domingo, 21 de febrero de 2010

San Alberto Magno


Fue tan pulcro en sus descripciones, y tan deseoso de que sus experiencias pudieran ser útiles a la posteridad, que todavía hoy, al cabo de tantos siglos, es posible reproducir en un laboratorio sus técnicas químicas. Su meticulosidad fue proverbial: «Yo mismo lo he experimentado -escribía San Alberto-. Pues algunas veces me puse en camino para visitar minas metalíferas muy alejadas y experimentar directamente las propiedades de los metales».

PADRE DE LA INTELECTUALIDAD CRISTIANA

La carrera intelectual de San Alberto suele dividirse en cuatro etapas. Un primer período teológico, vivido en Alemania y en París (1228-1248); un segundo momento, transcurrido en Colonia, en que estuvo interesado por la cultura griega post-romana (Pseudo-Dionisio, por ejemplo), y durante la cual fue además el maestro de Santo Tomás de Aquino (1248-1254); los años en que anduvo a vueltas con la filosofía aristotélica y con los escritos de Boecio (1254-1270), y, finalmente, la segunda etapa teológica (1270-1280), en la que redactó ya pocas obras, agotado como estaba por tan dilatada e intensa existencia, aunque todavía tuvo fuerzas para dictar su magna Suma de Teología. A todo ello deberíamos añadir su actividad diplomática al servicio de la Santa Sede (predicador de las Cruzadas), su labor interna como organizador de los estudios dominicanos, y su consagración episcopal para la sede de Ratisbona.

No es fácil destacar aspectos del saber científico en que San Alberto haya aportado verdaderas novedades. Fue fundamentalmente un recopilador, un curioso de la especulación, un apasionado de la naturaleza y de la cultura antigua. En algunas disciplinas, su obra no pasa de ser, después de setecientos años, un momento histórico del progreso científico. Sus aportaciones más interesantes se hallan en el campo de la filosofía y de la teología, porque preparó el material que habría de usar Santo Tomás para su genial síntesis, que Alberto conoció y defendió, aunque nunca llegó a comprender... Pero en todo caso, San Alberto queda, para nuestra generación, como el testimonio de esa actitud cristiana hacia la ciencia.

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