Dominicales et Festivi II, Messaggero, Padova 1979, p. 37).
Sólo un alma que reza puede realizar progresos en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de san Antonio. Él conoce bien los defectos de la naturaleza humana, la tendencia a caer en el pecado, por eso exhorta continuamente a combatir la inclinación a la codicia, al orgullo, a la impureza, y a practicar las virtudes de la pobreza y de la generosidad, de la humildad y de la obediencia, de la castidad y de la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por este motivo, Antonio invita muchas veces a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndoles buenos y misericordiosos, les hace acumular tesoros para el Cielo. "Oh ricos – les exhorta – haceos amigos ... los pobres, acogedles en vuestras casas: serán después ellos quienes os acojan en los eternos tabernáculos, donde está la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta quietud de la saciedad eterna”
San Antonio, en la escuela de Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo. De buen grado esta contempla, e invita a contemplar, los misterios del humanidad del Señor, de modo particular, el de la Navidad, que le suscitan sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.
También la visión del Crucificado le inspira pensamientos de reconocimiento hacia Dios y de estima por la dignidad de la persona humana, de forma que todos, creyentes y no creyentes, puedan encontrar un significado que enriquece la vida. Escribe Antonio: "Cristo, que es tu vida, está colgado ante ti, porque tú miras a la cruz como en un espejo. Allí podrás conocer cuán mortales fueron tus heridas, que ninguna medicina habría podido curar, si no la de la sangre del Hijo de Dios. Si miras bien, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad humana y tu valor... En ningún otro lugar el hombre puede darse cuenta mejor de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la cruz”

Conversión


Son las palabras del apóstol Pablo las que nos ofrecen una consigna precisa: “os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: 'En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé'. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor 6,1-2). En la visión cristiana de la vida cada momento debe decirse favorable y cada día debe llamarse día de salvación, pero la liturgia de la Iglesia refiere estas palabras de modo muy particular al tiempo de la Cuaresma. Y que los cuarenta días de preparación de la Pascua sean un tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de las cenizas nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: “Convertíos y creed en el Evangelio”, y “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”.
La primera llamada es a la conversión, palabra que hay que tomar en su extraordinaria seriedad, descubriendo la sorprendente novedad que encierra. La llamada a la conversión, de hecho, pone al desnudo y denuncia la fácil superficialidad que caracteriza muy a menudo nuestro modo de vivir. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no para un pequeño ajuste, sino con una verdadera y total inversión de la marcha. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, se apunta a la medida alta de la vida cristiana, se nos confía al Evangelio vivo y personal, que es Cristo Jesús. Su persona es la meta final y el sentido profundo de la conversión, él es el camino sobre el que estamos llamados a caminar en la vida, dejándonos iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De esta forma la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectificar nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el "sí" total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva. Precisamente este es el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista Marcos, Jesús abre la predicación del “Evangelio de Dios”: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15).
El "convertíos y creed en el Evangelio" no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. Se recuerda que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia 'más grande', que es la del amor (Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar"

Sabiduría (11,23-26)


Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su absoluto señorío sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, sino que vivas; quiero siempre y solo tu bien.
Esta absoluta certeza sostuvo a Jesús durante los cuarenta días transcurridos en el desierto de Judea, tras el bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su designio de amor; fue un “bautismo”, es decir, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido, un anticipo de la Pasión y de la Cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer mucho tiempo, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró la muerte en el mundo ( Sb 2,24); significaba entablar con él una batalla a campo abierto, desafiarlo sin otras armas que la confianza sin límites en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante esa “cuaresma” suya. No fue un acto de orgullo, sino una decisión de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, que "tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito" (Jn 3,16).
Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos, y al mismo tiempo para mostrarnos el camino para seguirle. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi consentimiento, una acogida demostrada en los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras Él. Seguir a Jesús en el desierto es por tanto condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
Se comprende también el signo penitencial de las Cenizas, que son impuestas sobre la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. Esto es el pecado, enfermedad mortal entrada bien pronto a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el ser humano perdió su propia inocencia y ahora puede volver a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que – como escribe san Pablo - “se manifestó por medio de la fe en Cristo” (Rm 3,22).
Está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial , pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. "Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” ( Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” ( Mt 6,1-6.16-18). La verdadera "recompensa" no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.
El llamamiento de San Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (2 Cor 5,20), conduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe San Pablo: "A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. "Aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor ( Rm 13,8-10)

Amar


Amar quiere todo el tiempo; quiere la ancha, la profunda eternidad. «El amor sólo se concibe a sí mismo sin límites»
Amar no se conforma, no se resigna. Lo quiere todo, y dice para sí lo que aquella mujer de Esos cielos, la novela de Bernardo Atxaga, cuando salió de la prisión en la que había estado recluida durante tres años, once meses y veintisiete días: «Es preferible la soledad a las relaciones mediocres». Amar es así: si no obtiene todo, prefiere, orgullosamente, no quedarse con nada.
«El ser humano que está enamorado desea estarlo siempre: su inquietud, su aspiración, su ardiente deseo hacen que él anhele a cada instante lo que él es en ese mismo instante». Lo diremos con nuestras pobres palabras: el que ama a un ser ni siquiera piensa que pudiera alguna vez dejar de amarlo, y si por ventura contara de antemano con tal posibilidad es que su amor no es aún definitivo ni total.
El enamorado no puede concebir un mundo en el que la persona amada no exista o esté ausente, ni tampoco puede concebirse a sí mismo sino en cuanto enamorado de este ser.
«El enamorado se esfuerza a cada instante por adquirir lo que ya posee en ese instante. No dice: Ahora estoy seguro, ahora puedo entregarme al descanso, sino que corre sin cesar, más rápido que cualquier otra cosa, gastándose a sí mismo en la carrera». Amar no tiene conquistas definitivas, ni es posible ese «reposo del guerrero» del que habló Nietzsche en uno de sus libros. Nada es más contrario al amar que la idea del descanso. Los caballeros andantes lo sabían, y por eso hablaban de «trabajos» para referirse a la conquista de su dama, conquista que debía recomenzar, como el día, cada mañana. El que ama no duerme. Amar, si puede decirse así, consiste esencialmente en no dormir.
Al amar se viven estas palabras: «Cada vez que me repites que me amas desde lo más profundo de tu alma, me parece oírlo por primera vez, y así como un ser humano que poseyera el mundo entero necesitaría toda su vida para abarcar con los ojos su esplendor, así parece que necesitaría toda la vida para reflexionar en el recogimiento sobre toda la riqueza encerrada en tu amar».
Es el amar mismo el que exige. ¿Y cómo podría la Iglesia bendecir un afecto que se impusiera de antemano límites y plazos? Eso no sería amar, y por lo tanto, no habría nada que bendecir. Durar toda la vida recomenzando cada día: he aquí la esencia de amar, esencia que el sacerdote dominico y miembro de la Academia Francesa, A. M. Carré, condensó en esta sola máxima que decía siempre a las parejas a las que asistía durante la Misa de bodas: «Esposos para siempre, permaneced novios».
Es preciso que el amar renazca cada día, que no se acostumbre ni alce la voz; que los esposos que estarán juntos «hasta que la muerte los separe» se sigan contemplando con estupor y sorpresa en vez de ponerse a concebir vanas teorías; que sigan, en una palabra, conquistándose mutuamente y siguiendo siendo novios, como cuando eran jóvenes y se decían palabras bellas.

