domingo, 24 de octubre de 2010

Vela


Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos» dice el Señor ( Ap 16,15) Cuando Cristo dice que su venida está próxima y sin embargo, vendrá súbitamente, de manera inesperada, dice que para nosotros esta espera parecerá larga... ¿Cómo es que el
cristianismo falla continuamente, y sin embargo dura? Es un hecho que Dios
lo sabe y lo quiere así; no es una paradoja afirmar que el tiempo de la
Iglesia ha durado cerca de dos mil años, que puede durar todavía mucho
tiempo, y que, a pesar de todo, camina hacia su fin e incluso que puede
acabar cualquier día. El Señor quiere que permanezcamos con todo nuestro
ser con la mirada puesta en la inminencia de su retorno; se trata de vivir
como si eso que puede llegar no sabemos cuando, debiera llegar en nuestros
días.

Antes de la venida de Cristo, el tiempo se sucedía de otra manera: el
Salvador tenía que llegar y traernos el fin de ése; Cristo avanzaba hacia
este fin. Se sucedían las revelaciones...; el tiempo era medido según la
palabra de los profetas que se sucedían... El pueblo de la Alianza no debía
esperarlo inmediatamente, sino después de su estancia en Canaán y la
cautividad de Egipto, después del éxodo por el desierto, los jueces y los
reyes, al final de los plazos fijados para introducirle en este mundo. Se
reconocían esos plazos fijados, y las revelaciones sucesivas llenaban ese
tiempo de espera.

Una vez hubo venido Cristo, como Hijo en su propia casa, con su
Evangelio perfecto, ya nada queda para acabar si no es la reunión de sus
Cristos. No se puede revelar ninguna doctrina más perfecta. Ha aparecido la
luz y la vida de los hombres; Cristo ha muerto y resucitado. Ya no queda
nada por hacer...; estamos, pues, al final de los tiempos. Así, aunque un
cierto intervalo de tiempo debe haber entre la primera y la última venida
de Cristo, desde ese momento el tiempo ya no cuenta para nada... Ya no
marcha hacia su fin, sino que más bien caminan juntos sin cesar, siempre
tan cerca de ella como si él tendiera hacia ella... Cristo, pues, está
siempre a nuestro alcance, tan cerca de ella hoy como hace dieciocho
siglos, y no más cerca que entonces, e incluso no más cerca que cuando él
vendrá.

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