
Amar quiere todo el tiempo; quiere la ancha, la profunda eternidad. «El amor sólo se concibe a sí mismo sin límites»
Amar no se conforma, no se resigna. Lo quiere todo, y dice para sí lo que aquella mujer de Esos cielos, la novela de Bernardo Atxaga, cuando salió de la prisión en la que había estado recluida durante tres años, once meses y veintisiete días: «Es preferible la soledad a las relaciones mediocres». Amar es así: si no obtiene todo, prefiere, orgullosamente, no quedarse con nada.
«El ser humano que está enamorado desea estarlo siempre: su inquietud, su aspiración, su ardiente deseo hacen que él anhele a cada instante lo que él es en ese mismo instante». Lo diremos con nuestras pobres palabras: el que ama a un ser ni siquiera piensa que pudiera alguna vez dejar de amarlo, y si por ventura contara de antemano con tal posibilidad es que su amor no es aún definitivo ni total.
El enamorado no puede concebir un mundo en el que la persona amada no exista o esté ausente, ni tampoco puede concebirse a sí mismo sino en cuanto enamorado de este ser.
«El enamorado se esfuerza a cada instante por adquirir lo que ya posee en ese instante. No dice: Ahora estoy seguro, ahora puedo entregarme al descanso, sino que corre sin cesar, más rápido que cualquier otra cosa, gastándose a sí mismo en la carrera». Amar no tiene conquistas definitivas, ni es posible ese «reposo del guerrero» del que habló Nietzsche en uno de sus libros. Nada es más contrario al amar que la idea del descanso. Los caballeros andantes lo sabían, y por eso hablaban de «trabajos» para referirse a la conquista de su dama, conquista que debía recomenzar, como el día, cada mañana. El que ama no duerme. Amar, si puede decirse así, consiste esencialmente en no dormir.
Al amar se viven estas palabras: «Cada vez que me repites que me amas desde lo más profundo de tu alma, me parece oírlo por primera vez, y así como un ser humano que poseyera el mundo entero necesitaría toda su vida para abarcar con los ojos su esplendor, así parece que necesitaría toda la vida para reflexionar en el recogimiento sobre toda la riqueza encerrada en tu amar».
Es el amar mismo el que exige. ¿Y cómo podría la Iglesia bendecir un afecto que se impusiera de antemano límites y plazos? Eso no sería amar, y por lo tanto, no habría nada que bendecir. Durar toda la vida recomenzando cada día: he aquí la esencia de amar, esencia que el sacerdote dominico y miembro de la Academia Francesa, A. M. Carré, condensó en esta sola máxima que decía siempre a las parejas a las que asistía durante la Misa de bodas: «Esposos para siempre, permaneced novios».
Es preciso que el amar renazca cada día, que no se acostumbre ni alce la voz; que los esposos que estarán juntos «hasta que la muerte los separe» se sigan contemplando con estupor y sorpresa en vez de ponerse a concebir vanas teorías; que sigan, en una palabra, conquistándose mutuamente y siguiendo siendo novios, como cuando eran jóvenes y se decían palabras bellas.
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