Misericordia


La palabra misericordia se presenta con dos significados fundamentales: el primero indica la actitud de la parte más fuerte (en la alianza, Dios mismo) hacia la parte más débil y se expresa habitualmente en el perdón de las infidelidades y de las culpas; el segundo indica la actitud hacia la necesidad del otro y se expresa en las llamadas obras de misericordia. (En este segundo sentido el término se repite con frecuencia en el libro de Tobías). Existe, una misericordia del corazón y una misericordia de las manos.

En la vida de Jesús resplandecen las dos formas. Él refleja la misericordia de Dios hacia los pecadores, pero se conmueve también de todos los sufrimientos y necesidades humanas, interviene para dar de comer a la multitud, curar a los enfermos, liberar a los oprimidos. De Él el evangelista dice: «Tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17).

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia», se entiende ante Dios, que perdonará sus pecados. La frase: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso», se explica inmediatamente con «perdonad y seréis perdonados» (Lc 6, 36-37).

Es conocida la acogida que Jesús reserva a los pecadores en el Evangelio y la oposición que ello le procuró por parte de los defensores de la ley, quienes le acusaban de ser «un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7, 34). Uno de los dichos históricamente mejor atestiguados de Jesús es: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17). Sintiéndose por Él acogidos y no juzgados, los pecadores le escuchaban gustosamente.

Jesús justifica su conducta hacia los pecadores diciendo que así actúa el Padre celestial. A sus detractores les recuerda la palabra de Dios en los profetas: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Mt 9, 13). La misericordia hacia la infidelidad del pueblo, es el rasgo más sobresaliente del Dios de la Alianza y llena la Biblia de un extremo a otro. Un Salmo lo repite en forma de letanía, explicando con ella todos los eventos de la historia de Israel: «Porque eterna es su misericordia» (Sal 136).

Ser misericordiosos se presenta así como un aspecto esencial del ser «a imagen y semejanza de Dios». «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36) es una paráfrasis del famoso: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2).

Pero lo más sorprendente, acerca de la misericordia de Dios, es que Él experimenta alegría en tener misericordia. Jesús concluye la parábola de la oveja perdida diciendo: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). La mujer que encontró la dracma perdida grita a sus amigas: «Alegraos conmigo». En la parábola del hijo pródigo además la alegría desborda y se convierte en fiesta, banquete.

No se trata de un tema aislado, sino profundamente enraizado en la Biblia. En Ezequiel Dios dice: «Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino (¡me complazco!) en que el malvado se convierta de su conducta y viva» (Ez 33,11). Miqueas dice que Dios «se complace en tener misericordia» (Mi 7,18), esto es, experimenta gozo al hacerlo.

Jesús dice «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» y en el Padre Nuestro nos hace orar: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Dice también: «Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6, 15). Estas frases podrían llevar a pensar que la misericordia de Dios hacia nosotros es un efecto de nuestra misericordia hacia los demás, y que es proporcional a ella.

El carácter de pura gratuidad de la misericordia divina solemnemente proclamado por Dios ante Moisés: «Realizaré gracia a quien quiera hacer gracia y tendré misericordia de quien quiera tener misericordia» (Ex 33,19).

La parábola de los dos siervos (Mt 18, 23 ss,) es la clave para interpretar correctamente la relación. En ella se ve cómo es el señor quien, en primer lugar, sin condiciones, perdona una deuda enorme al siervo (¡diez mil talentos!) y que es precisamente su generosidad la que debería haber impulsado al siervo a tener piedad de quien le debía la mísera suma de cien denarios.

En la bienaventuranza, la misericordia de Dios hacia nosotros parece tener el efecto de nuestra misericordia hacia los hermanos/as, es porque Jesús se sitúa aquí en la perspectiva del juicio final («alcanzarán misericordia», ¡en futuro!). «Tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se siente superior al juicio» (St 2, 13).

Si la misericordia divina está en el inicio de todo y es ella la que exige y hace posible la misericordia de los unos con los otros, entonces lo más importante para nosotros es tener una experiencia renovada de la misericordia de Dios.
Podríamos tomar como espejo las bienaventuranzas meditadas , comenzando ahora y repitiendo juntos la expresión tan antigua y tan bella: ¡Kyrie eleison!, ¡Señor, ten piedad!

«Bienaventurados los puros de corazón»: Señor, reconozco toda la impureza y la hipocresía que hay en mi corazón; tal vez, la doble vida que llevo ante Ti y los demás. ¡Kyrie eleison!

«Bienaventurados los mansos»: Señor, te pido perdón por la impaciencia y la violencia oculta que existe dentro de mí, por los juicios temerarios, el sufrimiento que he provocado a las personas a mi alrededor... ¡Kyrie eleison!

«Bienaventurados los que tienen hambre»: Señor, perdona mi indiferencia hacia los pobres y los hambrientos, mi continua búsqueda de comodidad, mi estilo de vida aburguesada... ¡Kyrie eleison!

«Bienaventurados los misericordiosos»: Señor, frecuentemente he pedido y he recibido a la ligera tu misericordia, ¡sin darme cuenta de a qué precio me la has procurado! A menudo he sido el siervo perdonado que no sabe perdonar: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad!

De una experiencia profunda de la misericordia de Dios se sale renovados y llenos de esperanza: «Dios, rico de misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo» (Ef 2, 4-5).

San Alberto Magno


Fue tan pulcro en sus descripciones, y tan deseoso de que sus experiencias pudieran ser útiles a la posteridad, que todavía hoy, al cabo de tantos siglos, es posible reproducir en un laboratorio sus técnicas químicas. Su meticulosidad fue proverbial: «Yo mismo lo he experimentado -escribía San Alberto-. Pues algunas veces me puse en camino para visitar minas metalíferas muy alejadas y experimentar directamente las propiedades de los metales».

PADRE DE LA INTELECTUALIDAD CRISTIANA

La carrera intelectual de San Alberto suele dividirse en cuatro etapas. Un primer período teológico, vivido en Alemania y en París (1228-1248); un segundo momento, transcurrido en Colonia, en que estuvo interesado por la cultura griega post-romana (Pseudo-Dionisio, por ejemplo), y durante la cual fue además el maestro de Santo Tomás de Aquino (1248-1254); los años en que anduvo a vueltas con la filosofía aristotélica y con los escritos de Boecio (1254-1270), y, finalmente, la segunda etapa teológica (1270-1280), en la que redactó ya pocas obras, agotado como estaba por tan dilatada e intensa existencia, aunque todavía tuvo fuerzas para dictar su magna Suma de Teología. A todo ello deberíamos añadir su actividad diplomática al servicio de la Santa Sede (predicador de las Cruzadas), su labor interna como organizador de los estudios dominicanos, y su consagración episcopal para la sede de Ratisbona.

No es fácil destacar aspectos del saber científico en que San Alberto haya aportado verdaderas novedades. Fue fundamentalmente un recopilador, un curioso de la especulación, un apasionado de la naturaleza y de la cultura antigua. En algunas disciplinas, su obra no pasa de ser, después de setecientos años, un momento histórico del progreso científico. Sus aportaciones más interesantes se hallan en el campo de la filosofía y de la teología, porque preparó el material que habría de usar Santo Tomás para su genial síntesis, que Alberto conoció y defendió, aunque nunca llegó a comprender... Pero en todo caso, San Alberto queda, para nuestra generación, como el testimonio de esa actitud cristiana hacia la ciencia.

