“El futuro de la nueva creación brilla ya en nuestro mundo y enciende, aunque en medio de contradicciones y sufrimientos, la esperanza de una vida nueva. La misión de la Iglesia es la de “contagiar” de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios”. Anteriormente he observado que la misión nace del misterio pascual y este nos da esperanza. El hombre moderno se interroga sobre el sentido de la existencia humana en el mundo y en la historia, en cuanto individuo que está en busca de experiencias, autenticidad, señales ( EN 5, 76). En el interior del corazón humano está presente un deseo y una aspiración a la verdad y al bien. El hombre necesita respuestas a sus interrogantes más profundos con respeto al sentido de la existencia humana ( GS nn. 1-10)
Se concentra en el modo en que la familia humana ha sido dispersada y sobre como la vocación intrínseca a la cual aspira tenga que volver a sus propios orígenes. “La humanidad entera tiene la vocación radical de regresar a su fuente, que es Dios, el único en Quien encontrará su realización final mediante la restauración de todas las cosas en Cristo. La dispersión, la multiplicidad, el conflicto, la enemistad serán repacificadas y reconciliadas mediante la sangre de la Cruz, y reconducidas a la unidad”. En cuanto misioneros ad gentes, la buena noticia que llevamos a la humanidad es que ha sido reconciliada a través del misterio pascual: “El nuevo inicio ya comenzó con la resurrección y exaltación de Cristo, que atrae a sí todas las cosas, las renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios”. Anunciar esta Esperanza, que nace del misterio pascual, he aquí en cosa consiste nuestra misión. El propio Cristo ha venido a vivir entre nosotros, ha sido enviado a evangelizarnos, y continúa a llamarnos y a hablarnos a través de nuevas situaciones. Frente a estas situaciones que surgen en el mundo actual, la Iglesia, bajo la guía del Espíritu (LG 7; AG 4), empuja al hombre a la primera evangelización (Ad gentes, Redemptoris missio), a evangelizar el dialogo (Evangelii nuntiandi), a evangelizas las culturas (Slavorum Apostoli), a evangelizarse así misma (Redemptor hominis) y ha tomar el camino para andar al encuentro del Espíritu Santo, enviado pos Jesús, que espera ya en el corazón del hombre.
Estamos invitados a “contagiar de esperanza a todos los pueblos”. Esta idea es central en la fe bíblica y constituye el fundamento de la misión de la Iglesia. Somos salvados en la esperanza (Rm 8, 24), y el Mensaje nos pide “trasformar el mundo” con ella porque conocer a Dios, el Dios verdadero, significa recibir la esperanza. Esto es particularmente importante hoy, en un momento en que las personas buscan la esperanza en las situaciones de crisis y la Esperanza que nosotros ofrecemos va más allá de las expectativas humanas y las ilumina. También aquí, siento que necesitamos una transformación espiritual, como sugiere el mismo Santo Padre en Spe salvi, en donde reconoce que podemos necesitar cierta renovación: “Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible”.
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