martes, 5 de octubre de 2010

Escucha mi pueblo

Salmo 49,7)
«Ojala escuchéis hoy su voz: 'No endurezcáis vuestro corazón como en
los días del desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba... por
eso he jurado en mi cólera: No entrarán en mi descanso'». (Sl 94, 7-11). La
gracia de la promesa de Dios es abundante si hoy escuchamos su voz, porque
este hoy se extiende a cada nuevo día durante todo el tiempo, por largo que
sea, en que digamos «hoy». Este hoy, lo mismo que la posibilidad de
conocer, dura hasta el final de los tiempos. En aquel día el verdadero
'hoy', el día sin fin de Dios, se confundirá con la eternidad. Obedezcamos,
pues, siempre, a la voz del Verbo divino, la Palabra de Dios hecha carne,
porque el hoy de siempre es imagen de la eternidad y el día es símbolo de
la luz; ahora bien, el Verbo es, para los hombres, la luz (Jn 1,9) en la
cual vemos a Dios. Es, pues, natural que sobreabunde la
gracia para los que han creído y obedecido, pero es natural que Dios esté
irritado contra los que han sido incrédulos..., que no han reconocido los
caminos del Señor..., y los amenace... Así ocurrió a los hebreos que se
equivocaron en el desierto: no entraron en el lugar de descanso por haber
sido incrédulos... El Señor, porque ama a los hombres,
invita a todos «al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), y les envía el
Espíritu Santo, el Paráclito... Escuchad, pues, los que estáis lejos y los
que estáis cerca (Ef 2,17). El Verbo no se esconde a nadie. Él es nuestra
luz común, brilla para todos los hombres. Apresurémonos, pues, hacia la
salvación, hacia el nuevo nacimiento. Apresurémonos, pues, a encontrarnos
en gran número en un solo rebaño, en la unidad del amor. Y esa multitud de
voces..., obedientes a un solo señor, el Verbo, encontrará su descanso en
la misma Verdad y podrá decir «Abba, Padre» (Rm 8,15).

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