Ama la Creación


El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. La Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla» ( Gn 2,15).Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello.
La herencia de la creación pertenece a la humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también su deterioro en términos ambientales y sociales, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Para proteger el ambiente, para tutelar los recursos y el clima, es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico , teniendo en cuenta la solidaridad que tenemos con quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.  
La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada Estado y a la Comunidad internacional». El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes; que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro».La crisis ecológica muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo.
Responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana.
Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y los recursos del planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre está llamado a emplear su inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y en la aplicación de los descubrimientos que se derivan de ella. Hoy son muchas las oportunidades científicas y las potenciales vías innovadoras, gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por ejemplo, es preciso favorecer la investigación orientada a determinar el modo más eficaz para aprovechar la gran potencialidad de la energía solar. También merece atención la cuestión, que se ha hecho planetaria, del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo ciclo tiene una importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya estabilidad puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos. Se han de explorar, además, estrategias apropiadas de desarrollo rural centradas en los pequeños agricultores y sus familias, así como es preciso preparar políticas idóneas para la gestión de los bosques, para el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios climáticos y la lucha contra la pobreza. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común. Que manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y guardar la tierra ( Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios». 
Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo actualmente dominantes,con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social. Todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene fronteras.
La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que «cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia». No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.

El cristiano como comunicador


El lenguaje y la identidad se encuentran vinculados al
término “lengua materna”. Una identidad saludable
equilibra los distintos aspectos de nuestras
personalidades. Una comunidad expresa parte de su identidad a través de sus
idiomas de instrucción, en tanto que una sociedad sana toma decisiones que
producen comunidades armónicas y personas con confianza en sí mismas.
Años de investigación han demostrado que los niños que inician su educación en la
lengua materna tienen un mejor comienzo y exhiben un mejor desempeño que
aquellos que son expuestos a un idioma nuevo al ingresar a la escuela. Lo mismo es
aplicable a los adultos que buscan alfabetizarse. Si bien esta conclusión ha recibido
amplia aceptación, aún se sabe de gobiernos que insisten en imponer un idioma
extranjero de instrucción a niños de corta edad, ya sea en un equivocado intento
por modernizarse o para expresar la preeminencia de un grupo social dominante
Los graves acontecimientos que han marcado los primeros años del presente milenio también han enseñado
que la búsqueda de la armonía social genera naciones más felices y productivas que aquellos intentos orientados a preservar jerarquías de poder.
Sin embargo, la vida real no es siempre tan sencilla. Algunos idiomas no cuentan con
el vocabulario o los conceptos que serán necesarios más allá de los primeros niveles
de escolaridad y requieren codificación adicional y la invención de palabras nuevas,
algo que puede tomar varios años. Las familias deben velar por su lengua materna,sus signos ,significados, su articulación, en palabras, frases,oraciones etc,que va dando la articulación social.
En el heterogéneo mundo de hoy, infundir confianza a las personas también implica
darles la habilidad de comunicarse fuera de su propio grupo lingüístico, ya sea en un
idioma nacional distinto o en un idioma internacional. Los adultos cuando aprenden otros idiomas ciertamente enriquecen su vida, en esa capacidad humana (voluntad e inteligencia) de asociar significados siendo el principal medio de comunicación social.

lunes, 8 de febrero de 2010

Comunicación católica eficaz



Este encuentro puede ser ocasión de realizar una autoevaluación sobre nuestro servicio y testimonio como comunicadores católicos hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, despojándonos de posibles preconceptos que sólo nos limitarían. Profundicemos en el hecho mismo de la comunicación.
Hoy asistimos a un sistema comunicativo fluído y complejo. Los blogs y las redes sociales son espacios de encuentro y difusión muy importantes. Son cada vez más los usuarios/productores de información, lo cual ha hecho crecer la participación popular en la dinámica comunicativa, pues incluso los medios de masas se hacen eco de los pequeños medios personales, como sucedió recientemente en Haití. Por eso urge la inclusión de los que han quedado fuera en este diálogo social, para que puedan expresarse libremente y también con responsabilidad como corresponde a todo usuario/productor.
El mundo informativo de hoy es transversal, multimediático, inmediato, prácticamente incontrolable, en cierto modo efímero, y crea una nueva cultura que incide en la mentalidad contemporánea. Los nuevos medios también se están asumiendo en los contextos de la comunicación para el desarrollo, que integra la comunicación estratégica y organizativa como factor real que contribuye al progreso de las comunidades, pues ellas mismas se vuelven protagonistas de su propia transformación. Hay que impulsar estos procesos, en los que se inscriben también muchas radios comunitarias y locales, "para fortalecer las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de las organizaciones de la sociedad civil". Obviamente, "no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser auténtico e integral", y "Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre," , como nos recuerda el Papa en su última encíclica Caritas in veritate.
El Documento de Aparecida describe la situación de manera muy aguda: "la eficacia de los procedimientos alcanzada mediante la información, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más profundo de la vocación humana. La persona humana es, en su misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los significados en una única vocación de sentido" (n. 42). El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas no garantiza la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. "Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural." Los comunicadores hemos de orientarnos al desarrollo integral de la persona y de la comunidad. ¡No perdamos de vista este objetivo!
El esfuerzo para crear vínculos de comunicación y fraternidad no puede dirigirse sólo hacia fuera de la Iglesia. Hemos de hacer examen de conciencia y ver si en nuestras comunidades vivimos los valores comunicativos que deseamos impulsar en el mundo. Estamos llamados a ser sal y luz, a promover una cultura de "respeto, de diálogo, de amistad", que impulse mayor justicia, paz y solidaridad con la comunicación digital . La comunidad cristiana misma como Pueblo de Dios, en su integridad, tiene que ser ese espacio donde los valores del Reino se vivan con coherencia, de manera efectiva. Al menos hemos de mantener una constante tensión hacia esa coherencia vital.
Nos hallamos en la llamada "sociedad-red", ya que la tecnología digital de comunicación se estructura en forma de redes. Ello ha lanzado con mayor fuerza el concepto de "redes sociales" y la consideración de los grupos humanos como redes de nodos interconectados que se comunican entre sí. Pero a nosotros esta imagen de la red nos evoca otra mucho más profunda y vital: la Iglesia como cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo. San Pablo en su segunda carta a los Corintios, recuerda: "Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu". (2Cor 12, 4-21). Somos, pues, mucho más que una red. Somos un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo, y ninguno de los miembros de la Iglesia debe estar excluído y olvidado. La comunicación es para la promoción de la comunión. Y hemos de expresarla y promoverla desde dentro de las comunidades mismas. La comunicación interna de nuestras comunidades es un aspecto que no podemos descuidar.

No al pecado ,sí a la Gracia.



