martes, 5 de octubre de 2010

Mensaje a la Iglesia

“La misión universal debe convertirse en una constante fundamental de la vida de la Iglesia”
La identidad más profunda de la Iglesia consiste en continuar la misión de Jesús. Él nos invita, en cuanto comunidad de creyentes, a estar al servicio de Su misión, una misión de vida, por el poder del amor y la reconciliación. Él se describe a sí mismo como un misionero, como alguien que es enviado (Jn 3, 17, 34; 7, 16; 11, 2; 17, 19) por el Padre, como una manifestación del amor trinitario. Además, antes de dejar este mundo, nos ha concedido el privilegio de participar activamente en su propia misión (Mt 28) “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).
Los miembros de la Iglesia primitiva, que lo había entendido bien, se sentían empujados a dar público testimonio de su fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Hoy, en nuestro nombre, los misioneros - personas de fe, laicos y religiosos inspirados en la misión de Jesús e impregnados del poder del Espíritu Santo, viven y trabajan en junto a las comunidades en todo el mundo. Son enviados a nosotros en la Iglesia para responder a las necesidades básicas de las personas, especialmente de aquellos que más lo necesitan, con el fin de ayudar a crear un mundo más compasivo, transformado por el amor de Dios. Lo hacen en nuestro nombre, porque nuestra Iglesia local los envía en misión, y porque es parte de la Iglesia universal por su naturaleza misma (AG 2).
Por ello el Mensaje del Santo Padre por la Jornada Mundial de las Misiones 2009 afirma: “Anunciar el Evangelio debe ser para nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso impostergable y primario” que “debe convertirse en una constante fundamental de la vida de la Iglesia”. Como bautizados, es nuestro deber – en cuanto pueblo sacerdotal – anunciar a toda la humanidad la buena noticia de la Salvación. En su mensaje, el Santo Padre, mientras invita a tomar parte de esta misión de la Iglesia, nos confía a nosotros también este deber y nos pide encender una renovada llama misionera en cada miembro del pueblo cristiano, de animar a una colaboración más consciente entre los pueblos y entre las diócesis, especialmente en beneficio de las necesidades de aquellos que viven en regiones muy necesitadas y de principal evangelización. Nos pide “rezar al Espíritu Santo para que aumente en la Iglesia la pasión por la misión de difundir el Reino de Dios”.

Representa una tarea específica para todos nosotros colaborar con nuestros Directores diocesanos y con el Director nacional de las Sociedades Misioneras Pontificias para informar a las personas de la necesidad de nuestra participación en la misión mundial y para animar nuestras comunidades cristianas locales a participar. Se trata de una invitación a encontrar formas y medios destinados a estimular y animar a nuestros sacerdotes, religiosos y laicos a comprender la razón y el por qué de la misión y lo importante que es que está se encuentre al centro de la existencia de la Iglesia. Las Obras Misioneras Pontificias son la institución oficial de la Iglesia para promover la conciencia misionera y asistir la actividad misionera de la Iglesia a través de la oración, el ofrecimiento de los propios sufrimientos y la ayuda económica. Estas Obras se esfuerzan por atender a todas las misiones del mundo, especialmente a las más necesitadas. Su objetivo principal es apoyar la evangelización.

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