Son huellas que quedan y que de alguna manera, le restan fuerza, claridad y vigor en la lucha constante por hacer siempre el bien, por conseguir la virtud que nos hemos propuesto alcanzar. Querámoslo o no, el pecado va debilitando la fuerza de voluntad. Imagínate tu corazón como esa bomba de amor que constantemente esta haciendo llegar una savia pura y fresca a todas las acciones de tu obrar cotidiano, que te impele a estar siempre obrando el bien con el fin único de alcanzar la santidad, el parecerte a Jesucristo. Los pecados son basuras que se van incrustando en la bomba y que no permiten que circule libremente la savia vivificadora. No es que el corazón se estropee. Es que al corazón se le van adhiriendo basuras, vicios, comportamientos que impiden que en todas las acciones que debe realizar brille la virtud que debes conquistar. Al paso del tiempo podemos muy bien preguntarnos: “... y bien, ¿por qué no soy lo que debo ser? ¿Por qué estoy retrocediendo en lugar de avanzar?”

Cuentan que Leonardo Da Vinci, buscaba modelos para su obra “La última cena”. Fácilmente encontró a Jesús: un joven florentino en la primavera de la vida: fuerte, alto, con la mirada fresca, envolvente y cautivadora. Limpia. Fue fácil invitarlo a posar. Pasó el tiempo y entre las distintas actividades del gran maestro el cuadro no quedaba terminado. Serían diez años desde que había comenzado el cuadro y para dar por terminada la obra faltaba otro de los personajes principales de la escena: Judas, el discípulo que traicionó a Jesús. No era cosa de otro mundo buscar una persona que pudiera servir de modelo, si bien a nadie le agradaba tal empresa, por las heridas que en la susceptibilidad personal pudieran causarse: eso de quedar inmortalizado en la historia como un traidor no era del todo halagador para nadie. Así las cosas, Leonardo buscó entre las peores tabernas a los posibles personajes que pudieran desempeñar el triste papel de Judas Iscariote. Buscando, buscando, lo encontró: un hombre, no muy grande, de unos treinta años pero con una mirada triste, perdida, el ceño fruncido y las espaldas ya algo cargadas por el paso del tiempo. Con todo respeto lo invitó a la osada empresa y el sujeto aceptó. Habría sido en las primeras sesiones cuando nuestro modelo, sin notarlo, comenzó a llorar. Leonardo, tratando de congraciarse con él y admirando su exquisita sensibilidad le dijo:
-Pero hombre. No llores, no es para tanto. Tú no eres un traidor, tan sólo me estás ayudando en esta empresa. Es cierto que te ha tocado jugar un papel muy poco halagador, pero por favor, no lo tomes así.
A lo que el hombre respondió:
-No lloro por lo que tú me estás diciendo. Lloro por mí mismo. ¿Es que no me reconoces? Cuánto habré cambiado que al cabo de diez años tú mismo me pediste que posara como Jesucristo y ahora me invitas a ser Judas Iscariote...

El corazón también ha sido comparado por un gran maestro espiritual del siglo XX como una papa. Comparación poco elegante, ciertamente, pero muy efectiva. Una papa si se la deja en cualquier parte, es capaz de echar raíces ahí en donde se le coloca. Puede ser en la bodega, en la alacena de una casa, en lo oscuro de un diván. Echa raíces. De la misma manera, nuestro corazón se habitúa a actuar de cualquier forma. Si no estamos atentos irá adquiriendo tendencias malas de aquí y allá y al final no nosotros mismos acabaremos por reconocerlo.

Es por ello que debemos hacer de vez en cuando una purificación de nuestro corazón, una limpieza profunda para quitar esas manchas, esos virus que puedan haberse incrustado en el camino diario.

¿Signos con los que podemos detectar que ya necesitamos una purificación de nuestro corazón? Hay varios.

Primero: nos dejamos de doler por nuestras faltas, especialmente aquellas faltas que cometemos por culpa de nuestro defecto dominante. Ya no le damos la importancia necesaria como la solíamos dar al inicio de nuestro programa de reforma de vida. Nos hemos ido acostumbrado poco a poco a esas fallas. Nuestro corazón “ha aprendido a convivir” con esas fallas. Como los virus que ya no son detectados por los anticuerpos. Nuestro cuerpo se ha habituado de tal manera a convivir con ellos que ya no detecta su presencia. En la vida espiritual puede pasarnos algo semejante. No es que no le demos importancia a las fallas, pero ya no nos duelen tanto, no nos movemos tanto hacia una conversión fuerte, eficaz, ya no nos causa tanto dolor el haber cometido esas faltas. El pecado ha “obnubilado” la forma de ver las cosas. Lo que antes nos causaba gran dolor, ahora simplemente nos causa fastidio o flojera y podemos tener expresiones como las de “se ve que yo soy así y me va a ser muy difícil cambiar”. “Lo he intentado todo...” “Total: no es tan malo...” Si una alarma contra incendios no funciona bien, el día menos pensado que necesitemos de sus servicios nos fallará y entonces lamentaremos las consecuencias de no haberle dado un servicio de mantenimiento con la frecuencia con la que se lo habríamos de haber dado.

Otro de los signos con los cuales podemos detectar que las cosas no marchan ya muy bien en nuestro corazón es el hacernos esclavos de las circunstancias. Tengo mi programa de reforma de vida, pero yo mismo hago mis espacios mentales para no cumplirlo, porque las circunstancias indican otras cosa o son desfavorables, según nuestro propio y peculiar juicio. “Una vez al año, no hace daño.” “Ahora estoy con mis amigos.” “En estos momentos me siento tan cansado.” “Era muy difícil no haber caído: la tentación se me presentó en forma tan inesperada...” Y justificaciones similares. Las circunstancias son las que cada día se van enseñoreando más de nuestro corazón hasta dominarlo. Nos convertimos en hombre y mujeres de circunstancias, porque nos fuimos habituando a dejar que ellas fueran dictándonos los comportamientos de nuestro obrar. Y nuestro corazón, si bien seguía bombeando, la savia ya no pasaba porque había sido taponada por las circunstancias.

Confundimos la ilusión con la realidad. Creemos que ciertas cosas pueden hacernos bien y no nos damos cuenta del mal que nos provocan. Hemos trastocado los términos de todo. Lo bueno ya no lo vemos tan bueno y lo malo, por consecuencia, ya no lo vemos tan malo.

Un último signo es la justificación para no obrar el bien con la fuerza y la constancia con la que deberíamos hacerlo. Encontramos una respuesta fácil y cómoda para explicar nuestra falta de virtud. No nos preocupamos por alcanzar las cumbres de la santidad. Nos justificamos con que no somos malas personas y así, vamos tirando en la vida.

Cuando alguno de estos signos se presentan, señal es de que nuestro corazón comienza a atrofiarse, a ensuciarse. Es tiempo de una buena purificación, de una buena limpieza interior. Y esta limpieza debe ser profunda, debe ir a las raíces de las faltas. No quedarnos en la superficialidad, sino ir al fondo. ¿Cómo logra esta purificación? La Iglesia católica nos recomienda la confesión de nuestros pecados. Pero debe ser una confesión profunda íntima, llena de fe. Una confesión que mire más las actitudes por las que hemos cometido las faltas, que las faltas en cuanto tal.

Sabemos que la gracia actúa en el alma, porque la gracia es eficaz, actúa por sí misma. Pero las buenas disposiciones del alma, ayudan a que la gracia actúe con mayor profundidad, porque el individuo se presta para ello: prepara los lugares en donde la gracia puede actuar. Puedes confesarte con mucho sentido de arrepentimiento, con mucho dolor de los pecados, pero si no hay las disposiciones, los medios para cambiar, será difícil que la gracia actúe. Borrará los pecados, de eso no nos cabe la menor duda, pero que actúe en tu corazón, que lo disponga a actuar siempre para el bien, que lo fortalezca, que lo vigorice, eso dependerá de tus buenas disposiciones.

¿Cómo disponernos a una buena purificación de nuestro corazón para que actúe la gracia? ¿Cómo disponernos para que cada confesión sea un verdadero encuentro con Cristo que fortalezca nuestro corazón y lo lance a obrar siempre y de mejor manera el bien para vencer nuestro defecto dominante y alcanzar la virtud que queremos conquistar?

Te invito a conocer y saber cómo hacerlo, en el siguiente artículo. Por mientras, te dejo de tarea el que revises un poco cómo son tus confesiones. No te pido que revises únicamente la mecánica de tus confesiones o de qué pecados te confiesas con mayor frecuencia, sino que analices las actitudes de tus confesiones. ¿Cuál es la actitud fundamental por la que recurres al sacramento de la penitencia? ¿Cómo dispones tu corazón al sacramento de la confesión? ¿Qué pasaría si no pudieras confesarte? ¿Vivirías igual? ¿Cambia tu vida después de cada confesión? ¿O sigue más o menos igual? ¿Es para ti la confesión un verdadero encuentro con Cristo?

Don Bosco


El corazón de varios jóvenes, en varias partes del mundo, se sumerge en el deseo de una consagración total al Señor, según el espíritu salesiano, a ser vivida en el mundo, en la secularidad, y con modalidad masculina


Algunas personas se preguntan: ¿Cuál ha de ser el sentido de su vida? y llegan a encontrar a otros, que les ayuden a discernir, y al fin - con plena libertad - se involucran en un movimiento de voluntariado en favor de los demás y de la verdad.

Pero el Señor siempre pide más; y si esa persona llega a ser consciente de su misión de bautizado y logra ver su vida desde la fe, haciendo una lectura evangélica; se compromete por anunciar el Reino en el lugar donde le toca estar: en el estudio, trabajo, en su casa.

Pero ¿Qué pasa con aquellos jóvenes decididos a seguir radicalmente el Evangelio y no se sienten llamados a la vocación del matrimonio o a la vida sacerdotal o religiosa? ¿Qué pasa con todos aquellos jóvenes que han sentido el llamado del Señor - para servirlo desde su profesión, trabajo, barrio, familia - reconociendo que Dios los consagró para hacer de todo lo creado y de todo el mundo una alabanza a Él? ¿Qué decirle al Señor si me pide servirlo así? ¿Puede pedir esto el Señor?

De hecho, el Señor no se deja ganar en generosidad y ha pedido que muchos jóvenes respondan, desde la secularidad, para anunciar a Cristo a los jóvenes de hoy, según el carisma salesiano. Por esto el Espíritu Santo ha suscitado en el mundo a una consagración por el Reino.

Opción que Dios ha suscitado en nuestro siglo y por lo tanto en nuestra época. Ellos sin conocerse percibían la necesidad de lograr un sueño de muchos y la intuición de no pocos, llenando a la familia salesiana de una nueva alegría. Por ello decimos que el Espíritu Santo es nuestro fundador

Se dedican a las más variadas actividades de trabajo laboral y de apostolado, se les ve en las escuelas, hospitales, en la medicina, en todo lo que contribuya al bien de la sociedad en especial de los jóvenes y el apotolado en muy amplio en campo de acción pastoral y Evangelización

Se vive de manera más radical su seguimiento a Cristo por medio de los votos de castidad, pobreza y obediencia, por regular viven solos o con sus famlias, y a un que no no viven en comunidad la fraternidad entre los grupos y hermanos es elemental.

Por la castidad, nos proponemos ser signo del amor de Dios a la humanidad, reflejando sobre todo a los jóvenes la caridad cristiana, haciéndoles ver que en un mundo generalmente hedonista, es posible amar desinteresadamente porque es posible alcanzar la santidad hoy.

Por la pobreza, somos testimonio de solidaridad con los más necesitados, y brindamos al mundo la posibilidad de vivir compartiendo nuestros bienes, poniendo nuestros puestos de trabajo al servicio del Reino de Dios y liberándonos del ídolo del tener.

Por la obediencia, descubrimos a las personas que nos rodean la posibilidad de conocer un mundo de servicio anónimo, donde el respeto y la obediencia a Dios y las autoridades marcan la diferencia frente a un mundo que busca el afán de figuración, poder y perdona poco.
Es un proyecto de vida de acuerdo al Evangelio, en respuesta a nuestro bautismo.

Para un mejor servicio e imitación de Cristo viven su vocación con una reserva prudente y responsable, sin llevar algún distintivo especial, no manifestando su condición de consagrados, el testimonio de vida manifiesta su primacia de Cristo y de que son con

Laicos conscientes de su propia consagración bautismal que, para responder a una llamada especial, radicalizan esta consagración, por medio de la profesión de los consejos evangélicos y se comprometen a vivir, como Cristo, un amor casto, pobre y obediente. No se separan del mundo, de su propio ambiente, del trabajo y de la familia, sino que trabajan aportando la plenitud de su radical elección de amor. Viven la vocación de seculares consagrados en el espíritu salesiano de Don Bosco. Descubren a Dios y lo contemplan en el rostro de cada hombre.

Tienen una atención especial por los jóvenes, sobre todo por los más pobres y abandonados, las vocaciones y las misiones.

Hacen propia la ascética salesiana que se apoya en el trabajo y la templanza que, como dice Don Bosco, “son dos medios con los que lograremos vencer todo y a todos”.

“El trabajo hace que nos sintamos unidos a Cristo que en el trabajo de cada día actúa por su Padre en la realización de su voluntad. La templanza es vivida como dominio de sí , a donarse a los demás”.

La referencia esencial es a Don Bosco, a su vida, a su experiencia, a su riqueza espiritual.
Reconocen que son portadores del carisma de Don Bosco y estan insertos en la Familia Salesiana. Nuestra secularidad consagrada salesiana se inspira y orienta en su espíritu, en su proyecto apostólico y en su estilo pastoral.

Reconocen al Rector Mayor sucesor de Don Bosco, como centro de unidad y padre común, responsable de la unidad en el espíritu y de la fidelidad en la misión común. Vivimos en comunión con los diversos grupos de la Familia Salesiana, y en relación particular con los grupos laicos, especialmente con las voluntarias de Don Bosco.

La congregación salesiana, por el patrimonio espiritual y la riqueza apostólica que custodia y alimenta, es para nosotros, en el respeto de las características y autonomías recíprocas, una fuente viva de autenticidad y un estímulo en la fidelidad al carisma.

Las voluntarias de Don Bosco (consagradas salesianas) con las que compartimos la misma vocación salesiana, son para nosotros nuestras hermanas mayores.

Por eso, si has estado buscando un sentido a tu vida y quieres servir al Señor al estilo salesiano y deseas dar una respuesta al llamado que Dios hace - viviendo casto, pobre y obediente a Él y a su Iglesia - desde tu profesión, estudio, trabajo, tú puedes ser un voluntario con Don Bosco .

Pesca miligrosa San Lucas 5,1-11


Simón y sus compañeros son sorprendidos por Jesús en el quehacer banal de cualquier día de su vida: mientras estaban lavando las redes vacías, tras una noche desafortunada. Ahí, en ese cotidiano transcurrir de una vida, ahí estaba también el Señor. Allí acontece un diálogo entre Jesús y Simón, que es ejemplar. "Rema mar adentro, y echa las redes para pescar". Y responde Simón: hemos estado toda la noche intentándolo en balde, pero por tu palabra, volveré a echar las redes. Es muy hermoso leer este diálogo paralelamente con el del final del Evangelio de S.Juan, cuando vuelvan a encontrarse Jesús y Pedro -entonces será ya Pedro- en un mismo escenario: el mismo lago, una barca, entre redes vacías y noches estériles ( Jn 21,1-24).
En ambos encuentros, lo que determina el asombro de Simón Pedro es la repuesta de Jesús a la vaciedad de los esfuerzos de éste. No hay lugar a "pactos", no se trata de una "negociación", sino el impresionante estupor ante algo más grande que Pedro. Porque Simón, buen conocedor de las horas oportunas para su bregar pescador, cuando ve lo sucedido no hace una interpretación simplona o racionalista: tú ves más que yo, has tenido más suerte, hemos sido afortunados por dar finalmente con el banco de peces... No, la reacción de Simón es la de un asombro netamente religioso: "apártate, Señor, que soy un pecador".
En su último encuentro en el lago Tiberíades, aún sabiéndose pecador -y quizás con una conciencia de ello que ahora no tiene todavía-, lejos de decir a Jesús que se aparte, será él quien se lanzará al agua para acortar la distancia. Vale la pena leer los dos encuentros. Finalmente, la llamada y la respuesta: serás pescador de hombres... y ellos, dejándolo todo, lo siguieron. Este Evangelio es toda una meditación que hay que leer despacio, como quien intuye -así es en realidad- que uno mismo está en esa barca, que a uno mismo se dirige el Señor, no como a una muchedumbre anónima, sino con mi nombre y situación.
Porque sólo entenderemos este encuentro entre Simón y Jesús, cuando en él veamos descrito nuestro propio encuentro con el Señor. O dicho de otro modo, cuando en el cotidiano lavar nuestras redes,o entre nuestros pucheros y quehaceres, descubrimos una Voz y vemos una Presencia, que nos llama desde todos nuestros vacíos a una plenitud insospechada para la que habíamos trabajado desde nuestras fuerzas insuficientes, la plenitud que había soñado nuestro corazón y para la que está hecho.Ellos, dejándolo todo, siguieron a Jesús
Jesús, se hace invitado en la barca de Pedro,que no se niega a prestarle este servicio.Este pasaje inspira mucho.Tenemos la incansable canción: Tú has venido a la orilla.
Jesús le pide a Pedro- Tira con la barca mar adentro, y echa las redes para pescar.
Pedro y sus compañeros conocen muy bien el lago, y saben que es inútil querer pescar hoy. Por eso, le responde a Jesús:
- Maestro, nos hemos pasado la noche tratando de pescar algo y ha sido inútil. Hoy no cae nada. Pedro,confiado no en sus capacidades sino en la orden de Jesús lanza las redes.
Las hunden en el agua, y los pescadores empiezan al cabo de poco a hacer esfuerzos enormes para mantenerlas y sacarlas a flote, pues se rompen casi con tanto peso,optimismo y certeza del éxito. Tan cargadas están, que gritan a los compañeros de la otra barca:
- ¡Eh, Santiago! ¡Eh, Juan!... ¡Venid a echarnos una mano, que no podemos con tantos peces como han caído!
Llenan las dos barcas a más no poder, de modo que casi se hunden, y con esfuerzo llegan sanos y salvos hasta la orilla. Son gentes del lago, que conocen su oficio, y no salen de su asombro. Jesús les sonríe satisfecho, y les anima y les promete:
- ¡Venga! ¡No tengáis miedo! Desde hoy vais a ser pescadores de hombres. ¡Veníos conmigo!
Ellos dejan las redes. Santiago y Juan se despiden de su padre y de los jornaleros. Y sin pensárselo más, se lanzan en seguimiento de Jesús, lo mismo que Pedro y Andrés, para no abandonarlo ya nunca. Serán los apóstoles más fieles y los más queridos de Jesús.
Hay un detalle que Lucas cuida muy bien de recalcar: la barca es de Pedro, los otros son llamados a aliviar la barca de Pedro con la misma pesca, y seguirán el mismo llamamiento que Jesús dirige ante todo a Pedro:
- Tú serás pescador de hombres.
No ver en esto la intención de Lucas en recalcar el primado de Pedro, y de su sucesor el Papa, es querer cerrarse voluntariamente los ojos.
Jesús nos habla aquí más con gestos que con palabras. Usa un lenguaje que todos entendemos.
¡Lo que son nuestros pastores!
¡Y lo que somos los que oímos la palabra de Jesús, y le seguimos!
¡Y cómo echamos las redes, cuando trabajamos por los demás!
¡Y los incontables hermanos que ganamos para Cristo!...
La misión de pescar compromete, por llamamiento expreso del Señor, a los Pastores de la Iglesia, al Papa, Obispos y Sacerdotes, a los misioneros y misioneras que llevan el Evangelio a todas partes...
¿Y a nosotros, laicos? ¿Qué nos toca a nosotros? ¿Estamos los seglares privados, por nuestra condición de laicos, de la gloria misionera de la Iglesia?... ¡Oh, no, mil veces no!...
Nosotros estamos llamados a ser, podemos ser, y lo somos si queremos, apóstoles de primera calidad. En nuestro puesto. Sin movernos de nuestra casa y sin dejar una sola de nuestras obligaciones.
Hoy se ha despertado muy viva entre nosotros la conciencia de que Jesucristo nos llama a todos los bautizados a responsabilizarnos de la Iglesia, cada uno en su puesto.
Somos conscientes de que la salvación de los seres humanos, realizada y merecida por Jesucristo con su sacrificio redentor en la cruz, depende en su aplicación de nosotros, los bautizados, que prestamos nuestra colaboración a Jesucristo el Señor. Para ello, aunque tengamos iniciativa propia, nos ponemos a disposición de los Pastores de la Iglesia, desde el Papa hasta nuestro Párroco, para trabajar con seguridad plena, todos unidos, en la obra del Salvador.
Jesucristo llama voluntarios, y hoy los encuentra abundantes en su Iglesia.
Lo que importa es que sintamos celo abrasador por la salvación de los hermanos/as que nos necesitan.
Somos pescadores de hombres y apóstoles cuando no nos negamos a trabajar por el Reino, por la Iglesia, allí donde estamos.
Y, si no llegamos a más, nuestra generosidad y nuestra oración son los instrumentos más fuertes de un apostolado callado, pero fecundísimo. El Papa Pío XI, llamado el Papa de las Misiones, decía con frase que se ha hecho famosa:
- No nos es posible ir a hablar de Dios a todos los hombres. Pero podemos hablar de todos los hombres a Dios.
Jesucristo es el que llama ,El los escoge y los envía en su nombre .Sintamonos responsables de las personas:pescador de hombres y mujeres.Respondamos sí a su llamada.

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Paulina Jaricot


Año dedicado a Paulina Jaricot, 9 de enero de 2010 al 9 de enero de 2011
La venerable Paulina María Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe en el año 1822, es un testimonio de compromiso misionero siempre actual, que nos anima e interpela como Iglesia misionera hoy.
El Papa León XIII escribió de ella: «por su fe, su confianza, su fuerza de espíritu, su dulzura y la aceptación serena de todas sus cruces», Paulina demostró ser una verdadera discípula de Cristo. Paulina ha hecho vida lo que afirma el Magisterio de la Iglesia: De los que viven en Cristo se espera un testimonio muy creíble de santidad y compromiso (DA 352).
Un año dedicado a profundizar en su vida, su mensaje y gestos concretos, nos puede ayudar a asumir un mayor compromiso con la misión de toda la Iglesia como discípulos misioneros de Jesús. Ella, discípula misionera de Jesús como cada uno de los bautizados, no necesitó de grandes cosas para ponerse en camino en el anuncio del Evangelio; sino que como Pablo habiendo sido alcanzada por Cristo, se lanzó hacia delante ( Flp. 3, 12 - 15).
Al ver a la multitud sintió compasión de quienes aún no conocían a Cristo y de los más pobres. Comprendió que era necesario hacer algo por ellos, algo concreto y con prontitud. Se trataba de dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido, de darse. Este compromiso con el anuncio de la Buena Noticia debía ser fruto del amor ( 1Cor. 13, 3-7).
Tuvo una mirada grande y generosa que la impulsaba a ir a la otra orilla (DA 376), sin descargar en unos pocos enviados el compromiso que es de toda la comunidad cristiana ( DA 379).
Además de esta solicitud por la misión ad gentes, se dedicó a evangelizar a los miles de obreros de su región, dándose cuenta de las dificultades por las que pasaban por ser trabajadores simples.
Para Paulina la misión hacia dentro, en el propio ambiente, era signo creíble, al mismo tiempo que estimulo para la misión ad gentes y viceversa. Es decir no se podía ser misioneros ad gentes, pensando solamente en los no cristianos de otros países o continentes, sin antes preocuparse seriamente de los no cristianos en su propio ambiente (. Rmi, 34).
Trató de poner por obra un proyecto social fundado en los valores cristianos, para instaurar la justicia en el mundo del trabajo. Sus intentos fracasaron en ese momento y fueron causa de grandes sufrimientos y humillaciones durante los últimos años de vida de Paulina, pero prepararon providencialmente el camino de una renovación en el compromiso social de la Iglesia, desarrollada en la encíclica Rerum novarum de León XIII.
Siendo el Espíritu Santo el protagonista de la misión (cf. Rmi 21), fácilmente podemos darnos cuenta que la fuerza, entusiasmo e impulso misionero de Paulina no podía surgir de otra fuente que no fuera el encuentro personal con Jesús. Paulina sabía que la clave era recomenzar cada día desde Cristo (cf. DA 12). La iniciativa de un «rosario viviente», misionero, además de evidenciar su gran amor a la Virgen, la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros ( DA 269) muestra su compromiso concreto con las misiones y los misioneros de todo el mundo a través de la oración.
Configurarse con Cristo era su gran deseo, el ideal de su vida, por eso repetía que quería convertirse en una Eucaristía Viviente. Para configurarse verdaderamente con el Maestro, debía asumir la centralidad del Mandamiento del amor. Un amor con la medida de Jesús, de total don de sí, caracterizado por un testimonio de caridad fraterna como primero y principal anuncio de Cristo ( DA 138). Paulina sabía por experiencia que el lugar privilegiado de encuentro del discípulo con Jesucristo es la Eucaristía. Allí estaba la fuente inagotable de su impulso misionero, allí el Espíritu Santo fortalecía su identidad de discípula misionera ( DA 251). Quienes la conocieron y han tenido un trato cercano con ella, como lo fue el Cura de Ars, testimonian que vivió como una Eucaristía Viviente, que se configuró con el Maestro: Conozco a alguien con cruces muy grandes y pesadas, y que las lleva con gran amor: es la señorita Jaricot.1
Al poner de relieve la figura de Paulina Jaricot, en un año dedicado especialmente a profundizar en su vida y obra, podemos encontrarnos con la sencillez de su corazón, su intrepidez y entrega a los demás por amor. Evidentemente su fuerza y ardor misionero en el servicio, sobre todo a los más pobres, provenía de su profundo amor a Jesús. El encuentro con esta mujer nos debería impulsar a una amistad cada vez mayor con Jesús Eucaristía, hasta que como San Pablo sintamos en nuestro interior la necesidad de darlo a conocer a todos Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (1Cor. 9,16)
El testimonio de Paulina nos recuerda que la misión comienza en el encuentro con Cristo, para después darlo a conocer a los demás, comenzando con aquellos con quienes convivo día a día en mi propio ambiente.
La vida de Paulina Jaricot, es una fuerte invitación a promover el espíritu misionero y el compromiso con la misión. Un compromiso que tiene su punto de partida en la oración, para después dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido poniéndonos al servicio de los demás. El amor es creativo, como lo podemos ver en la vida y obra de Paulina, y seguramente cuanto más unidos estemos a Jesús, con más claridad podremos ver el modo concreto de comprometernos con la misión universal de toda la Iglesia.
Los numerosos misioneros dispersos en los cinco continentes, son expresión concreta de ese amor a Jesús que se traduce en obras y que permite a tantos otros encontrarse con el Evangelio, con Jesús mismo. No podemos permanecer indiferentes viendo los esfuerzos y sacrificios, la entrega y el cariño de estos hombres y mujeres que un día sintieron que ya no podían callar lo que habían visto y oído (cf. Hech. 4, 20), aún en situaciones de graves conflictos o en momentos de peligro. Tantos que como Paulina Jaricot no quisieron vivir solamente para ellos mismos, y un día decidieron darlo todo por el anuncio del Evangelio, al estilo de Jesús que amó hasta el extremo de darlo todo.
Podemos afirmar que la estrategia de Paulina para cooperar con las misiones, nos habla de una mujer práctica, y de una mirada grande, capaz de ver toda la Iglesia y de trabajar codo a codo con otros. El Rosario Viviente con el que comprometía a muchos otros a rezar por las misiones, la colecta misionera en la que involucraba a otros, nos hablan de una mentalidad abierta, decidida, tenaz y sobre todo de un estilo de vida donde es esencial compartir, ser solidarios y vivir la comunión. Su capacidad de acogida, enriqueció la dimensión materna de la Iglesia misionera, muy especialmente en su testimonio de atención a los más pobres de la tierra.
En este año dedicado a Paulina Jaricot, detengamos a reflexionar en la actualidad de su mensaje y renovemos nuestro compromiso con Jesús y el anuncio de su Evangelio.
Los pobres desgraciados tienen hambre, y yo no puedo desentenderme (A su hermano Pablo Jaricot, en Nápoles. Lyón, 13 de septiembre de 1817)
Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a una misión evangelizadora que convoque todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño que es Pueblo de Dios en América Latina y El Caribe: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica. Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. En este esfuerzo evangelizador - prosigue el Santo Padre -, la comunidad eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad. Esa misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y los que sufren. Por eso, no puede separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral: Pero si las personas encontradas están en una situación de pobreza – nos dice aún el Papa - es necesario ayudarlas, como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un obispo, modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar el ‘pan material (DA 550)
El cielo, este cielo tan bello, será nuestra recompensa, siempre que sólo Dios sea el móvil de nuestra caridad. (A su hermano Pablo Jaricot, en Nápoles. Lyón, 13 de septiembre de 1817)
Dice san Juan de la Cruz, y lo repetirá santa Teresa del Niño Jesús, que Dios no necesita nuestras obras, sino nuestro amor. En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a Él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas (Mateo 22, 34-40)
Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda (Mt, 5,42). Ustedes han recibido gratuitamente, den gratuitamente (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf. Mt 25, 31-36)
La Buena Nueva anunciada a los pobres (Mt 11, 5; Lc 4, 18) es el signo de la presencia de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica 2443)
El que ama a Dios debe amar también a su hermano (1 Jn 4,21). En estos dos mandamientos se encierra la Ley y los Profetas (Mt 22, 40). Y la plenitud de la ley es el amor (Rm 13,10). Podemos citar también a Francisco de Sales que decía: En la Iglesia todo es amor; todo vive en el amor, para el amor y del amor. En el discurso de clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI declaró que la Iglesia amaba el mundo.
Gracias a mi divino Esposo al que con frecuencia le pedía que me mandara dinero; El se ha servido de ti para ser el instrumento de su tierna misericordia en favor de los desgraciados que estaban sin recursos y que ni yo misma conocía. (Al Señor Pablo Jaricot, en Nápoles. Lyón, 2 de noviembre de 1817)
«...es oportuno quizás volver sobre aspectos y problemáticas ya afrontadas, pero tan importantes que requieren siempre nueva atención. Es el caso del tema que he elegido para el Mensaje de este año: Combatir la pobreza, construir la paz. Un tema que se presta a un doble orden de consideraciones, que ahora puedo solo señalar brevemente. Por una parte, la pobreza elegida y propuesta por Jesús, por otra la pobreza que hay que combatir para hacer al mundo más justo y solidario».
El primer aspecto encuentra su contexto ideal en estos días, en el tiempo de Navidad. El nacimiento de Jesús en Belén nos revela que Dios eligió la pobreza para sí mismo en su venida en medio de nosotros. La escena que los pastores vieron en primer lugar, y que confirmó el anuncio que les hizo el ángel, es la de un establo donde María y José habían buscado refugio, y de un pesebre en el que la Virgen había colocado al Recién Nacido envuelto en pañales ( Lc 2,7.12.16). Esta pobreza ha sido elegida por Dios. Quiso nacer así -pero podríamos añadir en seguida que quiso vivir y también morir así. ¿Por qué? Lo explica en términos populares san Alfonso María de Ligorio, en un cántico navideño, que conocen todos en Italia: A Ti, que eres del mundo el Creador, faltan vestidos y fuego, o mi Señor. Querido niño, cuánto más me enamora esta pobreza, ya que te hizo pobre aún de amor. He aquí la respuesta: el amor por nosotros a empujado a Jesús no sólo a hacerse hombre, sino a hacerse pobre. En esta misma línea podemos citar la expresión de san Pablo en la segunda Carta a los Corintios: Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza (8,9).
Testigo ejemplar de esta pobreza por amor es san Francisco de Asís. El franciscanismo, en la historia de la Iglesia y de la civilización cristiana, constituye una difundida corriente de pobreza evangélica, que tanto bien ha hecho y sigue haciendo a la Iglesia y a la familia humana. Volviendo a la estupenda síntesis de san Pablo sobre Jesús, es significativo -también para nuestra reflexión de hoy- que haya sido inspirada al Apóstol precisamente mientras estaba exhortando a los cristianos de Corinto a ser generosos en la colecta a favor de los pobres. Él explica: No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad (8,13).
Este es un punto decisivo, que nos hace pasar al segundo aspecto: hay una pobreza, una indigencia, que Dios no quiere y que hay que combatir -como dice el tema de la Jornada Mundial de la Paz de hoy; una pobreza que impide a las personas y a las familias vivir según su dignidad; una pobreza que ofende a la justicia y a la igualdad y que, como tal, amenaza la convivencia pacífica. En esta acepción negativa entran también las formas de pobreza no material que se encuentran incluso en las sociedades ricas o desarrolladas: marginación, miseria relacional, moral y espiritual (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 2).
En mi mensaje he querido, una vez más. En la estela de mis Predecesores, considerar atentamente el complejo fenómeno de la globalización para valorar sus relaciones con la pobreza a gran escala. Frente a plagas difundidas como las enfermedades pandémicas, la pobreza de los niños y la crisis alimentaria, he debido por desgracia volver a denunciar la inaceptable carrera de armamento. Es oportuno entonces intentar establecer un círculo virtuoso entre la pobreza que elegir y la pobreza que combatir.
Aquí se abre una vía fecunda de frutos para el presente y para el futuro de la humanidad, que se podría resumir así: para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales. Más concretamente, no se puede combatir eficazmente la miseria, si no se hace lo que escribe san Pablo a los Corintios, es decir, si no se intenta hacer igualdad, reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario. Esto comporta elecciones de justicia y de sobriedad, elecciones por otra parte obligadas por la exigencia de administrar sabiamente los limitados recursos de la tierra.
Cuando afirma que Jesucristo nos ha enriquecido con su pobreza, san Pablo nos ofrece una indicación importante solo desde el punto de vista teológico, sino también en el plano sociológico. No en el sentido de que la pobreza sea un valor en sí mismo, sino porque es condición para realizar la solidaridad. Cuando Francisco de Asís se despoja de sus bienes, hace una elección de testimonio inspirada directamente por Dios, pero al mismo tiempo muestra a todos el camino de la confianza en la Providencia. Así, en la Iglesia, el voto de pobreza es el compromiso de algunos, pero nos recuerda a todos, la exigencia de no apegarse a los bienes materiales y el primado de las riquezas del espíritu.
Queridos hermanos y hermanas, pienso que la Virgen María se hizo más de una vez esta pregunta: ¿Por qué Jesús quiso nacer de una chica sencilla y humilde como yo? Y después, ¿por qué ha querido venir al mundo en un establo y tener como primera visita la de los pastores de Belén? La respuesta María la tuvo plenamente al final, tras haber puesto en el sepulcro el cuerpo de Jesús, muerto y envuelto en lienzos (cf. Lc 23,53). Entonces comprendió plenamente el misterio de la pobreza de Dios. Comprendió que Dios se había hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza llena de amor, para exhortarnos a frenar la voracidad insaciable que suscita luchas y divisiones, para invitarnos a frenar el ansia de poseer y a estar así disponibles a compartir y a la acogida recíproca. (cf. Homilía del Papa Benedicto XVI, durante la Misa de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, Jornada Mundial de la Paz, celebrada en la Basílica de san Pedro, el jueves 1 de enero de 2009).
Te advierto que siguiendo el consejo de la Sra. Perrin, he comprado una clase de tela - de la que no recuerdo el nombre - tanta cuanto he necesitado, para nuestros pobres, que sentían ya vivamente el frío. (Al Señor Pablo Jaricot, en Nápoles. Lyón, 2 de noviembre de 1817)
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